“Los sondeos que realizamos mediante ondas electromagnéticas deben de haber captado algo. —El hombre se dio unos golpecitos en los auriculares—. Tiene un patrón demasiado regular como para tratarse de un fenómeno natural.
Drake frunció el ceño.
—Por el altavoz.
El teniente accionó un interruptor y, al instante, un sonido rítmico y regular retumbó por toda la estancia. Drake se quitó el gorro del anorak y dejó a la vista un mechón encrespado de cabello oscuro. Dio unos golpecitos con uno de sus gruesos dedos sobre el panel y ladeó la cabeza. Sin lugar a dudas, el sonido era de naturaleza mecánica.
—Son los de la CNUA —concluyó”
“Drake—. Nos siguen la pista. Probablemente, lo que captamos no sea otra cosa que sus Hagglunds, sus tractores de nieve. —Ya podía imaginarse a la perfección el inminente escándalo internacional. Yeats se pondría hecho una fiera—. ¿A qué distancia, teniente?
—A un kilómetro y medio bajo el hielo, señor —contestó el desconcertado oficial.
—¿Bajo el hielo? —Drake miró de soslayo al hombre. El sonido se había intensificado.
Una de las lámparas del techo comenzó a balancearse. Justo entonces, el suelo se agitó y retumbó bajo sus pies, exactamente igual que si se estuviera acercando un tren de mercancías.
—¡Eso no proviene de los altavoces! —gritó Drake—. Teniente, póngase en contacto con Washington vía satélite ahora mismo.”
“—Lo estoy intentando, señor. —El hombre pulsó varios botones—. No responden.
—Pruebe con la frecuencia alternativa —insistió Drake.
—Nada.
Drake escuchó un crujido y levantó la vista. Un pequeño trozo de hielo se estaba desprendiendo del techo. Se apartó de la trayectoria.
—¿Y por VHF?
El teniente negó con la cabeza.
—La radio no funciona.
—¡Joder! —Drake se abalanzó hacia el lugar donde guardaban las armas y cogió un M-16, que estaba recubierto con una funda aislante, antes de dirigirse a la puerta—. ¡Restablezca la comunicación vía satélite!
Drake abrió la puerta y salió en tromba al exterior. El ruido era ensordecedor. Jadeando más fuerte con cada
“larga zancada, corrió por el hielo hasta el perímetro del campamento, donde se detuvo.
Levantó el M-16 y oteó el horizonte a través del visor nocturno. Nada, aparte de esa aura espectral verde que se veía acentuada por los remolinos de niebla polar. Siguió observando, como si esperara distinguir de un momento a otro el contorno de una docena de Hagglunds de la CNUA. Por el ruido, bien podría tratarse de un centenar. Joder, tal vez fueran los rusos en esos monstruosos vehículos de ochenta toneladas, los tractores Kharkovchanka.
Y, en ese momento, el suelo se estremeció bajo sus pies. Bajó la mirada y vio que una sombra alargada se deslizaba entre sus botas. Retrocedió de un salto, sobresaltado. Había una grieta en el hielo, y se ensanchaba con rapidez.
Se colgó el M-16 del hombro y trató “de dejar atrás la grieta en una carrera hacia el centro de mando. Se escuchaban gritos por todos lados a medida que el ruido hacía que los atemorizados soldados salieran tambaleándose de sus iglúes de fibra de vidrio.
Y, de repente, el aullido del viento acalló los gritos.
El aire gélido se precipitó sobre sus cabezas como si estuvieran en un túnel de viento. El impacto de la corriente catabática hizo que Drake perdiera el equilibrio. Se tambaleó y cayó de espaldas sobre el hielo, golpeándose la cabeza con tanta fuerza que perdió el conocimiento durante un instante.
Cuando volvió en sí, el viento había amainado. Permaneció allí tumbado durante varios minutos antes de alzar la dolorida y palpitante cabeza para echar un vistazo a los alrededores por debajo del gorro del anorak, que estaba cubierto “de polvo de nieve.
El centro de mando había desaparecido. En su lugar se abría un abismo negro; un enorme precipicio en forma de media luna y de unos cien metros de anchura se había tragado el campamento al completo. El frío le estaba jugando malas pasadas… O ésa era la esperanza de Drake, ya que podría jurar que el precipicio se extendía a lo largo de un kilómetro y medio sobre el hielo.
Muy lentamente, se arrastró hacia el abismo con forma de guadaña. Tenía que descubrir lo que había sucedido, quién había sobrevivido y quién necesitaba atención médica. Podía escuchar el sonido que producía su traje térmico al deslizarse sobre el hielo en medio de aquel silencio espectral; el corazón latía con fuerza en su pecho a medida que se acercaba al borde del precipicio.
Una vez allí, asomó la cabeza y diri “dirigió el haz de la linterna hacia la oscuridad. La luz acarició los cristalinos muros de hielo de un blanco azulado antes de descender hasta el fondo.
Dios mío, pensó, este agujero debe de tener más de mil metros de profundidad.
Y entonces vio los cuerpos y los restos de la base. Se encontraban en una cornisa de hielo, unos cientos de metros más abajo. Resultaba muy difícil distinguir al personal del contingente de apoyo de la Marina, ataviado con los trajes blancos de rigor, de los restos de fibra de vidrio y metal retorcido. No obstante, pudo localizar sin problemas los cadáveres de los científicos civiles gracias a sus anoraks multicolores. Uno de ellos yacía en un pequeño saliente de hielo, apartado de los demás. Tenía el cuello doblado en un ángulo de lo más extraño, y su cabeza quedaba en “por un halo de sangre.
La mente de Drake comenzó a trabajar a marchas forzadas según iba viendo lo que quedaba de la que había sido su primera misión al mando. Tenía que examinar el resto de los cuerpos para ver si alguno respiraba todavía. Tenía que buscar el equipo adecuado y conseguir ayuda. Tenía que hacer algo.
—¿Puede oírme alguien? —gritó, y su voz sonó hueca a causa de la sequedad del aire.
Aguzó el oído y creyó distinguir el sonido de unas campanillas. No obstante, el ruido resultó provenir de los miembros congelados del operador de radio, que se balanceaban y tintineaban como si de cristal se tratase al chocar contra el destrozado instrumental.
Volvió a gritar:
—¿Puede oírme alguien?
No hubo respuesta, tan solo el “aullido grave del viento que silbaba al atravesar el abismo.
Drake miró con más atención y vio una especie de estructura que sobresalía del hielo. No se trataba de fibra de vidrio ni de metal, ni de nada que perteneciera al campamento. Era algo sólido que casi parecía brillar.
¿Qué coño es eso?, pensó.”
“De repente, el aullido del viento cobró fuerza. Drake sintió que el suelo cedía bajo sus pies y jadeó al tiempo que se desplomaba de cabeza hacia la oscuridad. Cayó de espaldas y, junto al ruido seco del golpe, escuchó un desagradable crujido. No podía mover las piernas. Trató de gritar para pedir ayuda, pero lo único que pudo escuchar fueron los fuertes resoplidos del aire al abandonar sus pulmones.
En el cielo, las tres estrellas del cinturón de Orión brillaban indiferentes y silenciosas. Drake percibió un olor peculiar, o mejor dicho, una especie de cambio en la naturaleza del aire. Sintió que su corazón comenzaba a latir con un ritmo inusual pero regular, como si estuviera perdiendo el control sobre su cuerpo. A pesar de eso, aún podía mover las “manos.
Rebuscó con los dedos en el hielo y agarró como pudo la linterna, que todavía estaba encendida. Escudriñó en la oscuridad moviendo el haz de luz sobre las translúcidas paredes.
Sus ojos tardaron un instante en acostumbrarse. Ni siquiera podía distinguir qué era aquello que estaba mirando. Parecían trozos de carbón incrustados en el hielo. Sin embargo, pronto comprendió que eran un par de ojos; los ojos de una niñita que lo miraba desde el otro lado de la pared helada.
Contempló ese rostro durante un momento y, cuando giró la cabeza, de su garganta brotó un gemido sordo. A su alrededor había cientos de seres humanos perfectamente conservados, congelados en el tiempo, con las manos extendidas en un gesto desesperado que mantenía toda su elocuencia a pesar de “los años.
Drake abrió la boca para gritar, pero el hielo comenzó a retumbar de nuevo y una brillante avalancha de afilados fragmentos helados cayó sobre él.
Material oricalco: mezcla de oro y bronce que puede producirse por vulcanizacion