Partida Rol por web

Detectives literarios

Prefacio

Cargando editor
30/11/2012, 11:54
Director

Viernes por la noche y ahí estás, con tu gintonic y el libro que estás corrigiendo ahora mismo. No es el escenario ideal, pero tienes todo el fin de semana por delante para no trabajar. O para escoger trabajar, todo depende de cómo sea la novela que te acaban de enviar de la editorial.

Normalmente no te habrías molestado ni en abrir la tapa de algo tan poco prometedor. ¿Un refrito más del maldito detective? No, gracias. Pero sorprendentemente venía acompañado de una nota de tu jefa: "OMG! Mejor de lo que esperas. Queremos hacer una tirada grande con este." Era curioso, pero te sorprendía más el entusiasmado acrónimo y las ganas de (según tu punto de vista) de tirar el dinero que el hecho de que fuera una joya en bruto.

Resignada, das un buen sorbo a la bebida y abres la primera página con un ánimo más bien sardónico. No piensas tener piedad con ese libro, llevas ya un par de semanas viendo como dan luz verde a proyectos que consideras claramente mejorables y no quieres añadir este a la lista. Sólo esperas que la bebida no enturbie tu capacidad crítica.

 

Cargando editor
03/12/2012, 00:03
Lucía Ferreiro Rodríguez

El libro era entretenido, interesante...si eras un fanático de ese autor y del género. Por supuesto, con los autores populares cualquier cosa que llevase su nombre en la portada aseguraba cierto número de ventas, como bien se había ocupado de demostrar Rowling o los herederos de Tolkien. Podías publicar

J.R.R.Tolkien

La Lista de la Compra

que mientras te aseguraras de que el nombre del escritor estuviera en letras bien grandes en la portada, habría fans que lo comprarían, y lo analizarían hasta la saciedad en foros de internet intentando demostrar que el hecho de que le gustaran los pepinillos era una prueba incontrovertible de que sus dragones no tenían patas. En fin, el libro tendría cierta salida, pero ¿una tirada grande? Tenía que estar de broma. O borracha. Y viendo el uso del acrónimo, se inclinaba por lo segundo. ¿OMG en una nota escrita a mano? ¿Y sólo el signo de exclamación final? Por qué demonios no funcionaría la escritura como el carnet de conducir. Ciertas cosas deberían quitarte puntos. Demasiadas transgresiones y se te invalidaría para que escribieras cosas donde otra gente pudiera leerlo. Por el bien público.

Escribió unas cuantas notas en su ordenador sobre algunas cosas a tener en cuenta en la edición española, y también algunas ideas sobre la campaña de marketing, si es que no conseguía convencerlos de que se echaran atrás con su idea y cerró el libro. Ya se enfrentaría a él el lunes. Se acabó la copa, se puso el pijama y se metió en la cama con la mejor compañía que pudo encontrar. Esa noche le tocaba el turno al señor Stevenson.

Cargando editor
04/12/2012, 11:01
Director

Llevabas tiempo queriendo leer algunas de las obras menores de Stevenson. Hacía poco que habías conseguido encontrar (y no por un módico precio) una recopilación en bastante buen estado, gracias a tus pocos privilegios como editora. Tu jefa tenía buenos contactos, y cuando no los explotaba ella al máximo, compartía las migajas con sus empleados. Y así, tras un intenso regateo en la trastienda de una librería que no parecía del todo legal, te hiciste con aquel preciado volumen. Esta noche tocaba leer "La flecha negra y otros relatos".

A pesar de las ganas que tienes al libro, te quedas dormida al poco rato. Debe ser el cansancio acumulado de toda la semana, porque además tus sueños no son precisamente calmados. Las traiciones shakesperianas se confunden con las batallas a campo abierto, todo con la Torre de Londres de fondo. Te despiertas al amanecer con la sensación de haber conspirado contra más facciones de las que podías manejar, y curiosamente con un extraño dolor punzante en el costado donde una flecha perdida te había alcanzado en sueños.

La mañana del sábado se presenta espléndida. Decides bajar a por el periódico, y ya que estás y porque te lo mereces, unos churros con chocolate. Desayunas escuchando la radio y leyendo las noticias a la vez, hace días que el panorama literario está inquieto y quieres enterarte bien de qué está pasando. Una de las columnas críticas más prestigiosas no ofrece una visión muy esperanzadora:

"Debemos reflexionar sobre la extraña situación en la que nos encontramos, en la que prima más el número de ventas que la calidad de aquello que nos debería hacer soñar. Exhorto a las autoridades a que tomen partido en lo que puede ser el declive definitivo de la literatura tal y como la conocemos..."

La cosa era seria si se pretendía meter al Ministerio de Cultura en medio. Suspirastes, un poco frustrada porque desde tu trabajo también habías notado un cierto cambio de aires y no parecías estar en disposición de cambiarlo. ¿Trabajo? En ese momento recordaste el libro de Sherlock Holmes, abandonado encima de la mesa, llamándote más de lo que querías reconocer.

Cargando editor
05/12/2012, 00:29
Lucía Ferreiro Rodríguez

Dejó el periódico encima de la mesa de la sala y fue a por el libro, su libreta y su colección de Conan Doyle. Se dejó caer tumbada en el sofá, y después de unas maldiciones apagadas por haber haber calculado mal y haberse dado con el codo en una de las partes duras del reposabrazos, abrió "The Sherlock Holmes Handbook" por donde lo había dejado la noche anterior. Como editora, no creía que fuera a vender demasiado, pero reconocía que se lo estaba pasando bien recordando las novelas del detective y analizando sus métodos. A todo esto, ¿cuánto hacía que lo había leído por última vez? Se acordaba del caracter de los personajes y de los detalles generales de las historias, igual que recuerdas más o menos los momentos que has pasado con un amigo, pero había cosas que había olvidado por completo. Pensó en que lo malo de haberte leído ya algo es que nunca vas a tener la oportunidad de sentir lo mismo que al descubrirlo por primera vez. El pensamiento, por alguna extraña asociación de ideas, la llevó a pensar otra vez en el periódico. Ella había crecido con Mark Twain, Isaac Asimov, Homero, Stephen King...Algunos de los autores con los que se había criado eran artistas geniales, otros, simples artesanos competentes, peros todos habían le habían enseñado cosas, o cuando menos, le habían dado historias y personajes que recordar con cariño. Se preguntó cuantos de los que estaban ahora en el instituto podrían decir en el futuro lo mismo de Stephanie Meyer o Dan Brown. O peor, cuantos preferirían ver los programas del corazón a abrir un libro.

No había mucho que ella pudiera hacer al respecto, en todo caso. Podía exigir un mínimo de calidad a los autores con los que trataba, pero no podía cambiar la dirección de toda una sociedad. Y ahora le tocaba hacer su trabajo. Por suerte, mucho más agradable y mejor pagado que el de Mesías, y para el que no le invalidaba el cometer todos los pecados que quisiera. Así que decidió ejercer su derecho a gula, sacar una barra de chocolate de su reserva, y continuar con su trabajo.

Cargando editor
07/12/2012, 17:05
Director

A pesar de las preocupaciones literarias, o tal vez gracias a ellas, empezaste a leer con auténtico interés el libro. Cierto era que buscabas la excusa para empezar a despedazarlo sin piedad, buscando cualquier mínimo detalle para sumarlo a la lista de agravios. ¿Estaba esa coma fuera de sitio? Releíste la frase y no, estaba bien puesta. De hecho, era una construcción incluso bonita. Seguiste leyendo, comprobando los tiempos verbales. No parecía haber ningún fallo en ese sentido, pero todavía quedaba mucho libro por delante.

Al cabo de diez minutos te descubriste inmersa en el texto, así de buenas eran las descripciones. No dejaba de ser un libro más de relatos con un Sherlock Holmes un tanto diferente, pero la manera en la que estaba escrito superaba en mucho a los relatos originales. Este Sherlock era sarcástico, parecía de vuelta de todo pero a la vez mucho más humano que el Sherlock primigenio. Todo signo de Asperger había desaparecido y te encontrabas ante un personaje que quería con pasión su trabajo por primera vez en mucho tiempo. Y todavía no había salido de sus habitaciones, pero podías sentir el pequeño habitáculo, abigarrado, lleno de humo y con olor a vino... ¿Había abierto Sherlock una botella? En el texto no salía...

Notas de juego

Tira Reflejos!

Cargando editor
08/12/2012, 23:44
Lucía Ferreiro Rodríguez
- Tiradas (1)
Cargando editor
12/12/2012, 21:14
Director

- Maldito sea, Watson. - se asomó a la ventana para observar la calle Baker. Estaba desierta. Era esa época del año donde lluvia y niebla hacían de las primeras horas del día y de las últimas de la noche, algo mágico, misterioso y aterrador a la vez. - ¿Dónde se ha metido? Sólo ha pasado una cosa importante durante los últimos tres días, y es que nada ha pasado.

El humo te picaba en los ojos, aunque tal vez era también culpa del ambiente recargado de la habitación. Parte de las cenizas de la chimenea debían permanecer flotando en el aire, razonaste. Tardas unos segundos en recordar que en tu casa no hay chimenea. Y ya te ponías a pensar obviedades, en tu casa tampoco había un señor caminando de arriba abajo de la habitación, inquieto y tocando todos los objetos. Lo miraste boquiabierta, intentando enfocar con los ojos la silueta tenue que se movía.

Volvió a mirar el teléfono mientras cogía de nuevo la copa y daba un nuevo trago. Disfrutó de este momento. Sin más, agarró una pistola y apuntó a la pared. Sonrió y... disparó.

El estallido de la bala te hace pegar un bote en el sofá. Tu sofá. Miraste las páginas llenas de texto, y volviste a leer las últimas palabras. Sonrió y... disparó. ¡Pero lo habías visto sonreir de verdad! Y la bala, ¡te había hecho daño en los oídos!. Era como si te hubieras caído momentaneamente dentro del libro, sólo para salir segundos después de él. Pero era imposible, claro. Miraste la etiqueta del chocolate que estabas comiendo, ¿estaría caducado?

Las páginas te miraron de forma interrogante. O eso era lo que parecía. ¿Seguirías leyendo?

 

Notas de juego

¡Perdona el despiste!

Cargando editor
13/12/2012, 23:59
Lucía Ferreiro Rodríguez

Se frotó los ojos. Vale, no pasaba nada. Seguramente se habría quedado dormida unos segundos y se había puesto a soñar con lo que estaba leyendo. ¿Aunque no recordara haberse quedado dormida?¿O despertarse? -susurró una voz traicioneramente en su cerebro. Por supuesto que era muy común no darse cuenta de que uno se quedaba dormido-se contestó en tono mental severo a sí misma. A veces, al acabar de despertar no era raro confundir los sueños con la realidad. Y había gente que tenía sueños muy vívidos. Porque tú has tenido muchos así antes, ¿verdad?-recordó la misma voz, no sin cierto sarcasmo. Ante lo que Lucía tuvo que recurrir a la antigua y comprobada técnica de mandar a una parte de sí misma a la mierda.

Recogió el libro del suelo, donde había caído cuando el disparo la había sobresaltado. No, donde había caído cuando se había quedado dormida. Sí, eso era lo correcto. Tenía que reconocérselo al autor, sus descripciones realmente hacían que te metieras en la historia. Y ahora, ¿por dónde iba?

Cargando editor
20/12/2012, 19:43
Director

Volviste a recrear el libro en tu mente, era lo que siempre hacías, lo que te preparaba para seguir disfrutando de una obra maestra o al menos de un buen relato de ficción. Y retomaste la lectura por el mismo sitio, ya veías al tipo de rasgos afilados, vestido con una bata decimonónica y sentado en su butaca, aburrido hasta que llegara un caso, como sin duda pasaba en todos los libros de Sherlock, momento en el cual despegaría una tremenda actividad para resolverlo. Realizando todo tipo de cosas que sólo tendrían sentido al final del libro...

Pero lo que te dejó sin habla es que... ¡esta vez Sherlock te estaba mirando a tí! Sus fríos ojos recorrían tu cuerpo posándose en el libro que leías, en tus ojos, tu cabello, tus manos.

Y lo peor era que no podías caerte de la silla del susto, porque estabas en una butaca de felpa la mar de cómoda, mirando al hombre detenerse en su paseo y mirándote... con el revólver en las manos. El tabaco (¡que asco!) llenó tus pulmones y los sonidos de caballos y ruedas atravesaron los delgados cristales de la ventana.