Esta partida está en revisión. Si el director no da señales de vida o es aprobada por un cuervo será borrada esta noche
Habían pasado ya algunas horas desde que amaneció en Ystradgynlais. En un día despejado se podría ver desde la ventana de tu habitación la actividad de las viejas minas de carbón de las montañas negras, pero aquella mañana una espesa niebla ocultaba el paisaje y e inundaba el alma de melancolía.
Las cosas no resultaron como habías pensado cuando decidiste volver a tu pueblo natal e instalarte en el viejo caserón familiar. Tanto tiempo recorriendo el mundo había hecho que los lugareños simplemente se olvidaran de ti y no era fácil para un hombre de mundo trabar amistades en un apartado pueblo minero cuyo único vestigio de vida pública consistía en presumir en alguna de las tabernas locales de ser capaz de beber hasta diez pintas sin mostrar síntomas de embriaguez. Acostumbrado a tratar con oficiales y aristócratas y a vivir las intensas experiencias, primero de la guerra y después del alpinismo, la monotonía de tu vida actual estaba empezando a desquiciarte.
Aquella mañana recordabas con nostalgia lo que habías sido y te veías ahora abandonado, traicionado por los tuyos, sin un un buen amigo a quien relatar tu accidentada ascensión del Himalaya ni una dulce esposa que te deseara los buenos días con el desayuno en la mesa.
Mientras te dabas a estas cavilaciones, escuchas el sonido del motor de un automóvil que se detiene frente a tu casa. Por la rendija de la ventaja ves que de él sale un hombre de complexión fuerte que viste un traje que hubiera sido elegante hace veinte años, pero que de puro desgastado delata que su propietario es un hombre humilde a quien el decoro profesional obliga a vestir como un caballero. El que ahora se te asemeja inspector de policía se para delante de tu buzón y examina -supones- tu nombre. Sin soltar un grueso habano humeante de sus labios, saca un papel o una fotografía del bolsillo, la mira un instante y se encamina con paso resuelto hacia tu puerta.
Al poco tiempo escuchas tres golpes vigorosos del llamador. Intrigado por la inesperada visitas bajas las escaleras que comunican tu dormitorio con la planta baja del caserón. Cuando aún no has llegado, vuelves a escuchar otros tres golpes.
¡Va, va! Gritas para calmar al enérgico visitante. Lo cierto es que el caserón de los Bullock se había vuelto demasiado amlplio para un hombre soltero, aunque a ti te gustaba disponer de todo aquel espacio a tus anchas a pesar de que las telarañas se acumulasen en las muchas habitaciones vacías y la enredadera empezara a ocultar ventanas llenas de polvo.
¿Señor Bullock? Buenos días, mi nombre es Roy Paterson y trabajo para el Servicio de Inteligencia Británico. He venido a verlo para hacerle una proposición. ¿Podemos hablar dentro de su domicilio?
Aquel hombre de unos cincuenta años, de acento inglés, mostraba la seguridad de un hombre que se sabe eficiente. Era claro y directo con sus palabras, mostraba una mirada inquisitiva, y a diferencia de la mayoría de los ingleses no tenía la odiosa costumbre de querer ganarse la simpatía de su interlocutor con una sonrisa hipócrita.
Bullock le contempla en silencio durante unos segundos y finalmente se aparta del dintel e invita a su interlocutor a entrar con un gesto, cortes pero no cordial. Le conduce hasta una salita adyacente, amueblada con parquedad espartana, que cuenta como única decoración con algunas fotografías enmarcadas de grandes cumbres montañosas… y sin ofrecerle ni tan solo el sempiterno té con pastas se dirige a él sin ambages:
- Muy bien, señor Paterson, ya tenemos la intimidad que solicitaba – su tono es educado pero gélido, bañado de resentimiento – Ahora ¿Puede decirme qué quiere de mi a estas alturas su Servicio de Inteligencia Británico?
Se hace patente que cualquier alegato a los sentimientos patrióticos o el deber ciudadano no va a encontrar una respuesta muy entusiasta en este galés repudiado y amargado…
Paterson entra en tu casa y deja su sombrero en el respaldo de una silla. Después de una rápida mirada en la que parece evaluar tu habitación, te dice:
Señor Bullock, nuestro departamento lleva un tiempo tras la pista de ciertos individuos que llevan años expoliando patrimonio cultural británico para pasarlo a Alemania. De acuerdo con nuestras recientes investigaciones, esta red criminal se ampara tras la máscara de una logia secreta llamada sociedad Thule, con sede en Múnich.
Nuestros agentes han estado siguiendo la pista a dos de sus miembros que el año pasado viajaron al Tíbet con pasaportes falsos, pero no hemos conseguido detenerlos y a día de hoy creemos que se encuentran de vuelta en Alemania.
El problema con el que nos encontramos es que debido al carácter secreto de la sociedad, sus miembros se muestran extremadamente reservados respecto a ella. Y ahí es donde estraría usted. Después de haber revisado su expediente, creo que es nuestro hombre. Usted ha servido a las fuerzas armadas en la Gran Guerra, habla alemán, y lo más importante de todo: ha estado en el Tíbet.
Mi propuesta es la siguiente, señor Bullock: usted trabajaría para nosotros investigando los motivos que han llevado a esos dos alemanes al Tíbet y, si se diera el caso, nos informaría de lo que hayan sustraído del país, así como del organigrama y objetivos de la sociedad Thule. Le dejaré tiempo para pensárselo, por supuesto, pero le adelanto que sería un trabajo muy bien pagado. Nosotros correríamos con todos los gastos de su investigación, además de pagarle 2.000 libras esterlinas (la mitad al empezar y la otra mitad al terminar su trabajo). Se trata de una suma basante generosa teniendo en cuenta que tu pensión como exmilitar es de 30 libras mensuales.
El resto de los detalles se los daré cuando haya aceptado el trabajo. ¿Qué me dice, señor Bullock, le interesa?
Conversión libra-dólar en 1928: 1 libra = 6.22 dólares
Después de escuchar con una atención creciente el discurso de su interlocutor, la expresión de Guy Bullock va evolucionando poco a poco, desde la fría indiferencia y el desdén iniciales, hasta un cierto deje de curiosidad, aun renuente… y hacia el final parece que vuelve a sus ojos un antiguo destello ensoñador, ya casi olvidado, cuando sale a colación el tema del Himalaya…
¿Será cierto que el destino va a darme otra oportunidad de ver la cima del mundo… de averiguar lo que ocurrió con Mallory? - Piensa atropelladamente, mientras se esfuerza en que las emociones que le asaltan no se reflejen en su rostro – Si han acudido a mí es que deben estar realmente desesperados, el maldito Foreing Office no me puede tener en gran estima después de haberles plantado cara en la tercera expedición, por la desfachatez de rechazar a Finch solo por ser australiano… - se sonríe sin poder evitarlo - Y si están tan necesitados puede que logre manipularlos… si quieren que me mueva en los círculos del alpinismo profesional alemán… tal vez podría incluso hacerles que me envíen al Tibet…
Por supuesto está el tema económico, y la suma es astronómica para Bullock... pero pese a su precaria situación actual la oferta le hace sonreírse con desprecio: A mí no me podéis comprar con dinero, yo no funciono según vuestra escala de valores... Aunque la ni que sea remota posibilidad de volver a pisar las estibaciones del monte Everest…
Respira profundamente y se aclara la garganta antes de hablar:
- No voy a necesitar ese tiempo para sopesarlo, Mr. Paterson – y le tiende la mano – Acepto la propuesta. Averiguaremos qué hay tras esa Sociedad Thule…
En ese caso, bienvenido, señor Bullock. Esta misma tarde le daré orden a nuestro contable para que le haga el primer ingreso. A partir de ahora estará usted bajo mis órdenes. Aquí tiene un número de teléfono y un apartado de correo postal para ponerse en contacto conmigo. Paterson te extiende una octavilla en la se puede leer: 4082, Londres y apartado 457. Mi nombre en clave a partir de este momento será "lobo gris". Usted me informará semanalmente de sus hallazgos y recibirá mis órdenes a través de nuestro contacto en Baviera que se le dará a conocer, llegado el momento, con el nombre de "tigre malayo".
Para evitar levantar sospechas, viajará a Alemania formando parte de una delegación científica que se desplazará a aquel país con la excusa de investigar las circunstancias del eclipse de sol que hemos podido observar hace unos días. Solo el director de la delegación, el doctor White, conocerá que trabaja para nosotros, para el resto usted será un simple alpinista. El doctor White lo espera en el instituto de astronomía de la universidad de Cambridge. Preséntese allí lo antes posible.
Esto es todo, por ahora. ¿Cuándo cree que estará en condiciones de partir?
Guy le observa aun con un sutil deje de suspicacia en la mirada, mientras un fugaz pensamiento cruza ahora por su mente… no tiene forma real de saber que Mr. Paterson sea con certeza lo que dice ser, un agente del Servicio de Inteligencia Británico… no ha mostrado ninguna identificación oficial, ni le ha hecho firmar nada... incluso al alistarte en el ejército tenías que firmar en impresos oficiales... o tal vez es que no desean que quede constancia de nada de esto en ninguna parte... ve a saber tú si de verdad trabaja para el gobierno. Ve a saber si incluso ese tal Dr. White de Cambridge, el supuesto director de la delegación, no actúa realmente a título particular… Pero le van a pagar generosamente y puede que al final le conduzcan al Himalaya.
Basta con eso. No soy ningún patriota. Ya no.
Recoge la tarjeta y la guarda en el bolsillo del chaleco. Sonríe a su interlocutor y concluye:
- Si les parece bien, mañana mismo, en cuanto tenga el primer pago en mi cuenta.
Me conviene que piensen que soy un mercenario. Eso les tranquilizará, les hará creer que me tienen bien controlado mientras me enseñen la billetera. Y yo podré acercarme a Mallory.
En ese caso no le entretengo más, señor Bullock. Mañana a primera hora un chófer lo recogerá y lo llevará a Cambidge. Llévese con usted lo que considere necesario y no se preocupe por nada, estaremos en contacto en todo momento. Estoy seguro de que será un placer trabajar con usted.
Paterson te extiende la mano y te da un recio apretón. A continuación recoge su sombrero y se marcha con la misma naturalidad con la que llegó.
El ritmo de la partida se está ralentizando porque hay dos jugadores de los que llevo días sin tener noticias. Espero que se puedan reincorporar para continuar con normalidad.
Mientras tanto, puedes hacer las maletas y dejar preparados los últimos detalles para partir de Gales.
Dispuesto a embarcarse en esta inesperada aventura, que si juega bien sus cartas podría darle la oportunidad de perseguir sus propios objetivos e investigar la desaparición de su gran amigo… de resolver el misterio de Mallory e Irvine… un entusiasta Guy Bullock prepara sus maletas con la pericia del auténtico viajero experto, el verdadero expedicionario.
Aunque en esta ocasión añade el elegante estuche de madera de olmo que contiene su fusil de precisión, un Lee-Enfield .303 con mira telescópica, que resultaría bastante inapropiado en una expedición de alpinismo como las que estaba habituado… pero considerando su verdadero cometido aquí, y ya que dispone de todos los permisos necesarios como tirador olímpico y antiguo miembro de la delegación británica… aprovecharemos la coyuntura...
Este año se celebran los Juegos Olímpicos en Ámsterdam entre el 17 de mayo y el 12 de agosto, por cierto con la primera participación femenina de la historia… pero en esta ocasión y a diferencia de la previa cita de París 1924, no estuvo incluida la disciplina de Tiro Olímpico. La mala suerte se ceba en Bullock, pero nos viene bien para la trama…
Los dos días de espera se te hacen muy largos. La fugaz visita de Roy Paterson había traído a tu vida justamente aquello que llevabas meses esperando: una oportunidad para volver a vivir el peligro y la gloria.
El día señalado, un chófer que se presentó como Dan llamó a tu puerta. Dan era un tipo de complexión enfermiza, gruesas gafas y dientes torcidos que aperentaba un aspecto realmente ridículo con aquel uniforme tres tallas mayor que la suya. La idea de Dan para amenizar vuestro viaje hasta Cambridge fue la de contar un chiste tras otro. Todos empezaban igual: Esto era un inglés, un galés y un irlandés... Parecía que aquel imbécil no se daba cuenta de que esa era precisamente la clase de chistes que contaban los ingleses para mofarse de sus vecinos, pero el tipo se sabía un centenar de ellos que además tenía la mala costumbre de acompañar de sonoras carcajadas. Lo peor de todo fue cuando, advirtiendo que no te hacían la más mínima gracia, empezó a explicarlos. Al llegar al hotel Hamilton te apresuraste para alejarte cuanto antes de aquel bufón al que, en contra de los usos, no le diste ni un penique de propina.
El hotel Hamilton era un establecimiento confortable, cosa que agradeciste después del incómodo viaje. Tu vida de soltero te había privado de algunos detalles como el de unas sábanas perfectamente planchadas y perfumadas o un ramo de flores en la habitación que consiguieron cautivar tus sentidos poco acostumbrados a tales frusilerías después de muchos años de austeridad cuartelera.
Después de darte una buena ducha, el conserje del hotel llamó a tu habitación para entregarte una carta del doctor White en la que se te citaba para un almuerzo en el hotel Victoria, cerca del campus de ciencias, en donde conocerías a tus compañeros de expedición y donde White os informaría de los últimos detalles del viaje.
Mañana abriré la nueva escena para continuar, ya todos juntos, con la partida.