Encima de la mesa esperaban algunas bolas más prensadas, otras menos, dejando entrever algunas palabras sueltas. Habían hecho sin duda un buen trabajo ¡El mejor de los trabajos! Ahora tocaba dejarlas libres, enseñárselas a los demás, dejar que volaran buscando su propio destino fuera este el que fuera. Una de las bolas estaba llena de ingredientes culinarios de todas las clases, muchos versos se le habían pegado y un buen chorreón de té para aglutinarlo todo ¿De quién sería? Otra tenía forma de pez globo, olía a flores y parecía amasada por más manos de las normales ¿Y esta? Un poco más adelante había una que de tan larga parecía que tenía hasta raíces y estaba cubierta completamente por purpurina ¿Qué bonita? y la siguiente y no menos importante tenía la forma tan bien dada que parecía una bala de cañón, algunas de sus palabras cambiaban de vez en cuando de color. Pero había una más que apareció como de la nada y se plantó en el centro de la mesa. Esa no estaba en el guión. Estaba bien amasada y era grandilocuente ¿Alguien me puede decir a quien pertenecía?
Entre la liebre y el conejo apartaron el sillón del Sombrerero un par de metros hacia atrás. Lo suficiente para que ninguna de las palabras de las bolas pudiera colarse por su nariz y producirle un exceso de palabrería, porque suficientes problemas tenía ya él con las suyas propias. Se le veía más animado, sin duda, después de los enigmas y el gesto se le había recompuesto. Hasta sostenía en la mano una taza de té. Alguno de los enigmas aún bailoteaba por sus ojos con un ligero destello. Aquellos locos eran un bálsamo para sus oídos y la animación en la mesa de té transformada en un campo de juegos lo hacían todo mucho más divertido, como Wonderland tenía que ser. Como cualquier reunión de locos tenía que ser.
La fase de creación había terminado. Ahora tocaba la fase de liberación, de difusión, de enseñar al mundo, aunque fuera aquel pequeño mundo, una simple merienda de amigos donde degustar los frutos frescos de la mente, del acto puro de crear en compañía.
El Conejo Blanco levantó una banderita roja para abrir la competición. Miró a los invitados y asintió con la cabeza para que alguno de ellos comenzara, agarrara su bola y la lanzara lo más lejos posible. Tan solo tenía que hacerlo uno por pareja. El otro, ¡podía animar! animar a los compañeros siempre era una buena forma de ayudarlos a hacer el mejor lanzamiento, por supuesto hasta la siguiente vez porque los más sabios dicen que la experiencia es la madre de todas las ciencias y que después de un lanzamiento viene otro, y otro y al final terminas convirtiéndote en un lanzador de primera.
Sí, aquello era una competición. Pero como toda competición en Wonderland aquella tenía unas reglas muy especiales con un premio muy especial. Aunque nadie había ido a decirles ni cuáles eran las reglas ni cuál el premio. Pero había reglas y había premio. Quizás las reglas eran ponerse en pie, respirar y lanzar y con eso fuera suficiente. Quizás las reglas eran otras así que lo importante, fueran las que fueran, es que jugaran por el gusto de hacerlo.
¿Y el premio? También había premio. Pero quizás el mejor premio para todos ellos era la posibilidad de medirse en duelo singular al resto de compañeros y disfrutar de esas bolas apalabradas, brillantes y únicas cada una en su contenido y en su forma.
¿Quién llegaría a impactarle al sombrerero en todos los morros? Seguro que más de une lo estaba deseando...
¡Adelante con esas bolas de nieve!
Y allí estaban de nuevo en la mesa junto al Sombrerero, solo que el hada tenía una actitud llena de emoción, rebosante de alegría ya que a su lado se encuentra su primer amiga, aquella flor tan especial. Ambas se habían domesticado y en ese ir y venir de palabras, una bonita relación surgió entre las dos con la promesa de convertirse en unas aventureras de Wonderlard. ¿Todo muy lindo no?
Ninguna de las dos fue consciente de como el tiempo ha transcurrido en su loco andar, incluso era tan divertido el juego de palabras que al fin de cuentas las terminó representando y por esa razón, es que ahora una al lado de la otra, fue el hada la que cogió su bola de nieve llena de purpurina.
Con un simple gesto de complicidad, aquel guiño que le dedicó a Camelia, sonrío con ganas y no dudó en recitarla mientras que con toda su fuerza—purpurina de por medio— impactó en el rostro del Sombrerero.
—Y, al ver cómo baila alegre, celebro culpable desastres alquímicos, laberintos husmeadores, espectáculos arqueológicos, aristocráticos, paleontológicos, maravillosamente aerotransportados.
Fueron palabras difíciles, raras, pero que combinadas por el detalle atento de Camelia, ahora eran muy bonitas y con un significado especial. Así que orgullosa tras aquel acto puro de osadía, abrazó con delicadeza a su amiga y esperó en su lugar la reacción del Sombrero.
¿Habrá sido suficiente?
Hervía, bullía y reía,
del vapor ni respondía.
Preparó con alegría
una bola grande y fría.
Que no era de nieve
ni de fuego, ni barro,
ni nada así de guarro,
si no de eso que conmueve
Era de ingenio bizarro.
Usó para lanzar la bola
el regalo de Cosinerra
¿Os fijasteis cómo mola,
ésta dulce arma de guerra?
Y mi ala bate rauda,
azules sierras ventosas,
indeleble torbellino supersónico sobrevolando
antediluviano transatlántico,
desenladrillado inconscientemente.
Y en su cabeza de dura loza
tomó forma imaginada
la de una bestia cenozoica
del ladrillo al fin liberada
Que alzó el vuelo de nuevo
sobre tormentas y mares,
nubes, pueblos y ciudades.
Libre, veloz, grande y longevo.
Cosinerra apareció junto al hombrecito con una gran sonrisa, y hubiera aplaudido con fuerza si no fuera porque en las manos llevaba una enorme bandeja repleta de unos dulces igualitos al que Mr.Teapot había enarbolado para lanzar la bola de palabras. Una bandeja con un sinfín de alas de galleta, escarchadas con fondant blanco, que olían a nieve, a idea, a cariño. ¿Y a... té?
-¡Brravo, brravo! Muy bien lo ha hecho usted,
mi querrido y ocurrente amigo de loza!
Ahorra todos vosotrros galletas comed,
mientras el Sombrerrero se trraga la Bola!
La bola de nieve de Stanley y Ostara estaba hecha de agua marina. El jovencito agitó su mano derecha, o más bien Stan Jr. lo hizo por si mismo simulando la estructura de un pececillo nadando resuelto a través de las profundidades marinas, y todo pese a las dificultades que se iba a encontrar. -maravilloso juego de muñeca Stan. -sonrió a su mano derecha, quien empezó a cantar una canción muy oportuna. Por supuesto en silencio, porque las manos no tienen boca.
Sigue nadando, sigue nadando :)
El chico carraspeó y con permiso de aquella diosa primaveral o floreada, recitó la frase que entre los dos habían logrado componer.
-y el pez nadó cinco sendas rocosas, abruptas, tortuosas, escabrosas, ligeramente desconsolado, apesadumbrado, enamoradamente.
Tal vez no era la bola de nieve marina más grande que hubiese visto el sombrerero loco. Sin embargo, el significado que nos enseñaba aquel pececillo valiente que lucha por superarse le parecía un buen ejemplo para compartir, y del que aprender.
El Caballero Blanco se adelantó, con la bola de nieve que había creado junto a Derby Share en sus manos. No estaba demasiado satisfecho con el trabajo que había realizado, y así se lo hizo saber a su compañera -Siento que nuestra bola de nieve no sea la más grande ni la más impresionante de todas las que aquí se han lanzado. Y os pido perdón por ello- Observó el pequeño objeto en sus manos y sintió que al fin podría haber adornada la bola con una diadema de adverbios de colores, o un hermoso collar hecho de hermosos adjetivos. Pero, al fin, era lo que habían creado, y sintió que el objeto no estaba exento de una sutil belleza. Así pues, miró al Sombrerero, y con un gesto certero y elegante, cual rapsoda declamando una oda a una hermosa dama, lanzó la bola hacia su objetivo. -O en tus ojos llora alegre nuestro recuerdo aspirando aletargado filosóficos pensamientos- Y sintió que, ciertamente, algo de verdad había en las palabras de su pequeña, pequeña bola de nieve.
-No es la más grande, pero es la más redonda.- le susurró al caballero con una media sonrisa poniendo la mano en su brazo unos segundos para darle ánimos.
Escuchó atentamente las bolas de los demás, y aunque fueran mucho más grandes, tenía que admitir que estaba totalmente satisfecha con el trabajo que ellos dos habían hecho con la suya.
– ¡Mira, mira, Sombrero, a cada cuál más impresionante!
Alicia estaba fascinada con las bolas de nieve que los habitantes de Wonderland hacían rodar. Las había de todos los colores y formas, decoradas con hermosas filigranas dialécticas. Largas, cortas, enrevesadamente imposibles; brillantes, cálidas, azucaradas, cristalinas, melancólicas y poéticamente hermosas.
A un lado del butacón orejero que ocupaba el anfitrión, la niña sonreía y sonreía, acercándose y apartándose con pasitos divertidos cada vez que una bola rozaba su nariz o impactaba directamente contra el rostro del Sombrerero. Sólo se tomó un respiro cuando devoró las galletas deliciosas de cosinerra. Y entonces arremetió de nuevo, vociferando y azuzando a la lirona.
– ¡Vamos, Mally, tú puedes! ¡Esta es realmente grande! ¿Preparaaadoos?
Mally asomaba la cabeza, con las orejas tiesas, desde dentro de la tetera salió perfectamente entera. Y agarró una cucharilla como si fuese una porrilla apoyada en su hombro derecho, andó un buen trecho. Concretamente hasta llegar a la bola que era enorme como una gran señora. Se subió encima de ella y carraspeó, para llamar de todos su atención.
- ¡Diré lo que tengo en mente, aquí hay una bola grandilocuente! Se ha formado por muchas bocas, muchas, muchas, no pocas. Amiguitos, con ustedes la bola de nieve cuántica, sin gritos, se presenta llena de semántica.
La lirona bajó de un saltito y se preparó estirando su rabito. Del criquet ella era gran jugadora, aunque alguien lo pudiese dudar por su tamaño, realmente era buena golpeadora como oro en paño. Echó su cucharilla hacia atrás, siguiendo con el pompis el compás. ¡Y PUMBA! La bola salió rodando, esquivando esquivando los trastos. Y en el viento se escuchaban las palabras recitadas, como una brisa helada y a la vez muy airada.
A lo que yace entre cruces debiera mantener constante, idealizado, incipientes atolondrados, inverosímiles contemporáneos.
la vez creó otros miedos, cargado inquieto, ocultando laberintos destrozados, desordenados, completamente exteriorizados.
que, rota, lleva amores oscuros malignos, escondido habitáculo inaccesible, externamente trascendental descubrimiento.
diga malas letras; creando, abandona impasible ceremonial desperfecto, cualificando inscripciones caledoscópicas.
cosas tontas ideales, ingratas alegorías, sacrílegos recipientes antiquísimos impenetrables instrumentales.
buenas, atiende colorida compañera, imaginando inmensurable egiptológica investigación característica.
daremos sorpresa constante, inclemente filantropía, inspirábamos monstruosidad maliciosamente.
permisos ocultando veraniegos atardeceres amenazadores, estructurados armoniosamente.
mostrando cualidades aletargadas onomatopeyas anticipándose enamoradamente.
verdaderas tradiciones, saltimbanqui introspectiva fantasmagórica.
inquietudes dulcificadas, analizándolas constantemente.
contemplando alucinaciones climatológicas.
alumbramiento espaciotemporal.
estratosférico.
¡CATAPUMBA! Se estrelló, pobre sombrerero, nada nunca le había dado tan certero.
Camelia brillaba, cubiertos sus pétalos por la purpurina que Céfira le había regalado, y no podía sonreír más mientras escuchaba a su nueva amiga ser la primera en lanzar aquella bola de nieve que habían construido entre las dos. Estaba contenta, satisfecha con el resultado, y le hizo un gesto cómplice con una hoja cuando terminó.
—Lo has hecho maravillosamente —murmuró al reunirse con ella—, aunque no les has dicho tu nombre. —¿Le habría dado vergüencita al final? No importaba, Camelia estaba igual de orgullosa por lo valiente que había sido.
Disfrutó después de las bolas de los demás y, aunque la suya era especial, le gustaron todas. Entreabrió los labios con sorpresa al ver que la lirona se preparaba para lanzar aquella enorme bolota y chocó las hojas una contra otra en un aplauso más bien silencioso cuando impactó en plena cara del Sombrerero.
—Si esta lluvia de bolas no funciona, no sé qué podría hacerlo —declaró, impresionada y fascinada.
El Sombrerero intentó esquivar impasible la primera bola bajando la cabeza pero cuando la purpurina se derramó sobre el ala de su sombrero como si fueran fuegos de artificio primero estornudó y luego los ojos se le llenaron de la ilusión de un niño uuuuoooooh. No dijo nada al respecto aunque sus piernas se tensaron como si fuera a levantarse para aplaudir. Pero antes de darse cuenta vio venir la siguiente bola, dulce y ¡Con alitas! Y no tuvo más remedio que tragársela enterita. ¡Madre mía que cocinitas! Sintió el dulzor recorriendo su cuerpo y un poquito de acidez también. La tercera venía con fragancia de flores y de mar, tremendos estos constructores de bolas y tuvo que usar su mano para despegarse algunos trozos del abrupto coral. Por supuesto se le quedó sobre el ala del sombrero colgando la palabra enamoradamente.
El caballero se disculpó antes de lanzar, era su idiosincrasia, pues decía que era corta. Pero iba redonda y blanca hacia su cara y lo peor de todo, quizás no era larga pero resultó tan profunda que golpeó los sentimientos del Sombrerero. Su rostro se congestionó y su corazoncito empezó a bombear con un ritmo un poco más frenético… –¡Pero qué ha pazado…! Dizculpen, dizculpen… me quedé más traspuesto que la lirona. ¿Dónde eztábamos?
De pronto el Sombrerero se encontró frente a él la última bola y dio un salto hacia atrás. UY la lirona! Se le abrieron los ojos dibujando una gran mueca. Se levantó del sillón de un salto, como si algo le hubiera picado en el trasero, y puso las manos por delante para intentar parar esa monstruosidad… una bola redonda y enorme que se ramificaba en trece brazos poderosos como si fuera un maldito Kraken echándose encima Oztiasoztiasoztias Plaf!
Pero no lo consiguió.
La bola arrasó al Sombrerero, el sillón y todo lo que pillo por delante y siguió su camino perdiéndose cuánticamente en otros mundos paralelos. Afortunadamente el Sombrerero se recompuso tan rápidamente como cayó. Discretamente echó un vistazo a su reloj. -Ay, no, el Tiempo vuela… pero que Belles que zois todes… - Dijo mirándolos a todos con una gran sonrisa para nada impostada. Le habría dado un achuchón a cada uno, pero es que la Reina Roja… humm bueno, pensó que al menos un piropo, pero tenía el tanque de palabras vacío y necesitaba un poco de Tiempo para cargarlo ¡Pero no había Tiempo! Menuda tragedia…
Y de repente, allí en medio de aquella guerra de bolas, fue Camelia la que le recordó un detalle. Así que abrió los ojos de par en par y no dudó en decirlo, quizás un poquito sin venir a cuento aunque para el hada si que era importante.
—Mi... Mi... ¡Mi nombre es Céfira!
Y sonrío, ya estaba todo dicho.
Las bolas bolearon por encima de la mesa, como si de una deliciosa guerra de comida se tratara. Aunque en esa oportunidad no se trataba de ese tipo de merienda. Lo que no quería decir que no se hubieran celebrado antes maravillisimas guerras gastronómicas en aquel rincón escondido de Wonderland. El gato de Chesire miraba sonriente el curso de las bolas aéreas, disfrutando de sus originales formas, tamaños, y colores. O quizás era su sonrisa de siempre, pues complacido descubría como su viejo amigo despertaba del extraño estado en que le habían dejado.
Se desvaneció de donde estaba y apareció frente al Sombrerero, en partes, como usualmente hacía. -¿Y bien, amigo mío? Con tantas palabras que te han obsequiado, ¿podréis ahora dar forma a lo que consume tu mente?- Preguntó lleno de curiosidad.
Se alegró de ver a su pomposo amigo Chesi pero del susto su cara se encontraba levemente enrojecida –Estoy tratando de recordar algo… pero me faltan las palabras ¿Me ayudáis? –dijo mirando a todo el personal –Muy bien, ez la hora de los piropos... vamos a dedicarle un piropo a alguien, a quien vozotros queráis, pero de una manera muy ezpecial... –Apoyó los puños sobre la mesa y se inclinó para mirarlos fijamente conduciendo la mirada entre todos –Zin decir zu nombre... ¿Cómo? –Se subió sobre la mesa –Con una Belle Escondide... ¿Y qué ez ezo? una forma de poema donde ze uzan tantos verzos como letras tiene el nombre de nuestre homenajeade. –Frenó un instante de hablar y se dio unos toquecitos en la barbilla –La única condición ez que... En el primer verzo no puedes utilizar la primera letra del nombre, ni en el segundo la segunda, ni en el tercero la tercera y azí zucezivamente... –Dejó escapar un suspiro de satisfacción –¡Oz voy a poner un ejemplo! En verzos octozílabos... –el silencio se hizo un instante alrededor de la mesa y el Sombrerero le quitó importancia con un gesto de la mano –Bueno, no tenéis que hacerlo rimado, ni medido, ni nada por el estilo zi no queréis... ¡Ez que a mí me vuelven muy loco LOS OCTOZÍLABOS! –Se colocó rápidamente en el centro de la mesa, lanzando a un lado y a otro, tazas y pasteles. De la misma emoción tomó al Señor Strafford y le dio un buen sorbo –Wow Zeñor Ztrafford, tiene usted un toque amargo que me fascina –antes de empezar a recitar con energía…
–Es dulce miel en zorbitos,
hasta el zombrero yo me quito
y queremos con locura
zu zonriza y zu dulzura
ya verán que me zonrojo
zi me ve con otros ojos–
De la emoción fue andurreando sobre la mesa y dando alguna que otra patadilla más a la porcelana hasta ver a Camelia que estaban por allí y se la llevó a la nariz para oler su fragancia –¡Oichs, dizculpe mi atrevimiento es usted tan… maravellízima y rojiplática! ¿y bien, zábeis a quién me refiero?
Mr. Strafford se quedó perplejo
al ver lanzarse algo tan complejo
No sabía, ni tan solo imaginaba
el talento que Mally ahora mostraba
Y no se olvidó de la florecilla
Vivir así no es cosa sencilla
"Si no tienes pies tienes cabeza"
Solía decir él, con gran certeza
Aunque, por decir algo, dijo entonces
sin animo alguno de soltar reproches
Que manía con cuántico tiene la gente
a etiquetar aquello que no comprende
La bola de agua era ingeniosa
era fácil seguir la historia
del pobre pez entristecido
buscando su amor perdido
La de Share y el Caballero
era para quitarse el Sombrero
Sutil y profundamente evocadora
No le hacía falta ser más gorda
No se olvidó del hada ventosa
Ni de Alicia, ¡Ya ves qué cosa!
Y hablando de cosas, ni a cosita
ni al gato, al conejo, a la diosa.
Eran todos buenos compañeros,
y aunque le daba bastante grimita,
hasta por el Hatta' sentía aprecio.
La oronda cocinera aplaudía y aplaudía, ahora sí, ya que la bandeja estaba sobre la mesa. Cada nueva bola de palabras era una sorpresa que la hacía proferir grititos de admiración, los ojos muy abiertos y redondos, e incluso daba graciosos saltitos que hacían que su gorro se fuera colocando a cada salto en una posición distinta, algunas verdaderamente graciosas, como cuando venció hacia delante y le tapó los ojos. Y así la pilló la revelación del nombre de la pequeña Céfira. Entusiasmada.
Las bolas eran a cual más ingeniosa, a cual más elaborada. Para ella, que gustaba de los tejemenejes de amasar, cocer, y todas esas técnicas, las bolas tenían un encanto especial por estar también amasadas y cocidas con esmero y a fuego lento, aunque se lanzaran en un segundo, y ¡CHAS! explotaran en un instante. Lo bonito es que todas dejaban rastro, ya de purpurina, ya de gotitas de mar, ya de cariño... todas.
Pero cuando la Lirona se acercó con su BOLAZA y la lanzó, que parecía que tenía que lanzarla con un cañón de grande que era, Cosinerra directamente se cayó sentada en el suelo de la impresión.
-¡¡OHHHH!!
Fue cuanto supo decirle a Mally ante su despliegue vocabularil. Y es que no había para menos, hasta Sombrerero se conmocionó, abrumado por la avalancha. Y encantado, desde luego.
Tanto, que entonces despertó de su serio letargo ya por completo, y de modo ocurrente de nuevo.
¡Una nueva adivinanza, una tarea de ingenio!
Escuchó atentamente lo que había que hacer, y luego los octosílabos.
-¡Yo!, -gritó levantando la mano con insistencia- ¡Yo lo sé!
Pero casi al mismo tiempo bajó la mano, se había dado cuenta de que no, no lo sabía.
-¡Ohhhh...! Pensé con alegrría rotunda,
que "Alicia" erra del reto la palabrra.
Seis frrases, sin la "a" en la prrimerra,
Perro la "ele" sí que está en la segunda...
-Cozinerra, Cozinerra. No ze te escapa una... Te voy a contratar para que hagas la zupervisión de la última prueba... Lo estaba haciendo para ver zi estábamos atentos...jijijojo
Por no ir como un divo
puse un artículo determinado
si hubiera sido posesivo
seguro que no habría pasado...
El Caballero Blanco agradeció con una sonrisa el gesto de apoyo de la hermosa Derby. Qué dama más hermosa, y que generosa compañera de juegos.
Al fin, todas las bolas de palabras, incluyendo la enorme bola final que había traído Mally la lirona, lograron despertar al Sombrerero. El caballero, contento de ver a su anfitrión de nuevo libre del estupor que lo había paralizado hasta el momento, comenzó a bailar una alegre giga, moviendo con rapidez sus pies mientras mantenía las manos en sus caderas. El baile era divertido de presenciar, y el caballero se movía con gracia, acompañado en todo momento por el sonido de hojalata de las distintas piezas de su armadura chocando entre sí, como si ellas mismas batieran palmas para animar la danza de su dueño y señor.
El caballero se detuvo para recobrar el aliento, y escuchó las palabra del Sombrerero, formando una adivinanza. No se lo ocurría quién podría ser, hasta que la Cocinera dijo que podría ser Alicia. No, no era así, pues había una ele en el segundo verso. Pero cuando el anfitrión dijo que les había hecho una pequeña trampa, el caballero entendió que la Cocinera no había estado tan desacertada en su intuición. Jajaja, mi señor, sois taimado y juguetón. El sombrero que os quitáis en vuestro verso no es el sombrero, sino mi sombrero. Y cuando digo el mío, digo el de vos, aunque en realidad ese no es problema de la canción. Y al quitarlo a él y poneros a vos- El Caballero Blanco miró a Alicia. -la respuesta, como la Cocinera decía, es nuestra amiga, la dulce Alicia.
—Uish, habrá que jugar. ¿No?
Es lo que dijo el hada mientras pensó en alguien que adoraba desde siempre. Una criatura que en Wonderland siempre hacía se las suyas. Así que tras pensarlo un poco, los versos fluyeron solos.
Es mullido, travieso
Quien tiene su sonrisa muy dentada.
Jamás pude oir su maullido
Ni ver la longitud de sus garras.
Si sus inmensos ojos
Tan brillosos, estrellados en su sombras
Transformados en eterna y adorable morada.
❤️
El gato de Chesire se había desvanecido como bruma en cuanto el Sombrerero comenzó a, por fin, cumplir como anfitrión de tan esperada merienda. ¡Ah!, más no, aún parecía que la razón por la cual les había citado no terminaba de cuajar en la cabeza bajo el gran sombrero. Era, sin embargo, un notable avance que fuera capaz de ingeniarse un nuevo juego, y hasta gastarles una pequeña triquiñuela a sus invitados. Se habían lanzado bolas nevadas, ahora se lanzaría algo distinto.
El Hada de los Vientos, ahora con un nuevo nombre, se apresuró a unirse al juego, y mientras las palabras caían, iban formando a la imagen gatuna, convirtiéndose en sus rayas, en sus orejas, y finalmente en la encantadora sonrisa. Con la cabeza del revés, el gato extendió su sonrisa hacia la alada jovencilla.
Un hermoso ser de brillo
Pues es más que bella, ella
Al su nombre haber hallado
Un merecido piropo
Dar a purpurina dama
Es en verdad apropiado
Había que recordar, sin embargo, que la cabeza del juguetón gato estaba boca abajo.