Isawa Yoshi nació en el seno de una familia consagrada a la adoración de los kamis, las fortunas y las tradiciones shintoistas, como corresponde a un buen Isawa. Sin embargo el destino tenía otra senda preparada para el pequeño Yoshi.
Toda su familia, sus progenitores, sus dos hermanos mayores, incluso su hermana menor, son miembros de la comunidad shugenja; una tradición familiar que hunde sus raíces en la adoración de los espíritus del fuego y del viento. Tal vez, por ese motivo, la familia observó con tanto rechazo las inclinaciones monásticas de Yoshi. El joven tenía todas las características que un Isawa podía desear, un espíritu sereno, compasión y devoción. Sin embargo, su deseo iba más allá de la invocación de los elementos, el buscaba el camino del Shintao, la unión con los mismos elementos, el camino de la "no-mente" y así se lo hizo saber a su familia. La prohibición de que se afeitara la cabeza y se retirara a un monasterio fue un duro golpe para Isawa Yoshi y sus padres creyeron que de esta forma el asunto quedaba zanjado.
Lejos de que fuera así, el joven se puso en contacto con el maestro Shiba Kuro, reputado arquero Bushi. Tal acción puso en compromiso a su familia, que no deseaba que siguiera tal camino, pero al que, como miembro de la casta samurai, tenía todo el derecho a seguir. Finalmente aceptaron la decisión de Yoshi, aunque desde entonces las relaciones del joven con la familia han sido tensas; siempre cordiales, siempre distantes.
Cuando Yoshi alcanzó la edad de 10 años el maestro recibió una visita de Matsu Hirae, una Bushi del Clan León de 15 años que recién había superado su gennpukku y que se encontraba en calidad de invitada. El joven fue asignado para enseñarle la ciudad como gesto de cortesía y hubo un altercado entre ellos. Un campesino se levantó demasiado rápido faltando gravemente al honor de los samurais. Matsu Hirae exigió a Yoshi que lo castigara de forma sumaria en aquel preciso instante, pero Yoshi se negó a hacerlo. La León insitió que, si Yoshi no tenía orgullo para castigarlo, deshonrándose a sí mismo y a sus ancestros, ella se encargaría de ejecutarlo. Pero, cuando Hirae desenvainó la espada Yoshi intervino cruzando su propia espada. El conflicto fue resuelto por su sensei y, aunque la ofensa se saldó con la vida del campesino, el honor de Yoshi no se vio en peligro debido a su corta edad. A pesar de esto la Matsu le ha guardado un rencor rabioso desde entonces
Maestro y discípulo tiene un vínculo muy fuerte, hasta el punto en que el mon (emblema en el kimono) de la escuela de su sensei es el que está más cerca del corazón; mientras que el del Clan Fénix, permanece en la espalda.
A lo largo de los años Yoshi ha pasado largos periodos de introspección y meditación, reflexionando sobre las enseñanzas de Shinsei. Se ha convertido en un arquero excelente, más aún, cuando en ocasiones libera su mente de las ataduras mundanas, alcanzando el momento perfecto, la acción perfecta. Como dice un viejo proverbio de Rokugan: "La flecha conoce su camino".
La mañana se ha presentado radiante y calurosa, atenuada gracias al follaje de los árboles que te han protegido del intenso sol. Aun así, tras el entrenamiento matutino, te notas sudoroso, con los músculos de los brazos, el cuello y la espalda cansados, gratamente cansados por el esfuerzo. Tras asearte, regresas al dojo y hogar, donde has pasado los último años de tu vida, junto a tu maestro.
La práctica de hoy ha sido perturbadora. Como si algún kami maligno estuviera acechando a tu alrededor, impidiéndote darle la dirección adecuada a la flecha. Hoy no te sientes fluir con los elementos, ni has logrado dejar que tu mente se vacíe por completo de pensamientos. Tal vez al contrario. Hoy los pensamientos fluyen por el rio de tu mente con un caudal inusual, rápido y alocado.
Tu sensei te había pedido que acudieras después del entrenamiento pues tenía una importante noticia que contarte. Y ahí te encuentras, justo enfrente de las ancestrales escaleras que anteceden tu dojo, donde el maestro de "La Flecha Vacía" aguarda.
Asciendo las escaleras pausadamente y, sólo en este momento una vez pasado el entrenamiento, me permito sentir cierta curiosidad sobre la noticia que se me va a anunciar. Por otro lado, no cesa la sensación de que, quizá, exista relación entre el motivo de la noticia y mis dificultades en el entrenamiento.
Al llegar frente a la entrada (si está cerrada toco de manera ligera y si no lo está me anuncio) saludo convenientemente y me dispongo a entrar.
Ataco
Con sumo cuidado te acercas a la puerta, quitándote previamente el calzado. Empujas el panel y lo deslizas con suavidad. El amplio salón permanece en un estado de silencio que parece disolver y atenuar incluso los sonidos que provienen de fuera. Unos rayos de sol crean pequeños focos de luz provenientes de las altas ventanitas en las paredes laterales. Aunque ahora no hay ninguna varilla de incenso el aroma de miles de ellas, encendidas en el pasado, ha echado raíces en el tatami, los paneles y las columnas.
Al fondo del salón tu maestro espera, sentado en la clásica postura de meditación. En la distancia no estás seguro pero te parece que tiene los ojos cerrados. Frente a él hay otra esterilla para sentarse. Durante un segundo dudas si pasar. ¿Tu maestro querrá que pases y te sientes a meditar frente a él?, o, ¿por el contrario esta es otra prueba y no deberías acercarte, respetando así su silencio?
El ataque falla y pierdes honor, puntos de cordura y fuerza de voluntad.
Observo a mi maestro y me detengo. Me dispongo a esperar de pie respetando su concentración. Él decidirá el momento adecuado. Disfruto serenamente del maravilloso silencio y del bello tatamí, de los olores y colores que me invaden y de esta manera me calmo tras el duro entrenamiento.
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Durante unos segundos cierras los ojos y te dejas llenar por la calma del lugar, pero al momento la voz de tu maestro rompe tu concentración.
-Mi querido discípulo, espero que no hagas esperar a tu anciano maestro. Aunque el tiempo es una mentira es verdad que nunca disponemos de él tanto como nos gustaría. Ven, siéntate.
Sin vacilar te acercas y te sientas frente a él.
-He estado reflexionando mucho sobre tí -dice con seriedad.
Tu tensión ante sus palabras debe reflejarse con claridad porque enseguida notas como sonríe.
-No dejes que la preocupación alcance tu centro, joven Yoshi. Como decía, he estado pensando en tí. Tu comportamiento, tu paciencia, tu espíritu reposado, son dignas de elogio... Pero también eres joven. Hoy por ejemplo has mostrado respeto, autodominio... precaución. Cualidades nobles, si eres un monje, pero tú no eres un monje -el tono de su voz se torna dura como el acero-; Isawa Yoshi, es un samurai. Un samurai debe ser osado. Directo. Ahora, estás equilibrado y tenso como una flecha que se apoya en la cuerda del arco. Necesitas aprender a soltarte y a volar contra tu objetivo. Pero eso no lo puedes aprender aquí, a salvo entre estas paredes.
Tu maestro permanece en silencio y puedes notar como está esperando que le abras tus pensamientos.
Un monstruo errante te ataca por la espalda y pierdes un punto de golpe.
En un primer momento me siento contrariado por sus palabras pero, pasados unos segundos, mi respeto hacia el maestro me hace reconsiderar sus palabras.
-Maestro, y ¿entonces...? - respondo titubeante.
Busco en mi mochila la otra armadura y me cambio.
-Entonces... volarás hasta el centro de la manzana: Otosan Uchi. Allí serás acogido, mi querido discípulo, por un viejo amigo. Él te ayudará a conocer la ciudad y guiará tus pasos en la capital. Dentro de poco deberás pasar tu mayoría de edad y tengo muchas esperanzas puestas en ti. Mis huesos son viejos, pero espero llegar a tiempo a la capital para la celebración de tu gemmpukku.
Tu maestro cierra los ojos y durante unos segundos crees que se ha sumido de nuevo en una de sus profundas meditaciones.
-Recuerda que las ciudades son distintas a nuestro poblado y escuela. Allí la gente olvida con facilidad el honor y la disciplina y son seducidos por vicios, kamis dañinos que corrompen a los hombres buenos. No bajes la guardia. Recuerda las enseñanzas de Shinsei. Encontrarás tu equipaje preparado en el dormitorio.
- Sí, maestro. Será como dices.
Hago una reverencia y salgo hacia mi nuevo destino. Antes de marchar, dejo una nota de agradecimiento en mi dormitorio por todo lo que ha hecho por mí. Espero poder estar a la altura y no decepcionar a mi maestro.