Cuarto privado de Simo en el Castillo de Gyllencreutz
Ya en su cuarto, en el Castillo de Gyllencreutz, Simo intentó limpiar la mancha de estofado del pantalón. Pero sin duda la receta incluía una cantidad de aceite que ni siquiera un criado experimentado como él era capaz de eliminar: frotaba y frotaba, y algo se quitó. Ligeras pelotillas de tela, entremezcladas con el jabón y la salsa, se formaban sobre la superficie de la pernera, y Simo las retiraba con el dorso de la mano izquierda. Cuanto más frotaba, más salía. Pero nunca del todo. La mancha era una fuente inagotable de pelotillas de tela, jabón y aceite. ¡Limpiar, limpiar, limpiar! ¡Frota, frota, frota! Pelotillas, dorso, pelotillas, dorso. ¡Limpia! ¡Dorso! Frotaba con tanta fuerza que la mano con la que había golpeado al borracho en la taberna días atrás volvía a dolerle. ¡No pares! ¡Frota! Los dientes apretados. ¡Dorso! Frotaba con tanta fuerza que la cabeza le dolía; la tensión en el cuello; los dientes apretados. Ya no hay mancha, por puro desgaste de la tela, ya no hay mancha. ¿Se puede decir que se ha limpiado lo que se ha roto? A veces no piensa en ello: frotó tanto que su conciencia está rota.
Sacó otro pantalón del armario, se lo puso y ajustó el cinturón, metiendo cuidadosamente la camisa por dentro. Desajustó de nuevo el cinturón al ver la funda del revólver sobre la cama, que se colocó y, de nuevo, ajustó el cinturón. Recolocó la camisa y se puso la chaqueta encima. Alisó la parte del cobertor de la cama sobre la que reposaba la funda con el revólver. Miró al hueco donde antes estaba el espejo del cuarto, desenfundó el revólver apuntando en esa dirección y amartilló. Cerró los ojos y el eco de un disparo resonó en su mente; el sonido de los cristales; y otro eco: por favor… no… ¡no! ¡No era la voz! ¡No era el perro! ¡¿Padre?! Abrió los ojos, desmartilló el arma y enfundó.
Se acercó a la ventana, que daba al jardín, la abrió y se apoyó, mirando al exterior. Había un pájaro cazando insectos, llevándolos a su nido, unos pocos metros por encima, y dando de comer a sus crías. Simo desenfundó de nuevo y apuntó al pájaro mientras alimentaba a los polluelos; amartilló; cogió aire; apuntó (ventaja en ‘’Combate a distancia’’: familiarizado con el revólver); imaginó la trayectoria del proyectil y el pájaro explotando; los polluelos piando, cubiertos de sangre; imaginó el proyectil pasando de largo, rompiendo la atmósfera, viajando más allá de donde nunca llegaría el hombre, a las profundidades de las órbitas; imaginó el proyectil rompiendo todas las leyes naturales, partiendo el Sol en dos; la cuarta ley de Kepler-Simo, el teorema de la antigravitación de Newton-Järvinen, el Principio de Simo Järvinen. Apretó el gatillo. ¡Clic! El percutor golpeó, el tambor giró. Nada. Abrió el revólver y miró el tambor: una bala se encontraba lista ahora para ser disparada, antes no. Había jugado a la ruleta rusa con el universo entero. El Principio de Simo Järvinen: enfundó y salió rumbo a la salan común.
Simo entró en la sala común del castillo y habló para los que se encontraban allí. -Hemos ido a pasar la mañana en la taberna en la que nos conocimos, Burgher&Baker. Preguntamos por la posada del Gato de la Bruja y el espectáculo. – Carraspeó. -La regenta un tal Sam Harjula y, al parecer, no es muy dado a los espectáculos artísticos. Se sentó en una de las butacas y colocó las manos sobre las piernas, tocando con el pulgar de la izquierda la pernera correspondiente, como tratando de quitar una mancha que no se veía por ningún lado. -Han quedado en llevarnos allí a las 15:00, saliendo de Burgher&Baker en coche de caballos. Tardaremos unas cuatro horas. Dejó de tocar el pantalón y colocó la mano en el apoyabrazos. -Yo iré. -Recostó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. El desayuno no le había sentado bien y sentía ardor de estómago: demasiado aceitoso.
Ivar esperó impacientemente a que Simo finalizara el aviso grupal, balanceándose nerviosamente sobre su eje y recorriendo la estancia sin rumbo. Estaba de buen humor tras llenarse la barriga, y saciar su curiosidad, como era menester a su corta edad, se volvía un asunto prioritario cuando el resto de necesidades básicas se hallaban cubiertas. Encontrada su ocasión para intervenir, se dirigió al nuevo integrante:
- Y usted, señor...¿Hans, era?. ¿Encontró algo mientras estábamos pafuera?
Laars coincidió con el muchacho.
Eso. Desembuche, Hans - dijo el áspero Laars con tanto aplomo que se mareó.
Si no les importa, vía sentarme un poco mientras tanto... - los aquavit prometían hacer del viaje en diligencia un pequeño infierno para el cazador.
Te lo edito, en verdad puedes cambiarlo siempre que no hayas escrito otro comentario después o el director haya escrito después que tú
Qué put*** que no se puedan editar los mensaje.
mucho = muchacho.
Hans hizo una pausa dramática mientras miraba fijamente uno por uno con tranquilidad tratando de observar el interior de cada uno de sus nuevos compañeros. A Hans siempre le había costado confiar en otros, cooperar y formar equipo era algo nuevo y extraño para él, pero estaba dispuesto a cambiar y dar un salto de fé con estos nuevos personajes que la vida había puesto en su camino. Respiro profundamente y comenzó a compartir la información más importante que había encontrado:
- Galt y yo encontramos en una lista de negocios de la zona, el mismo apellido que firmaba la carta, Klint. La empresa en cuestión era una agencia que se dedicaba a investigar y realizar encargos de temas "difíciles de resolver" para clientes que pudieran pagarlo. Aquello me llevó a investigar sobre investigadores privados asociados a la Sociedad, dando con los datos de un tal Áleifr Klint que había participado en alguna misión en los últimos tiempos del grupo.
"El Gato de la Bruja" aparecía en los listados como una posada al norte de Sigtuna, y en los registros de la Sociedad como zona de reunión, ya que un tal Pyri Harjula era el dueño de la posada y miembro de la Sociedad. Aquel documento databa de al menos 50 años.
Por otra parte, el nombre de Oscar Hjört, protagonista de la obra de teatro de sombras a la que hemos sido invitados también aparecía en los registros de la Sociedad como miembro. Decían de él que había estudiado en París, con el maestro François Dominique Seraphin, afamado artista de la corte de Versalles, antes de regresar a Suecia y formar parte de la Sociedad como hijo del jueves.