— Mentidero de Madrid, decidnos, ¿quién mató al Conde?, — Ni se dice, ni se esconde, con discurso discurrid. — Unos dicen que fue el Cid, por ser el Conde Lozano. — ¡Disparate chabacano!, la verdad del caso ha sido que el matador fue Bellido, la muerte de cortesano.
—¡Pero seguro que Vuestra Excelencia no puede negar los hechos sobre el asunto!
La embozada figura del Emperador no dejó de pasear arriba y abajo mientras el nuevo líder del Imperio rankano sacudía la cabeza en violenta disconformidad.
—No discuto los hechos, Kilite —argumentó—. Pero nunca ordenaré la muerte de mi hermano.
—Hermanastro —corrigió significativamente el consejero jefe.
—La sangre de nuestro padre fluye en las venas de ambos —contraatacó el Emperador—, ¡y no la derramaré!
—Pero Vuestra Excelencia —suplicó Kilite—, el Príncipe Kadakithis es joven e idealista...
—...y yo no —terminó el Emperador—. Insistes en lo obvio, Kilite. Ese idealismo es mi protección. No encabezará una rebelión contra el Emperador, contra su hermano..., del mismo modo que yo no ordenaré su asesinato.
—No es al Príncipe a quien tememos, Vuestra Excelencia, es a aquellos que lo utilizan. —El consejero se mostró firme—. Si uno de sus muchos seguidores de doble cara consiguiera convencerle de que vuestro gobierno es injusto o inhumano, ese idealismo lo impulsaría a lanzarse contra vos, pese a lo mucho que os quiere.
Los pasos del Emperador se hicieron más lentos, hasta que finalmente se detuvo, con los hombros ligeramente caídos.
—Tienes razón, Kilite. Todos mis consejeros tenéis razón. —Había una cansada resignación en su voz—. Hay que hacer algo para extirpar a mi hermano del semillero de intrigas que es la capital. Si es posible, sin embargo, desearía guardar cualquier pensamiento de asesinato como último recurso.
—Si Vuestra Excelencia tiene algún plan alternativo que desee sugerir, me sentiré honrado en dedicarle toda mi atención —ofreció Kilite, ocultando juiciosamente su sensación de triunfo.
—No tengo ningún plan inmediato —admitió el Emperador—. Ni podré dedicarle toda mi atención hasta que haya solucionado otro asunto que pesa terriblemente sobre mí. Seguro que mi Imperio estará a salvo de mi hermano por unos cuantos días más.
—¿Cuál es la otra decisión que exige vuestra atención? —preguntó el consejero, ignorando el intento de veleidad de su gobernante—Si es algo en cuya resolución pueda ayudaros...
—No es nada. Una decisión menor, pero desagradable pese a todo. Debo nombrar un nuevo gobernador militar para Santuario.
—¿Santuario? —Kilite frunció el ceño.
—Una pequeña ciudad al extremo meridional del Imperio. Yo mismo tuve problemas para localizarla..., ha sido excluida de los mapas más recientes. Fuera cual fuese la razón original para la existencia de la ciudad, al parecer ha desaparecido. Está encogiéndose y muriendo, y no es más que un refugio de criminales insignificantes y aventureros de capa caída. De todos modos, sigue siendo parte del Imperio.
—Y necesita un nuevo gobernador militar —murmuró suavemente Kilite.
—El antiguo se retira. —El Emperador se encogió de hombros—. Lo cual me deja con un problema. Como ciudad guarnición del Imperio, tiene derecho a un gobernador de cierto prestigio..., alguien que conozca el Imperio lo bastante bien como para servir como su representante y enlace con la capital. Debería ser lo bastante fuerte como para mantener y reforzar la ley..., una función en la que me temo que el antiguo gobernador fu notoriamente relajado.
Sin darse cuenta de ello, empezó a pasear de nuevo arriba y abajo.
—Mi problema es que un hombre así podría ser utilizado mucho mejor en cualquier otra parte del Imperio. Parece vergonzoso malgastar a alguien así en un puesto tan retirado e insignificante.
—No digáis «retirado», Vuestra Excelencia —sonrió Kilite—. Decid mejor «lejos del semillero de intrigas>
El Emperador miró a su consejero durante largo rato Luego, ambos hombres se echaron a reír.
La ocasión parecía propicia. La Guerra Civil norteamericana había estallado, y los liberales no podían contar con ayuda allende la frontera. Por su parte, Napoleón III se engañaba a sí mismo y a su país, convencido de ser tan grande como su tío, y de que el destino manifiesto de Francia era el de regir todo el mundo latino, incluyendo la América española.