Dos ambulancias transportaron a los padres de Kitty al hospital más cercano. Sin necesidad de preguntarse, Sarah y Kitty se quedaron en la ambulancia en la que viajaba su madre. Los primeros auxilios que la joven había hecho a su progenitora la habían salvado la vida. Seguía en estado crítico, pero por lo que le contaron los médicos, estaba estable.
Después vino la larga espera en el hospital. El Señor Spellman recuperó la lucidez pronto. Estaba escayolado de la cabeza a los pies, y sedado a base de calmantes. No obstante, sus huesos no se recuperarían del todo. Aún habría que ver la evolución, pero los médicos no descartaban que se quedase en una silla de ruedas. Es posible que de esa manera no pudiera volver a maltratar físicamente a su madre... pero también significaría que le podrían dar la invalidez total y que le tendrían todo el día el casa.
Mientras tanto Sarah observaba a Kitty, sin saber muy bien que decir. El rostro de Kitty estaba transido por el dolor y las preocupaciones. Aunque la niña era una niña, y a veces no lo demostrara, le importaba mucho. Verla tan deprimida la hacía desear tener una varita mágica con la que disipar la tristeza.
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Un par de policías uniformados se acercaron al par de jóvenes. El que iba delante era un hombre ya mayor, y aunque algo entrado en carnes, parecía aún en buena forma. Su compañero era un hombre delgado y pálido, sin pelo en la cabeza y con el rostro devastado que semejaba un gigantesco arácnido.
--Buenas noches, señoritas. Soy el agente Joel B. Fabre de la policía de Boston. Los técnicos sanitarios nos han informado de que sois Katherine Spellman y Sarah Carlinge ¿no es así? --dijo el agente señalando con el pulgar un punto indeterminado detrás de si--. ¿Nos acompañarían a la comisaría más cercana para tomarlas declaración? Es un proceso rutinario...
Sarah durante todo el trayecto se había mantenido en silencio. Su rostro denotaba un profundo pesar cada vez que miraba a Kitty. Pero no sabía qué decirle... ¿Qué se puede decir en estos casos? La joven suspiró con fuerza y sentándose en una de esas sillas de plástico que poblaban la sala de espera, se quedó mirándose los pies. La música continuaba sonando con fuerza en sus oídos, de esta manera conseguía evadir su mente.
De tanto en tanto miraba a su amiga de reojo. Seguía sin saber qué decirle... Dios, ¿por qué es todo tan complicado? Me gustaría tener una varita y hacer desaparecer a ese gordo seboso... Seguro que kitty sería más feliz. Se dijo la pequeña... Aunque en el fondo sabía que su amiga sufriría incluso si su padre desaparecía...
Cambió la pista de audio, una canción un poco más melódica empezó a sonar cuando levantando la cabeza vio que se acercaban dos agentes. Se quitó los auriculares y se acercó junto a su amiga.
¿A comisaría? Bueno, mejor que estar aquí, muriéndonos de asco... Miró de reojo a Kitty y asintió por ella.
- Con mucho gusto señor. Aunque... Antes sería conveniente que Kitty se tomara algo. - Empezó a decir señalándola con la cabeza a su amiga... - Es duro por lo que está pasando, y creo que está algo de los nervios. - Terminó diciendo con un suspiro.
No podía dejar de mirar las salas donde estaría su madre, y el pasillo donde estaría su padre. Si él se quedaba en silla de ruedas iba a ser fatal, no solo porque la pensión sería una mierda, sino porque encima iban a tener que fregarle hasta el culo... Y con su carácter, no iba a poner las cosas muy fácil.
Suspiraba de vez en cuando, estaba cansada, tanto física como psicológicamente, y notaba que necesitaba dormir, pero sabía bien que en la cama tampoco iba a dormir...
Al ver llegar a los agentes, ella lo miró y escuchó a Sarah, no pudo evitar una sonrisa de medio lado.
En teoría soy yo la que te tiene que cuidar a ti... - le dijo con un tono amable, poniéndole la mano encima de la cabeza, a modo de agradecimiento - Claro, los acompañamos.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
--Bueno, necesitamos llenar el depósito del coche de todas maneras. En la gasolinera en la que repostamos tienen unos bocadillos al horno que están muy buenos. Al menos será mejor que la comida del hospital --el agente Fabre os dedicó una amable sonrisa--. Vamos entonces.
Acompañasteis a los policías al coche patrulla, y el agente Fabre condujo durante unos minutos hasta la gasolinera de la que os había hablado. Aparcó el coche entre el depósito de gasolina y una discreta furgoneta negra con los cristales tintados. El compañero del agente Fabre salió del coche para abriros la puerta y permitiros salir.
De pronto, se abrió la puerta de la furgoneta negra. En su interior, varios hombres con pasamontañas y equipo oscuro de combate os apuntaban con unos táseres.
--Subíos a la furgoneta sin hacer un solo ruido y nadie resultará herido --dijo el compañero del agente Fabre, mientras este vigilaba de que no hubiera ninguna mirada curiosa.
La maniobra, obviamente, no había sido improvisada. Mas al contrario, parecía medida al milímetro.
- ¿¡Qué coño...!? - Sarah por un momento se quedó en blanco. Bajaba toda confiada del coche, con la mente puesta en su amiga, cuando de repente, de una furgoneta que se hallaba estacionada al lado salieron varios tipos con pasamontañas y táseres.
Miró a su alrededor. Mierda... No había nadie a quién pedir socorro. Sarah intentó encontrar una vía de escape, pero los tíos parecían haber estudiado el entorno y estaban completamente fuera de juego.
La joven se había quedado pálida. Se mordió con fuerza el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar. Su mirada se iba alternando entre los hombres y sus armas... Pero ¿Qué mierda quieren de nosotras.... ?
- Debeis estar confundidos... Nosotras no tenemos nada... Mierda... Que sus padres están en el hospital... Joder... - Sarah estaba asustada, muy asustada, pero ese mismo terror le hacía envalentonarse. Temía que si se metía en aquella furgoneta entonces todo sí que estuviera perdido...
De repente, por su cabeza empezron a pasar ideas a cual más descabellada... Seguro que aquellos tipos eran traficantes de órganos... O quizás querían venderlas o algo por el estilo... Eso estaba de moda, ella había leído noticias sobre historias de jóvenes que eran secuestradas y después obligadas a prostituirse... No, mierda...
Kitty abrió los ojos de par en par, miró al agente de policía que iba con ellas, pero su sorpresa fue mayor cuando este dijo que entraran en la furgoneta. Todo estaba estudiado. Intentó no ponerse nerviosa, buscando la mano de Sarah y apretándosela con fuerza, a pesar de estar aterrada, cagada de miedo.
No sabía qué les harían... pero estaba claro que estaban interesados en ellas, ¿por qué si no hacerlas salir incluso del hospital para eso?
¿Por qué no la dejáis ir a ella? Aún va al instituto. - no estaba convencida de que accedieran, de hecho, estaba convencida que no lo iban a hacer, pero tenía que intentarlo, y además así ganaban algo de tiempo.
Perdón :P
--No podemos permitir que se marche --atajó el hombre de rostro devastado con tono pesaroso.
Os indicó con un gesto imperativo que entrarais a la furgoneta. Sarah miró en derredor, pero ninguno de los planes rocambolescos acababa de cristalizarse del todo en su mente. A falta de una alternativa mejor, acabasteis por entrar al interior. El portón de la furgoneta se cerró, y el sonido del motor arrancando quedó flotando en el aire como una nube negra sobre vuestras esperanzas.
--Sé que estaréis asustadas --continuó diciendo el inquietante hombre, mientras los hombres de los pasamontañas permanecían silenciosos como sombras--. Y que nada de lo que yo os pueda decir va a mitigar esa sensación. Pero os aseguro que nadie os va a hacer daño si cooperáis.
Sarah, aunque a regañadientes, finalmente entró en la furgoneta. Se sentó muy pegada a Kitty para poder protegerla... Tenía mucho miedo pero sabía que su amiga la necesitaba. Había querido hacerse la fuerte, diciendo que la dejaran ir, pero ella nunca la habría dejado sola con aquellos hombres...
¿Si cooperamos? ¡Qué remedio, no nos dan otra opción! Se dijo la joven tras las palabras de su captor. Lo miró con sus grandes ojos entrecerrados, rezumando odio.
- ¿Qué es lo que quereis? - Preguntó finalmente con osadía. Aunque estuviera aterrorizada, Sarah no sabía mantenerse callada. Ese mismo terror era lo que le hacía ser a veces insolente...
Subió a la furgoneta detrás de Sarah, sentándose a su lado y suspirando profundamente, visiblemente preocupada... Tenía demasiadas cosas a la cabeza, y ahora encima esto. Se pasó la mano por la cara.
Sarah hizo la pregunta que ella misma quería formular, así que solo miró al hombre raro, para esperar la respuesta.