Sigue siendo invierno aquí, en el norte. Las estepas favorecen los vientos y todo lo que te cuenten sobre Kislev es cierto: la hospitalidad de sus gentes, el seductor abrazo del frío, el oscuro aullido en la noche, el rojo de la sangre sin nombre, el Caos.
Más allá de Ostmark, el hombre sigue siendo hombre, pero las siluetas en la bruma desdibujan los propósitos y nos aíslan entre nosotros tanto como se aíslan los demás, los que nos llaman bárbaros, o locos. No estamos locos, el alcohol nos protege. Creete todo lo que te cuenten sobre nosotros: la euforia explosiva, la súbita melancolía, cada día es una vida, una mañana llena de promesas y esperanzas que termina en una tarde donde, al cerrar los ojos, asumimos no volver a despertar jamás.
La tierra nos cuida, la zarina nos bendice pero, ¿todo eso es suficiente? A veces yo mismo lo dudo y tengo que beber más y cantar más canciones, bailar más rápido y robar mejores besos para creerlo. ¿Para creer qué, dices? Para creer que somos hombres.
Un hombre sin un propósito bien podría esperar sentado a que se lo llevara la muerte. En el Viejo Mundo existen hombres así, pero nadie canta sus historias.
Un aventurero y un fiel aliado atraviesan las fronteras del Imperio con Kislev con una misión que cumplir. Pronto descubrirán que las historias tienen muchos principios y muchos finales, y que la conclusión de una parte puede muy bien llevar al comienzo de otra.
Partida para dos jugadores ya seleccionados. Se pueden pedir VIPS por el método tradicional o enviándome un privado.
La tierra no es lo que uno lee en los libros. Se mueve imperceptible para el ojo del humano (o no humano) más atento, se oculta y sólo revela cuanto de ella quiere dejar al escrutinio de otros.
La tierra es un secreto que da pequeñas pistas de sí misma. Así, escuchad antes al granjero, al guardabosques, que a los que se autoproclaman grandes entendidos. Éstos sólo sabrán de ella si dejan de hablar y escuchan.
Bechafen se yergue como una orgullosa moza orgullosa de sus tesoros, abundante en sorpresas buenas y malas, que extiende sus miembros con dulzura, sin miedo, por tierras ásperas.
Kislev, tierra de sueños y de pesadillas por igual, cuna de genios y de espanto, el caos rumia y aúlla, y siempre parece lejano, hasta que una noche llama a tu puerta.
Ciudad fronteriza, tan clara u oscura como el alma de quien la habita. Entre Kislev y el Imperio, son las leyendas tan importante como la moneda que resuena en las tabernas, como la carne pasada del mercado o como la piedra y la madera que la protegen.
Un páramos seco e inundado, vacío o infestado de vida, inofensivo o peligroso. Todo depende del viento, de dónde sople, de los susurros que arrastre. Kislev, la tierra en la que la corrupción y la pureza caminan de la mano, y miden sus fuerzas, como gemelos que se odian.