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Heimat

Pan y Circo

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27/09/2017, 00:14
Fiacra

Se encontraba completamente perdida. Aquella tierra no era la suya, la gente que la acompañaba en la desgracia eran desconocidos y extraños, sus captores y guardianes sólo podían poblar en las leyendas y las pesadillas de algún loco. Hasta las palabras resultaban extrañas a sus oídos, como los desvaríos que una vez más Sinan vomitaba por su boca.

Los encadenaron, obligándolos a caminar como si de una reata de bestias se trataran y Fiacra, con los ojos vidriosos por el aire caliente, el polvo de aquel desierto y la rabia que la invadía cada , contempló a cada uno de sus captores, centrándose en aquel que parecía mandar aquel grupo de repugnantes, retorcidos y monstruosos soldados y que tanto le recordaba a los enemigos que, hasta hacía unos instantes, ¿o quizás hacía ya toda una vida?, había combatido. Sus miradas se cruzaron y, a pesar de la curiosidad que vio reflejada en la de Quinto, ella le devolvió una cargada del más profundo odio.

Tierra extraña sin duda, tan diferente a lo que ella conocía. Incluso el cielo era extraño para ella con dos soles brillante y abrasadores igual que fuego y sangre. Soles que marchitaban y quemaban cualquier vestigio de vida que caminara, reptara o se moviera por aquel pasaje desolador donde la arena lo dominaba todo, incluso el horizonte mismo.

El calor pronto fue asfixiante. Sentía el sudor recorrer todo su cuerpo y su cabeza que más se asemejaba a una olla humeante que a cualquier otra cosa. La sed era abrasadora y el cansancio, poco a poco, consiguió que sus piernas pesaran igual que duros bloques de la más dura roca.

A pesar de que los descansos eran escasos, por lo menos conseguían mitigar un poco la pesadez que sentía, aunque cada vez que retomaban la marcha el esfuerzo por dar un nuevo paso aumentaba. Caminaba de forma mecánica, inconsciente, poniendo un pie tras otro y obligándose a mantener el ritmo que marcaba el resto. Iba junto a la otra mujer y, aunque nunca le había importado el género de sus compañeros, por alguna extraña razón se sintió arropada.

Asintió a las palabras de la mujer ante el comentario sobre las rocas que se veían en lontananza. Fiacra también se había dado cuenta del recelo que aquella zona despertaba en sus captores ya que, si no temieran a la piedra, hubiera encontrado allí algo de sombra que los aliviara.

Apenas comió a pesar de que sentía las punzadas del hambre y sabía que tenía que mantenerse fuerza. ¿Para qué? Ese era el misterio a resolver, pero desde luego no iba a permitir que la convirtieran en una abominación como los que caminaban a su lado vigilantes y sin cadenas. Antes prefería la muerte a ser el experimento de cualquier dios loco.

Y para locos el mismo que había desencadenado todo aquel caos. El que intentaba en vano mantener el paso sin caer desfallecido cada dos por tres. Si no hubiera sido por él quizás nada de aquello hubiera sucedido, aunque ¿qué iban a saber ellos, unos forasteros en una tierra desconocida?

Lo peor de todo, más que el calor, la sed, el cansancio o el hambre, incluso saberse desarmada y desprotegida, era sentir las miradas de algunos de aquellos monstruos. Intentaba no fijarse en ellos, aunque esa era una tarea casi imposible y cada vez que veía sus ojos clavados con gula y lascivia sobre ella, sentía las arcadas ascender desde su estómago hasta su garganta, pero estaba tan seca, apenas había comido que dudaba mucho que algo fuera capaz de salir por su boca. No era ninguna inocente que no supiera lo que estaban pensando, lo que pretendían y buscaban, pues ella había disfrutado en numerosas ocasiones de los dulces frutos de la pasión, pero aquellos demonios, aquellos seres mutados eran una aberración con la cual nunca se hubiera imaginado yacer y, mucho menos, tener que hacer a la fuerza. Las tornas parecían haberse cambiado, ¿cuántas veces había ido ella a buscar un lecho caliente después de haber drogado a su amante? ¿Cuántas veces había utilizado a los hombres para su propia conveniencia?

El relativo alivio de la noche fue un bálsamo para Fiacra. Parecía que por fin podrían descansar un poco lejos del calor del día pero, si se había imaginado que iba a encontrar algo de paz en aquellos breves instantes de reposo, su ilusión tardaría poco en romperse.

Los hombres eran hombres donde quiera que estuviesen, de donde quiera que fuesen. Seguidores de sus instintos más primitivos como animales y aquellos que los acompañaban, que en otra vida habían sido humanos, eran más bestias que las mismas alimañas.

No tenía que haberle cogido por sorpresa cuando la separaron, tanto a ella como a la otra mujer, del resto de prisioneros. Sabía perfectamente lo que tenían en mente, no hacía falta ser uno de los adivinos para leer en sus ojos el hambre que sentían, esas miradas eran de sobra conocidas para Fiacra, había visto el mismo reflejo en un sinfín de rostros distorsionados por el más fiero salvajismo.

La picta estaba cansada, sentía como si ese mismo dios loco que los había abandonado en esa inhóspita tierra le hubiera cargado un mundo entero a sus espaldas. Se sentía hastiada, asqueada y agotada pero, a pesar de todo su cansancio, de todo su hastío y de toda la repugnancia que sentía, Fiacra tenía claro que no iba a permitir que aquellos demonios, antaño humanos, vieran ni el más mínimo reflejo de debilidad o temor en ella.

Al igual que la otra mujer guerrera, Fiacra también se plantó desafiante, todo lo erguida que su cuerpo menudo le permitía, con la mirada orgullosa, inquebrantable, siendo conocedora del final que le esperaba. Pero, al contrario que su compañera, ella permaneció con la boca cerrada pues cualquier palabra que pudiera decir en aquellos instantes era una pérdida de tiempo y energía que consideraba inútil.

Necesitaría su fuerza, su voluntad y su energía para afrontar lo que estaba por llegar.