Había aun restos de violencia, aunque parcialmente borrados por el tiempo todavía se podían seguir con un poco de esfuerzo. La lucha desde el camino hacia al bosque debía haber sido sin cuartel si los combatientes habían avanzado sin parar hasta adentrarse en lo más profundo de la espesura.
El goblin que habían dejado marchar seguía un camino parecido así que no se desviaban en exceso de la cobarde criatura en su huida. Más tarde deberían preocuparse si el trasgo al contar su encuentro liberaba un enjambre de pieles verdes sedientos de venganza.
Alcanzaron una parte del bosque en donde la lucha había sido increíblemente violenta, Bashma había olfateado la carroña varios minutos antes. Pero nadie se esperaba semejante espectáculo, los árboles estaban quemados y destrozados por algún tipo de explosión, al igual que la hierba del suelo. Más de una decena de trasgos muertos estaban dispersados en el suelo, algunos completamente carbonizados y otros destrozados por algún tipo de arma contundente.
Más o menos en el centro de aquel lugar estaban los restos de una criatura que nunca antes habían visto, alcanzaría con facilidad los tres metros de altura y más de trescientos kilos de peso. Su piel verde estaba llena de verrugas malolientes, contusiones, quemaduras y otra infinidad de heridas, tenía un vello enfermizo calcinado en su mayor parte. Las manos eran tan grandes como una campana de monasterio rematadas con unas uñas que harían la vez de espadas cortas.
Khumara entornó los ojos y arrugó la nariz en una mezcla de desagrado y frustración. Desagrado porque había dejado más que patente que los trasgos no le gustaban en absoluto y frustración por cómo había quedado aquella zona de bosque.
—Y parece que aquí el mago que buscamos hizo unos cuantos... —suspiró hondo—. Fuegos artificiales...
Al parecer ya habían encontrado al dueño e las huellas gigantes, fuera lo que fuese aquella cosa. La elfa se acercó a los cuerpos para husmear, tal vez encontrase alguna pista más antes de buscarlas de nuevo en el propio suelo.
¿Quién necesitaría la ayuda de un grupo de aventureros primerizos como ellos habiendo sido capaz de causar tal escenario de muerte? No sólo había más trasgos de los que derrotaron antes, también estaba esa cosa. ¿Qué podrían haber hecho sino huir si se hubieran encontrado en esa situación... unos días atrás (cuando esos seres estaban vivos)? Susana se sintió terriblemente inferior a aquellos a los que -se suponía- iban a rescatar. Y el sentimiento era tan objetivo que esta vez daba igual ser mujer o no, cualquiera le hubiera considerado mucho menos fuerte a ella con su estoque sin pararse a mirar cuan hombre era. Y tendría razón.
Pensó que, si no encontraban a nadie, la maza que habían visto podría ser una buena prueba de que habían llevado a cabo su misión. Ella no podía cargar con tanto peso, mas Algarrobo o Ulisha seguro que sí. Podrían volver luego a por ella. Miró hacia atrás, por donde habían venido, también para olvidarse un segundo de todo ese panorama de destrucción.
Susana permaneció alerta, ballesta en mano, en ese claro antinatural, producto del fuego.
Los restos de destrucción eran patentes. Quien había usado el fuego lo había hecho a conciencia y a matar. No se podía dudar de la efectividad del calor abrasador, pues casi todos los trasgos habían sido abatidos por las tremendas quemaduras y la sofocación.
Pero aquella cosa gigante se salía de todos los esquemas, era un amasijo de músculos quemados, no muy lejos una enorme porra varias veces más grande que una persona reposaba inerte y también con restos de calcinación. Sin duda había sido un rival mucho más fuerte que los pequeños trasgos. El aspecto le recordaba a la elfa varias fábulas de niña, si podía ponerle un nombre a ese monstruo sería el de troll salvaje.
Apenas había rastros que se pudieran aprovechar, pero se internaban al centro de la espesura. Juzgando el tiempo de viaje y los cambios sutiles de vegetación debían de estar a no más de veinte minutos del centro del bosque. Sea lo que sea que buscarán estaría allí, o lo que quedase de ello...
El largo viaje llegó finalmente a un corazón del bosque totalmente inesperado. La vegetación estaba muerta y enferma. El hedor que acompaña a ese lugar era totalmente enfermizo. Cada planta tenía las huellas del fuego y los hachas, la barbarie se había extendido por ese lugar dando forma a un improvisado campamento trasgo que actuaba como una pústula enfermiza que lentamente se propagaba.
No había más que media docena de chozas hediondas, dispuestas formando un semicírculo, en cuyo centro había una tienda de buena calidad que de ningún modo podía haber salido de las manos de los trasgos.
Había dos postes en el campamento y atados a ellos dos hombres reposaban con moscas a su alrededor y el hedor a la carroña, su estado era totalmente lamentable, no se podía hacer un juicio rápido, pero sin duda habían sido torturados, solo los dioses saben lo que podían haber sufrido.
El grupo observaba a los trasgos corretear tranquilamente con botín expoliado sin preocuparse de nada. Tenían que mirar la escena desde muy lejos, cubiertos por los pocos árboles que aun se tenían pie, era la hora de hacer un buen plan.
Mierda. Muertos. Mierda, mierda, mierda.
Esos dos eran ellos... y eso las cosas de los huérfanos. Sin un carro no podían llevarlas hasta la ciudad. ¿Tenía sentido hacer algo?
Por ahora, un recuento de los trasgos que podían quedar. Había seis chozas... y una siete. ¿Cuántos usarían cada una? ¿Uno, dos, una familia? ¿Esas cosas hacían familias estables? Quizás no estaban todas ocupadas. Ellos habían matado a cinco y bastante más de una decena habían sido muertos por esos dos buenos hombres de Pelor, que Él los guíe en muerte, además de esa cosa, ese troll salvaje, aunque, por suerte, no cabía ningún otro como él dentro de esos habitáculos destartalados.
Susana estimó que, en el mejor de los casos, habría 12 trasgos y ningún troll. Ellos eran 5 y no estaban muy seguros de contar con el factor sorpresa. La peor situación no podía saberla, o más bien no quería; solía ver el vaso medio lleno, o prefería verlo así. ¡Oh, pero si eran seis, no cinco! No podía olvidarse de Bashma.
No creía que los cadáveres conservasen aún algo de valor o que les identificase. Quizás algo así estaría dentro de la tienda central, pero no sabía si podrían identificarlo.
¿Qué querrían sus compañeros? ¿Un botín? ¿Recuperar todo lo posible y volver con ello a la ciudad? ¿Se sentían con fuerzas para una especie de venganza por lo que les habían hecho a esos dos hombres, a Krimlin y al orfanato? ¿Regresar con el trabajo cumplido pero con mal sabor de boca?
A Susana no le gustaba ese sabor, pero se estaba acostumbrando a él como quien bebe una cerveza por tercera vez. Cada vez sabe menos amargo.
Se preguntó cómo sabría la poción que tenía en su mochila.
- Ulisha, ¿reconociste los efectos de las pociones que nos dio Krimlin?
Qué momento para ese tipo de preguntas. La hizo porque no quería decidir si ella prefería dar media vuelta o atacar. A ver, ella tenía una ballesta, podía cantar... pero esas criaturas no apreciaban la música, aunque también podía hacer un ruido pequeño o unas luces danzantes... quizás si anochecía podría distraer a los trasgos con eso. De incendiar el bosque prefería no hablar delante de Khumara.
- No pueden quedar muchos trasgos, ya visteis todo lo que les hicieron y les hemos hecho. Y los feos grandes como el de antes no viven en manada, ¿no, Khumara? No creo que haya más. Creo que podemos con ellos. A Ayrton y Cosmas sí que deberíamos darles un entierro digno, seguro que Scio estará de acuerdo conmigo, y no dudo que vosotros también.