Aunque su alma clamó por la santa expiación de sus pecados que, cometidos en nombre y bajo la mirada del falso y cruel dios al que adoraba, debían ser igualmente exorcizados. El látigo, que sacrosanto había permanecido hasta entonces siempre firme en su mano, se deslizó entre sus dedos como si ellos careciesen de fuerza.
Dejando relegado la necesidad divina de perdón, el hombre, cuya virilidad ahora alzada y palpitante reclamaba al súcubo que le había invocado, notó dentro de si el cambio, sintiéndose necesitado de las mieles del placer prohibido, de perderse en el pecado más primitivo nuevamente, convirtiendo al hombre en una bestia y quien profería gemidos, en su presa.
Con paso sigiloso la bestia salió de su escondite, y el sacerdote, relegado a un rincón solitario cerró los ojos no por miedo a lo que vería, sino que por la vergüenza de su propia debilidad, sabiendo también suyo el deseo de danzar nuevamente entre las llamas del infierno, de sentir nuevamente las lenguas de fuego besar su piel desnuda, mientras perdido de todo perdón, su cuerpo se perdiese en el deseo.
Como una señal más de aquél dios que en premio o castigo le permitía observar aquella escena, que solo por existir ofendía a su grandeza, la puerta entreabierta le permitió relamerse los labios mientras veía como aquél ángel hecho carne, sucumbía a un pecado ahora tan conocido para sí.
Hombre , bestia y clérigo se relamieron los labios, al imaginar el sabor que la cúspide de sus muslos escondía, deseando saborear el elixir prohibido que su falso dios había escondido en terreno prohibido. Las yemas de sus dedos ardieron ante la sola visión de sus senos, de aquellos de los cuales deseaba ser amamantado para nutrirse de vida, y su entrepierna, voraz y anhelante, latía al punto del dolor más intenso ante la sola posibilidad de encontrar entre sus piernas, refugio.
Si, su dios, falso y cruel se había apiadado de su ciervo, y dejándole al alcance de su mano el becerro de oro para ser degustado, adentró en silencio uno de sus pasos al nido del pecado primigenio. Sus manos cerraron tras de sí la puerta que ocultaba el pecado y de pie, con la mirada oscura como su alma puesta en el súcubo celestial fue el párroco quien hablo.
Mas sus palabras lejos estuvieron de sonar compasivas o acusadoras, y saliendo con una morbosidad que solo era comprable a la hombría que despierta arañaba la tela del pantalón que solo cubría pero no disimulaba su existencia, habló – No hay más perdón que la confesión para tus pecados, hija, y por lo mismo, y siendo poseedor del poder de Dios para calmar tu alma atormentada, ven y deja atrás la lujuria que mancilla el lugar sagrado en el que moras – relató sabiendo de sobra su papel, pero aunque era el sacerdote quien hablaba al llamarla “hija” su mirada cambió, su tono se cargó de lujuria desmedida y cegado de cualquier razón, esperó.
El pecado se materializaba en un perfecto cuerpo de mujer, donde cada curva es forjada por las manos de un artesano tan meticuloso como el falso Dios. Sólo que el alma de aquella preciosa joven, en sus aires de ingenuidad y descubrimiento, aún no había sido corrompida ante el deseo de la carne propiamente dicho. Si bien llevaba su sentencia perpetua en la pierna, al punto de lastimarse bastante, el destello de su mirada denotaba inocencia y confusión.
Al girar por la imperiosa sensación de que alguien allí estaba y comprobar cuanta razón tenía, intenta tapar su cuerpo con una camiseta sin mangas. Al menos podía cubrir sus partes pudendas ante la mirada de un hombre, que la consumía en su más lujurioso deseo de poseerla. Si bien, se mostraba tímida ante la imponente presencia y aquella protuberancia que nacía desde tus bajos instintos. No bajó la mirada, simplemente mordió su labio seduciéndote sin querer, mientras un intenso rubor asomaba en sus mejillas.
Su mano reflejaba el brillo de la humedad de su sexo, dulce y especialmente aromático. Al punto de deleitar tus sentidos, invitando al Sacerdote, la bestia y al hombre, surcar aquellos cielos bajo el sabor de tu lengua que ansiosa por probar los manjares del paraíso, se relamía de solo pensarlo. Sin embargo, ella portando una actitud avergonzada toma asiento en su cama y espera el momento para que recibas su confesión.
Ángel o demonio, sin importar lo que por dentro emergía, aquella joven era capaz de inspirar todo en una sola persona. No por nada era una sierva de Dios y no por nada, sucumbía a los deseos pecaminosos que un celibato no podía calmar. - Acepto su propuesta Padre... Mi alma ha sido embrujada por los oscuros deseos de la lujuria y la muerte, no puedo controlar lo que me sucede y mi cuerpo sólo reacciona de forma libertina sino satisfago mi sed de sangre. - expresa asumiendo que eres un sacerdote y a pesar de que sus ojos permanecen por momentos fijos a tu entrepierna, se limita a actuar desde la distancia como un alma atormentada que necesita su confesión, para eximirse de pecados y así encontrar la paz.
El silencio había sido interrumpido por su dulce voz, siendo música para tus oídos y un motivo para saciar tu bestia interior, que enloquecido gruñía sin cesar mientras la saliva caía a borbotones por el deseo de poseer un cuerpo esculpido por Dios. Una encrucijada interior se manifestaba ante ti, el Sacerdote tentado por su belleza se controlaba obrando desde la palabra, el hombre perdido ya en las ganas de saciar su deseo, te forzaba a tomar lo que creías era tuyo. Convirtiendo la situación y el diálogo interior en una eterna dualidad, confusa y latente.
Luchando por no sucumbir a un deseo que patente en alma y cuerpo se manifestaba, el sacerdote miró el delicado cuerpo de la joven que, profanando aquello que jamás debió ser tocado, ahora se escondía tras una tela que poco podría ya cubrir.
La herida en su pierna, lejos de ser un castigo que purificase su alma corrupta no era más que otro objeto pecaminoso, puesto que no debe hallarse en el castigo del cuerpo placer, ni en del alma sosiego. Pero al mismo tiempo, el hombre que impedido al menos de momento para actuar, susurraba al oído del sacerdote las obscenidades que jamás debería haber oído, y es que sediento no solo de la sangre que de su pierna brotaba, sino que también del excitante licor que desde su entrepierna había terminado en la mano de la joven, inundaba la estancia del mas delicioso de los perfumes, uno santo y extasiante que llamaba a la lujuria sin vergüenza.
La observó mientras caminaba hasta su lecho y escuchando su confesión, que lejos de hacerle sentir por ella tristeza solo aumentaba la dureza de su sexo, hombre, bestia y sacerdote no dejaron de escrutar sus gestos. Aquel labio mordido, aquella mirada que deteniéndose en su alzada hombría parecía una caricia divina, y el brillo de su mano empapada en los fluidos que tanto deseaba saborear.
Con paso tranquilo, cual cazador que acecha a su presa haciéndose pasar por amigo se acercó. Y quedando de pie frente a ella tan cerca como para poder incluso sentir el olor asfixiante y delicioso de su entrepierna, un leve suspiro salió de sus labios.
El pecado de la sangre y la muerte ofenden a nuestro Señor, hija mía, y si la senda de la lujuria apacigua aquella sed que parece no encontrar sofoco, deberás pagar por ello cada vez que tu cuerpo sea mancillado por tu mano que debiendo ser pura, ahora se encuentra manchada por tu pecado – respondió con voz ronca, cargado de una lujuria que lejos estaría de ser calmada – El cilicio de tu pierna es un castigo no un objeto de placer, mancillar su cometido no hará que el pecado desaparezca, y por el contrario, solo aumentarás su intensidad, y por lo mismo, la confesión no será suficiente como para perdonar los pecados cometidos, no cuando pecas delante del cristo redentor y crucificado, haciéndole observador de tu lujuria - sentenció ahora mirándola a los ojos sabiendo lo que haría, o más bien lo que deseaba poder hacerle – Permanece aquí – ordenó, y saliendo de la celda donde el olor llamaba a los más profundos pecados volvió a su alcoba, y cogiendo del suelo lo que el mismo utilizaba para expiar su alma, acarició la fusta y con paso mesurado volvió donde el ángel aguardaba.
Cerró la puerta tras él, y tras cerrar cualquier cortina que pudiese dejar a la vista sus acciones, miró a la joven con deseo – Desnúdate y ponte de pie mirando a la cruz.
La joven que perdida en su confusión carnal y espiritual, escucha atentamente tus palabras como si de un Salmo se tratase. Sin embargo, sus ojos impregnados ahora de una oscuridad visceral, se mantienen fijos en tu entrepierna, despertando la curiosidad que la misma ignorancia le ha sugerido.
Obviando mediante la indiferencia a Cristo, que en su cruz llora lágrimas de sangre por tan inmensurable osadía. No existían plegarias capaces de lidiar con el despertar de la lujuria, tú siendo un hombre que ha transitado por aquellos escabrosos senderos, conoces el límite exacto para no quedarse allí atrapado, en los paraísos terrenales que los sucubos te ofrecen al pasar.
Sólo que esta preciosa joven de mirada inocente, portando un manto de ingenuidad que sólo la curiosidad le permite ser. Es quien bordea sutilmente el linde que la separa del pecado y la purificación, convirtiendo tus palabras en órdenes implantadas por el mismo Dios, al que decidió amar incondicionalmente. Por lo cual, acepta a través de un tierno movimiento de cabeza, esperando como un niño la reprimenda por su mal obrar.
Allí sentada, sólo con su camiseta y la cabeza hacia abajo, esperando a que regreses se encontraba. Y cuando tu dictamen, resonó en el eco silencioso de la habitación. Alzó la mirada reflejando confusión, aquello jamás sería un castigo infringido por el dolor ya que el placer inundaría su ser, cayendo en un pozo infernal donde el círculo vicioso sería perpetuo, desgarrador y lascivo.
- Lo que ud diga Padre. - expresa tímidamente mientras se incorpora, quitándose la camiseta delante de tus ojos. Exponiéndose ante ti como un ángel caído, una obra maestra que los Dioses paganos se atrevieron a crear para burlarse de tu Dios, de ti, de tus creencias.
Ahora de pie contemplando a Cristo, murmura entre dientes una plegaria que no puedes oír pero si imaginas de que viene. El cilicio desgarra su carne a medida que los minutos transcurren pero no percibes dolor, sólo su piel erizada que indudablemente denota excitación. Otra burla más que se cuela en los instrumentos de tu Señor, donde el Diablo juega a ser creyente de tu fe y destroza por completo el dogma que se intenta conservar pese a los tormentos de sus practicantes.
Y siendo el silencio más tu agitada respiración la única melodía que la habitación puede ofrecer, impregnado de intensos aromas de los cuales jamás podrías escapar, eres quien toma las riendas del castigo. Como un salvador, un siervo y la purificación hecha en persona.
Hombre y sacerdote sucumbieron a los deseos de la bestia, una que perturbada en esencia y pecadora en pensamiento, usaba y usaría las palabras del falso dios a su favor, doblegando el cuerpo, el alma y la mente de aquél ángel que perdida en aquello que no era capaz de entender, ahora entregaba su entera confianza en la bestia escondida tras el rostro de un emisario del cruel y falso dios al que adoraba.
La observó obedecer, relamiéndose los labios mientras su oscura e intensa mirada devoraba cada centímetro de su piel que desnuda por su orden, expelía el delicioso perfume de lo prohibido, y entonces, sonrío. Su mano afianzo la fusta, la misma que purificando su propio cuerpo tantas veces, ahora tenía por misión el corromper a un ser que aunque confuso, seguía guardando aquél rastro de pureza que pensaba arrebatarle.
Y mientras los pensamientos más perversos pasaban por su cabeza, haciendo su hombría palpitar anhelante de encontrarse dentro del tierno abrigo de lo prohibido, aquella silenciosa oración hizo gemir al sacerdote, que perdido en su fe, veía como un acto de constricción el profanar aquél cuerpo a base del pecado que tanto deseaba.
Ciego y perdido en los mares de la lujuria, las tiras del cuero rompieron el aire y siendo aquel sonido el aviso de lo que vendría, las largas y gruesas tiras de santa piel golpearon su espalda con furia, dejando en su espalda inmaculada hasta entonces largas líneas carmesí.
Los tres seres en comunión se regocijaron ante aquél dibujo que comenzaba a pintarse sobre la espalda de la joven, pero lejos de volver a golpearle, la bestia se acercó lo suficiente como para acariciar con la misma fusta ahí donde había golpeado, deleitándose ahora de cerca del calor de su cuerpo y los efluvios que entre sus muslos nacían.
Si, Bastian se había perdido, y lejos del ser el hombre que hasta entonces había conocido, la bestia lujuriosa que usurpaba su cuerpo vibró - Recibirás el perdón a través de mí, y solo bajo mis actos tu alma encontrará redención – gruñó en un susurro en su oído, mientras la mano que libre de herramienta se posó en su cadera, y deslizándose con la suavidad con la que un pétalo cae de la flor, llegó por su pierna hasta el cilicio que su pierna abrazaba sin cumplir su misión.
Con hábiles dedos soltó la celda de metal, y dejando libre la herida sangrante empapó sus dedos del rojo licor, llevándolos después a los labios de la joven para hacerla probar su propia vitae, sangre que la bestia moría por probar, pero que negándose el placer al menos de momento, lo apaciguó apretando contra las nalgas de la pecadora su hombría.
La dejó degustar su propia sangre y cuando sus dedos se vieron libres del carmesí elixir de su existencia, deslizó su mano desde sus labios a su pecho y ahí, llevando la mano a uno de sus senos tiró con violencia de su hinchado pezón – Sufrirás a través de los actos de tu propia lascivia, y así tu alma será purgada de aquello que ofende y hiere a nuestro Señor, puesto que pecadora eres, y por tus actos deberás pagar – volvió a susurrar, mientras sus dedos, castigadores e insensibles al dolor ajeno tiraban y retorcían con fuerza del aquél delicado botón que coronaba su seno bendito.
Lo mismo hizo con en otro, y cuando se sintió saciado de aquellas protuberancias de las que pensaba amamantarse, volvió a alejarse un paso, y cerrando los ojos un momento, los abrió solo para azotar con ira descontrolada las hermosas nalgas que ocultaban cerradas el paraíso terrenal.
Ella permanecía de pie contemplando a un Cristo que ni siquiera se atrevía a mirarla, era consciente de que la misma situación en si no le generaba culpa sino una exquisita y dulce excitación que desconocía. Jamás había surcado los placeres carnales, desde el momento en que su corazón no encontró a ningún hombre para amar y tras el suceso de frustraciones desmedidas, luchando ferozmente contra su bestia interior, decidió amar a Dios.
Virgen ante los ojos de cualquier persona pero sedienta de un placer inexplorable, se deja a merced de tu voluntad. Permitiendo que las respiraciones se acorten al sentir tu cercanía, los latidos del corazón aumente y su sexo genere un cosquilleo que ni siquiera en pensamientos, ni su mano allí podía generar.
No necesitó refugiarse en las palabras que el Sacerdote le ofreció, ni aferrarse a la mirada que Jesús clavaba acusador en su alma. Tan sólo el resonar de la fusta en su espalda, a través de una violencia desmedida que su cuerpo jamás recibió, un intenso gemido se escapó de sus labios y abriendo sus ojos, sorprendida por el shock excitante que aquello le ofrecía, sintió como su sexo se humedece de tal manera que impacta y enloquece a Bastían.
Ahora aquel líquido transparente acariciaba apenas el muslo de la joven, que paralizada no bajó la mirada buscando el recorrido. Simplemente, mordió su labio hasta hacerlo sangrar cuando el Sacerdote apoya su hombría sobre ella mientras desliza la mano sobre la pierna, quitando el cilicio, violando su inocencia y castigo.
Que extasiada por las sensaciones, saborea vorazmente los dedos del sacerdote relamiéndose por su misma vitae que tanto la desespera y oscurece. Denotando su lado visceral y perturbado, una adicta a la sangre que es derramada bajo su propio mandato. Un gran descubrimiento para la bestia que en Bastian reside.
Sólo que ahora el silencio vuelve a romperse como un débil cristal, gracias a un susurro perturbador que eriza la piel de la joven, mientras gime de placer al sentir como sus pezones eran torturados por el pecador. Entregada a lo nuevo, siendo implacable en el desconocimiento y por pura ignorancia, se relame la sangre de sus labios al gemir nuevamente. Hundiéndose en sus bajos instintos.
- Lo que sea por amor a Dios. - pronuncia entrecortado, casi en un hilo de voz. Hasta que un fuerte azote en las nalgas genera un repingo, que la desestabiliza al principio pero no se queja. Muy dócil, inocente y lo suficientemente ingenua como para frenar todo esto porque lo disfrutaba desde lo más profundo de su ser.
No hubo reacción de aquél ángel desnudo que la bestia pervertida en la que se había convertido no disfrutase, y es que sediento de una lujuria que incluso a los libertinos de espíritu escandalizaría, Bastian tenía sed de su sangre, hambre de su cuerpo y necesidad del denso néctar que con su olor pecaminoso y adictivo la joven le llamaba, porque sí, a sus ojos, corrompidos por el pecado y la lujuria, era ella quien le llamaba, y ofrecida como premio por su labor ante el mandato de un dos sádico y malvado, era la recompensa por la que tanto había esperado, y que sabiendo que las puertas del paraíso se encontraban entre sus muslos, no podía negarse a lo que su falso dios le había cedido.
Por lo mismo, y con la perversa sonrisa en sus labios se despojó de la única prenda que cubría su cuerpo, y volviendo a avanzar aquel paso que antes le habían distanciado de su cuerpo, su hombría, ahora libre, alzada y palpitante quedó apoyada entre sus virginales nalgas – El amor a Dios es silencioso y cualquier gemido solo amplía el pecado por el que debo purificarte – susurró al oído, dejándole sentir en el cuello su aliento mientras una de sus manos volvía en una caricia tortuosa en lentitud volvía a deslizarse por su pierna para empaparse de la vitae derramada, la otra y en cuya palma aún mantenía la fusta, se deslizo por el cuello de la joven, bajando lentamente por su pecho y aunque acariciados fueron sus senos, no se detuvo e implacable siguió su lento descenso.
En sus dedos sintió su pubis, monte bendito de su existencia, y aventurando un dedo dentro de la unión de sus muslos rozó aquél hinchado botón que húmedos por sus dulces fluidos, sintió receptivo. Su cadera se movió suavemente, haciéndole sentir su hombría entre sus nalgas – No aprendéis la lección, ya que vuestra virgen oquedad rezuma los pecaminosos efluvios del placer, el castigo deberá ser severo – sentenció y así como su cuerpo ahora envolvía el suyo se apartó y la hizo girar para que le mirase.
Sus dedos empapados en el rojo elixir de su existencia fueron a los labios del párroco, y tras degustar aquella ambrosia, el látigo volvió a resonar en la celda de la joven, sus gruesas tiras de cuero golpearon sus jóvenes pechos una y otra vez, y cuando satisfecho estuvo del cuadro que creado bajo su mano se mostraba en el torso de la joven, le indicó que separase sus piernas. Obediente como sabía que era el siguiente azote fue directo a su sexo, y mientras su diestra atacaba aquella zona que pura en acto debía ser purificada, la otra comenzaba a acariciar la virilidad del hombre que gritando de lujuria, exigía profanar aquella entrepierna por fin.
Atormentada por el cálido roce y susurro de Bastian, la joven intentó a través de una nueva oración no caer en la lujuria consumada. Su inocente alma, que al pecar por primera vez, se veía forzada a caer en una tentación sin fin. La virilidad de aquel hombre que de apariencias era un cordero, cuando en realidad era un lobo disfrazado, se alzaba delante de sus ojos implacable, delicioso y apetecible.
Permitiendo que su mente imaginara situaciones en las cuales él la embestía con fuerza, haciéndole sentir más de un gozo a la vez y por esa razón, perdida en las penumbras del falso Dios otro susurro es la que le devuelve la atención en la celda. Y a sabiendas de que esas palabras, impregnadas de lascivia y perturbación, sólo transmitían un mensaje de su Señor. Como tal lo aceptó sin miramientos, pero no por ser una sierva, sino por puro placer.
Algo que va descubriendo poco a poco a través de las caricias de Bastian, que lejos de ser inocentes, enloquecían a la joven de una forma oscura y perturbadora. No sólo probar su vitae le excitaba, también lo hacía aquel dedo en su entrepierna que escurridizo acariciaba el punto de placer que tanto ella conocía. Y como no podía gemir, sus caderas se movían apenas, buscando aumentar la sensación mientras mordía sus labios de la desesperación.
-Ohh...- apenas se le escapa de sus labios al girar completamente perdida en el placer. Sólo que al girarse, contempla la hombría de Bastian al punto de relamerse y al alzar apenas la mirada luego de imaginar un millar de situaciones pecaminosas, el Sacerdote descubre el atisbo de oscuridad. Cómo una sombra comenzaba a envolver la ingenuidad de la joven, transformándolo todo en lujuria desmesurada. Capaz de avasallar ya no por desconocimiento, sino por el principio: Necesidad/satisfacción.
Por lo tanto cada golpe afianzó más su sombra y sin inmutarse siquiera, más de lo necesario. Continúo de pie hasta arrodillarse delante de ti y preguntar mirándote a los ojos:
- ¿Puedo Padre? - con absoluta ingenuidad su voz resuena en todo tu interior ya que mirando tu hombría, te pide sin cobardía probarlo, saciar ese deseo instintivo y descubrir un mundo que no conocía parecía ser su objetivo. Era virgen y en este momento, la estabas iniciando en un camino escabroso del cual jamás saldría.
Por amor a Dios, para librarla del pecado o por puro placer, allí estaba sirviéndote a través de su curiosidad, entregándote su virginidad basándose en una fe ciega. No estabas libre de pecado, no hacía falta tirar la primer piedra. Sin embargo, un ángel tenías a tus pies como un milagro difícil de ignorar.
Habiendo perdido toda luz dentro de su alma corrupta, y habiendo abrazos la oscuridad como el justo precio a pagar por llevar a cabo la gloriosa misión encomendada por su falso dios, Bastian disfrutó del exquisito sonido con el que el látigo purificador limpiaba de mácula el cuerpo del ángel, que habiendo sucumbido a los placeres de la lujuria, ahora buscaba en él consuelo y penitencia. Y relamiéndose los labios al ver como las tiras de cuerpo dibujaban en el sinuoso cuerpo de la joven, líneas que cual obra de arte perturbada marcaban en ella aquél encuentro.
Cada gemido, cada susurro en busca del perdón de un dios inexistente alimentaban al monstruo que, oculto tras el rostro de su emisario haría de ella el súcubo divino de su lujuria. Una sonrisa pérfida se dibujó en los labios de la bestia al verla girar, y disfrutando del inocente cuerpo que corrompería hasta los cimientos, y en cuya mente dejaría la marca indeleble de su paso, sintió el escalofrío del placer recorrerle cuando tras azotar el paraíso oculto entre la cúspide de sus muslos, vislumbró la intoxicante ambrosia que reluciente le llamaba a ser bebida.
Si, su falso dios era benévolo con su cierto, y cuando la joven cayó de rodillas y con suaves palabras pidió probar su hombría, que palpitante y cálida bien podría derretir los hielos eternos, la trinidad que en aquella carcasa de hueso y carne se hallaba en perfecta comunión y sincronía, supieron que había llegado el momento.
Solo en mi cuerpo hallarás el perdón, y solo por mi mano la mácula con la que has mancillado tu alma será borrada, más no mirarás a otros, puesto que nuestro señor me ha enviado para salvarte del pecado – susurró y posando su mano sobre el cabello del joven ángel acercó su virilidad a sus labios – Ahora abre la boca y siente como nuestro amado y piadoso Señor te perdona a través de mi – ordenó entre susurros y cargado de una lascivia incomparable.
Su falso dios se la enviado, y siendo el premio merecido por haberse dejado corromper en su nombre, haría de aquél ángel su súcubo personal, y de su cuerpo que por derecho era suyo, su propio templo del pecado.
- Como ud lo ordene Padre...- tan sólo aquellas últimas palabras resonaron en respuestas de las tuyas, debido a que la joven abre su boca y recibe gracias al calor de su lengua tu hombría de forma inocente, totalmente ingenua. Te dabas cuenta de que era su primera vez, pero lo hacía con suma dedicación e incluso era capaz de llenarte por completo al consumirle el alma poco a poco. Aquello era un milagro del falso Dios, lo había dejado caer a tus pies y ella será quien te acompañe hasta el final de tus días.
Encadenando tu oscura alma con la de aquella joven, eternizando el momento, al sentir como lame de forma sinuosa cada centímetro de tu virilidad. Aprendiendo a través de ello, desde la curiosidad y el sabor del placer, donde la cálida imagen de ella arrodillada en el suelo saboreando el fruto prohibido, te resultaba algo exquisito e inolvidable. Una obra divina manifestándose en el aquí y ahora, escuchando las voces de los ángeles cantar al compás de sus movimientos, en cada roce, lamida, succión o dentro de su sagrada boca.
Ese placer al margen de ser netamente terrenal, era mágico y especial, alimentaba tu espíritu y sabías desde tu preciada fe que jamás te separarías de esa mujer. Te conectaba con Dios, desde un aspecto más profundo pero perturbador a la vez. Una seductora composición maestra, donde cada nota era la adecuada para producir una melodía intensa, sensual y netamente espiritual.
Ahora perdido ante el remolino de sensaciones, de las cuales, la bestia tanto como el hombre y el sacerdote, gozaban al unísono sin remordimientos. Disfrutando de una bella e inocente mujer, estrechando lazos eternos bajo el halo oscuro de tu ser, donde eres parte de todo.
Extasiado ya no solo por la belleza del ángel que habiéndose postrado a sus pies, ahora pedía complacer un deseo no verbalizado, sino que también por la sumisión que ofrecida cual ofrenda devota, el gozo de su alma sintió al oír aquellas palabras que la declaraban como suya, solo fue comparable con el enorme y oscuro placer experimento cuando su hombría se vio abrazada por el húmedo calor de sus labios. Y es que habiendo perdido cualquier rastro de luz dentro de su ser y habiéndose entregado a la oscuridad más eterna y completa, aquél roce de unos labios que hasta aquel entonces no habían sido profanados, le pareció un regalo del falso e inexistente dios al que adoraba.
Si, había sucumbido al placer de lo prohibido, y siendo morador ahora del reino de azufre y fuego del maligno, desde donde pensaba asestar el fatal golpe a quienes con él residían en el mundo de las tinieblas, llevando a cabo desde el corazón de la bestia la misión encomendada, aquella violación de lo puro y sacrosanto le parecía un acto santo, uno que bendecido por el mismo dios que le había arrogado a los brazos de Satán, ahora le premiaban por sus acciones cometidas.
Sabiéndola suya cerró los ojos, disfrutando así de la gloriosa magia de unos labios que inexpertos, se afanaban por darle un placer merecido, dejándose sentir la rugosidad de un paladar inmaculado hasta entonces, y de una lengua que amaestraría como un amo a su ciervo, posó sobre sus dorados cabellos su mano , y acariciando su melena dorada la dejó continuar, mientras que los gruñidos no dejaban de ser proferidos por la trinidad que ahora santa, habitaba en el esqueleto que habitaban.
Pero aunque podría haber disfrutado de aquella boca que ahora le pertenecía, puesto que así lo quería el falso dios al que amaba, quería plantar su simiente no solo en sus cálidos y carnosos labios que invitaban al pecado, sino que también en cada centímetro de su cuerpo, sobretodo en la cumbre de sus muslos, donde el jardín donde el fruto prohibido se hallaba.
El señor te ha dado múltiples dones hija mía, y todos ellos que han sido corruptos por tus actos, ahora limpiaré de la mácula que has dejado en ellas – susurró, y creyendo fielmente lo que decía puesto que así su mente le dictaba, alejó de sus labios su virilidad y cogiéndola de un brazo con la suavidad con la que un pájaro herido es cogido entre las manos de quien quiere ayudarle, la alzó del suelo y la llevó hasta la cama – Ahora siéntate hija mía, pues ardua es la tarea que contigo el señor me ha enviado – ordenó deseoso de hundir su rostro en el paraíso que entre sus muslos se hallaba.
Ardiendo como su mera existencia, la joven te incita a surcar los senderos que conducen al placer no sólo carnal, sino también espiritual. Profesando gracias a este acto de amor desinteresado, una cuota de fe y creencia a su Dios, que en persona ahora mismo, está allí en su habitación a través de ti.
Ella es incapaz de verte como un simple hombre, ahora eres quien guiará sus pasos en este arduo camino que eligió por propia voluntad. Forjando mediante la experiencia y tu sabiduría un camino idóneo de entrega, como así también de sumisión. Como buen siervo de tu Dios, se entrega al mandato divino que sólo a través de tus palabras se imparten, convirtiendo las órdenes en actos meramente placenteros, lujuriosos y carnales.
Uniendo en cuerpo y alma, alimentando la oscuridad bajo la mirada de sus dogmas y sospesando aquellas intenciones lascivas que tu mismo ser te incita a probar. Ahora tenías delante de tus pies, un ángel caído que desconoce su verdadero objetivo en este lugar y tu misión es ejercer el control de su persona. Doblegando su voluntad para convertirla en tu aliada, aunque también será tu esclava personal.
Tanta belleza de la misma naturaleza, entregada delante de tus pies, es algo que jamás podrías obviar y por ello, ahora te pertenece. Claro que no, sabes que en algún punto Dios y Satán se ponen de acuerdo, siendo una muestra de aquella acción, la aparición de esta joven en tu vida.
Y gracias al manto divino que Dios te ha concedido, aquella joven se desprende de tu virilidad completamente perdida en la necesidad de obtener tu simiente. Relamiéndose de forma inconsciente e involuntaria, toma asiento sobre su cama abriendo ante ti las puertas de un paraíso inexplorado y desconocido. Era su primera vez en todo, desde aquel beso hasta este momento porque se notaba en su mirada el desconcierto y la inocencia que estaba a punto de perder.
- Yo... jamás... Ah... - termina por decir de forma entrecortada al sentir tu lengua sobre su sexo, imperiosa y avasallante. Algo que se traduce a un mar de sensaciones repentinas y poco controlables, donde por primera vez se corre en tu boca sin saber lo que estaba haciendo, perdida en el absoluto placer que le otorgabas. Siendo tu un poco ignorante de la situación porque ahora, le estabas enseñando a una bestia su don de cazar y querría aquello continuamente.
¿Cómo controlar su sed de lujuria? ¿Cómo frenar sus impulsos cuando te busque para saciarse? Es muy joven, apetitosa y un fuego eterno. Un lindo juguete para eximirse de los pecados y satisfacer tus propias necesidades.
Y mientras seguías saboreando aquel paraíso terrenal, son los golpes suaves en la puerta los que rompen el silencio reinante y cortan la melodía creada por los ángeles. No estaba solos en aquel lugar, era algo que debías recordar.
Siendo una criatura más de las que serpenteando por la oscuridad del alma, ven en la castidad y la inocencia el reclamo para mancillar un alma indefensa ante el pecado que lentamente le consume, ignorante del abrazador fuego que perturbará sus días y embriagará de deseos sus noches más oscuras, Bastian sentió la exquisita comunión que por medio de aquellos labios angelicales alcanzaba con su falso y cruento señor.
Su alma hacía horas que se había perdido en la tempestad de la falsa epopeya por su señor mandada, y ahora, y dispuesto a llevarse con él el alma piadosa de un ser puro, se estremeció al sentir en los labios de aquél angel regalado su hombría, y aunque sabía que se sabía incapaz de darle algo que no fuesen los reductos de su alma marchita, que jamás podría colmarla de alguna manera que no fuese meramente carnal, el sacerdote pareció despertar del placentero letargo, y por primera sintió el pesa de no haber buscado algo más allá del amor a un dios que pecador como todo hombre, sabía le había abandonado.
Pero tenue fue su fugaz momento de claridad, y al verle obedecer la poca cordura que en un halo parpadeante y ya extinto de luz había llegado a él, terminó por marchitarse como una flor azotada por la sequía. Miró la entrada al paraíso que su falso dios había dejado en la tierra entre aquellas piernas, y sintiendo el olor de lo que pronto sería profanado, su lengua recorrió cada recoveco de su intimidad, disfrutando del sabor de lo prohibido, bebiendo de ella como si de agua en el desierto se tratase, sus brazos rodearon su cadera en un intento por mantenerla a él atada, y llevando una mano a los labios de la joven, acalló los posibles gemidos que de sus labios pudiesen comenzar a salir.
Bebió con sed, con ansia y anhelo, con la necesidad con la que el alma rota llora por consuelo, como vampiro que alimentándose de la vitae de un ser vivo busca aquél néctar para vivir…Él, muerto en inocencia se alimentaba de la de la joven, y cuando el cálido liquido de su lascivia terminó por manchar el mentón del joven sacerdote, su corazón sintió en parte algo de paz.
Pero la paz duró lo mismo que un suspiro en los labios de un amante enamorado, y aunque no se alteró al sentir los golpes en la puerta, sabía que debía como poco, actuar con rapidez. Le alzó y cogió la camiseta de la joven – Ponte esto y métete en tu cama, no digas nada - susurró, y besando nuevamente su frente, escondió entre sus ropajes su hombría, y guardando bajo la cama el látigo que había marcado su piel y la de la joven, se dirigió a la puerta con la excusa perfecta.
Volvió a ponerse la máscara de penitente sacerdote y cuando la joven se metió en la cama vestida, Bastian abrió la puerta.
La joven disfruta de tu cuidada atención en su sexo, al borde del éxtasis y la osadía mas oscura que pueda existir. Dejándose llevar por las sensaciones, potenciadas en su efecto, logrando que por momentos tus dedos fueran mordidos al no lograr controlar su cuerpo.
Estaba viviendo el despertar de su sexualidad, iniciando ese perturbado camino por el cual la conduces y donde su mayor referente no es el Dios que profesa, sino uno falso y lascivo. Capaz de amedrentar el alma bajo el influjo de la lujuria.
No obstante, el sonido estruendoso de la puerta, irrumpe la magia del momento. Deteniendo todo de forma abrupta, donde la joven como buena sumisa asiente a tus palabras y obedece cada una de tus órdenes. Sin chistar, envolviéndose tras las sombras que la misma habitación ofrece.
Lo curioso es que al abrir tu la puerta, solo encuentras un sobre dorado y el silencio de un pasillo que ha dejado de ser transitado. Ni un alma había allí, absolutamente nadie.
Al abrirlo descubres que es una invitación a una fiesta.
Señor Bastian Donovan.
Tengo el agrado de invitar a ud y un acompañante si lo requiere, a una fiesta muy importante que se realizará en el Edificio Gestión hoy a las 21 hs.
Por favor se solicita su concurrencia, vestido de gala.
Muchas gracias.
ONG Keheller Enterprise.
Curiosa invitación en un inoportuno momento.
Sintiendo la ira correr cual caudaloso río de lava por sus venas al verse interrumpido, y sabiendo que sería incapaz de dejar aquello sin acabar, puesto que de hacerlo sentiría perdido aquello que con tanto esfuerzo había por terminado ser suyo, abrió la puerta cuando la joven, sumida para su deleite, terminó por fundirse con las sombras que ahí habitaban, sombras que no tardaría en cobijar en su corazón.
Pero al abrir la puerta con cierto recato, con la mirada inocente del vástago del dios que ahora emulaba ser, la sorpresa le llegó al ver que nadie se encontraba fuera, y que por el contrario, una nota solitaria reposaba ahí donde quien había llamado debía estar.
La cogió entre sus manos y con la misma premura con la que aquella hoja de madera había sido abierta, volvió a cerrarla, y leyendo las líneas que en el papel se dibujaban y siento consciente de aquello no era más que una treta, la guardó en el bolsillo de la única prenda que vestía.
Ingenuo había que ser para creer a ciega fe que aquella invitación venía realmente de una Organización sin ánimo de lucro, puesto que del modo que había sido entregada, dejaba claro que algo se escondía en aquellos trazos de líneas que pretendiendo ser inocentes, no terminaban por engañar a quien ya vivía en la más plena y completa oscuridad.
Entonces se volteó, y mirando la súcubo divino que ahora se encontraba oculto, sus lentos pasos le devolvieron por el camino recorrido, y destapando a la joven paseó su mano por la pierna herida, impregnando sus dedos del delicoso licor carmesí.
Aún no hemos terminado hija mía – susurró y deslizando aquella misma mano hasta la boca de la joven dejándose probar nuevamente el sabor de su vitae, la otra liberó su erección, la cual anhelante de sentir la calidez del paraíso escondido en la cúspide de su entrepierna, latía con fuerza - ¿Lista para terminar de pagar por tus pecados? – preguntó a tiempo que recorría su hombría con la mano cerrada en un puño, aplacando la urgente necesidad de poseer al ser tan puro que tan libremente se le había entregado.
Por su mente pasaron las más tortuosas y pecaminosas ideas, y oyendo los azotes que en su mente le daba, viéndose a sí mismo poseyéndola en el lugar que de culto, utilizaba para realizar la homilía, se separó de ella solo unos instantes, los escasos segundos que tardó en coger el crucifijo que colgaba de la pared y volver con él entre las manos.
Pensaba purificarla primero con su cuerpo pero deseoso de probar cada recodo y entrada de la virginal joven que tenía a su lado recostada, también lo haría con aquél instrumento divino que ella misma había profanado al pecar delante de él – Desnúdate para mí y enséñame ese cuerpo que has mancillado con tus propios actos - susurró con un tono macado de erotismo, de sexualidad y sensualidad mezclados la morbosidad de todo aquello que pensaba hacerle.
La joven que escondidas tras las sombras de su propio pecado, esperaba al acecho la orden que de tus labios se ejecutaban. Al tenerte como referente en este lascivo momento de comulgación, ella obedecería solamente a lo que dijeras y acataría cada una de tus peticiones, como una fiel sierva de tu orden.
Y la sorpresa se reflejó en su rostro, que al espiar impregnada por la curiosidad, se da cuenta de que nadie allí estaba. Sólo el brillo de una carta anunciaba un secreto que tú no develarías y ella se mordería la lengua en medio del silencio, para no preguntar y ofender a quien Dios le había enviado para eximirse de sus pecados.
No obstante, ya en plena consciencia la joven se incorpora de la cama y se quita la única prenda que tenía puesta. Mostrando ante tus ojos una imagen digna de saborear, donde sus preciados senos muy turgentes decoraban un curvilíneo cuerpo forjado por un escultor. Enraizado en sus caderas, marcando una fina cintura que poco a poco se perdía en la cadencia de la perdición y el deseo. En verdad se veía tan perfecta como una magnífica creación de tu Falso Dios, dándole la forma de una sucubo ardiente y pecaminosa por donde la mires, pero de apariencia ya que su alma y el epicentro del placer jamás habían sido tocados por un hombre.
-Como ud diga Padre. - expresa en un susurro al relamerse perdida en tu virilidad, imaginando lo que sería sentirlo dentro suyo ahora mismo. - Deseo que me haga el amor. - sugiere de forma tierna e incluso inocente, saboreando su propia vitae y el intenso aroma que emanabas.
El embriagante perfume de la inocencia embotó sus sentidos, y sintiendo correr por sus venas las densas olas de lava en cuya sangre ya se había convertido, las palabras de la joven llegaron cual cántico celestial, cual oración devota vertida de los labios de un ser que siendo de luz, había encontrado la oscuridad de un camino sin retorno, un camino que solo podía volverse más lúgubre y bañado de los colores de la noche que jamás acaba.
Podría haber buscado las fuerzas para negarse, la voluntad para no arrastrar con él a un alma que confusa, seguía sin mácula incluso cuando ya había sucumbido al place bajo sus labios, pero se reusó a hacerlo, y terminando de condenar su alma al reino donde su ser primigenio terminaría encadenado, carbonizado por las lenguas de fuego que abrazarían su cuerpo y su ser hasta que estas mismas llamas terminasen por extinguirse, liberó su virilidad palpitante.
Con tortuosa lentitud separó las piernas de la joven dejando que aquél exquisito olor a sexo y virginidad terminasen por consumirle, y cerrando los labios de la joven con los suyos, se internó entre los muslos condenando el alma de ambos con ese simple gesto.
Su sexo se abrió paso entre las nunca separadas paredes de su entrepierna e implacable ante el tope que glorificaba su castidad, rompió aquél límite sin miramiento alguno, mientras que sus labios apresando los de la joven, conseguían el hacerle callar, dejando solo para ellos aquél encuentro que pecaminoso, terminaría por unirles más de lo que ninguno podría llegar a comprender.
Completamente unidos por sus sexos, el joven sacerdote, la bestia y el hombre gruñeron suavemente al sentirse completamente dentro de ella, y marcando el ritmo que aunque lento no dejó de ser potente y voraz, encaminó a ambos hacía la vorágine del placer hacía tanto para ellos prohibidos.
Sintió en su hombría su estreches, en sus labios el dulce licor de su saliva, y en su cuerpo, la tersidad de un cuerpo puro y que ahora reclamado como suyo, le quemaba con cada roce, fundiendo en uno su sudor, en uno sus almas ya mancilladas por el pecado original que siempre habían dado la espalda.
Envueltos en el amparo de un amanecer inminente, cobijados entre las caricias y los besos que acompañaban a tan prohibitivo acto, el joven aguardó a que la joven terminase por sucumbir a un placer que aunque ya no le era desconocido, ahora era entregado de otra manera. Espero, paciente a sentir sus fluidos inundar su hombría antes de poder liberarse, y cuando por fin se vio libre para hacerlo salió de la oquedad que tan amablemente le había dado la bienvenida, y vertiendo su simiente entre los pechos de una joven extasiada, cayó rendido a su lado.
Luego de haber probado la calidez de un ángel inocente y puro, caes rendido bajo el eterno mundo de Morfeo. Al punto tal de que las horas transcurrieron sin más, desde aquel evento lujurioso y perturbador. Finalmente cuando abres los ojos y la luz de un atardecer que anhelaba retirarse, acaricia la suavidad de tu piel, comprendes lo tarde que es. Y al buscar con la mirada a tu bella acompañante, sólo encuentras una nota y nada más.
He tenido que salir, nos vemos por la noche.
Escueto en esencia y en palabras resultó ser aquel mensaje. Evidentemente el trajín nocturno hacía mella en tu cuerpo y el sueño comenzaba a cambiarse, teniendo una vida más de la noche que del día. Ahora ya te incorporas de la cama para ponerte el pantalón e ir a tu cuarto, lugar en donde no habías descansado y notabas ese destello de la ausencia, la comodidad y el silencio espectral de tu habitación. Algo que echaste de menos sin dudas, a pesar de que el intenso aroma de aquella joven mujer aún perfumaba tu piel.
Una vez dentro de tu preciado espacio, encuentras sobre la cama un smokin, sus respectivos zapatos y una carta. Al parecer, hoy tocaba el día de los mensajes escritos, muy curioso en verdad.
Padre Bastian:
Espero que ya esté en sus manos la invitación de la fiesta organizada por esta ONG Keheller Enterprise, al ser una Gala de Caridad en donde se destinará una parte del dinero a esta Universidad y a la Iglesia, nos han pedido que asista alguien de la congregación. Simplemente pensé en ti mi querido hijo y por ello tienes todo para presentarte en aquel lugar.
Gracias por este sagrado favor a la Iglesia.
Te saluda Atte.
Arzobispo, Francisco II.
De momento había que cumplir con aquella orden, sabías lo importante que era para tu sacerdocio cumplir con estos requerimientos y estabas forzado a no negarte, eras un siervo de tu Dios y por defecto si te encomendaba una misión, allí debías estar acompañado de su palabra y la fe que en ti nace. Era una oportunidad perfecta para crecer dentro de la Iglesia y subir un escalafón más, necesitabas más poder y el derecho para continuar tu férrea misión de purificar aquellas almas vagabundas de la noche.
Ya preparado y decidido, te vistes acorde a lo requerido mientras te preparas para una Gala de benéfica, a sabiendas de que el ambiente superficial reinará en todos lados. Conocías la estupidez social en los grandes estatus sociales, como una hipocresía barata y de mal gusto.