Entraron en la casa. El hall de bienvenida estaba en penumbra, iluminado tan sólo por la luz que entraba por un ventanal roto y la propia luz que llegaba desde la puerta abierta. Todo estaba lleno de polvo y roto. La casa, realmente, estaba abandonada y en plena decadencia. ¿Qué lugar era aquel para una reunión?
Una amplia escalinata de madera subía hacia la segunda planta mientras que varias puertas - todas ellas cerradas - parecían acabar en aquel recibidor.
No había ni rastro de Wardren pero una peculiar figura enmascarada los observaba desde lo alto de la escalinata. Se trataba de un individuo de complexión fuerte, vestido al más puro estilo de carnaval veneciano, máscara incluida. Saludo levemente y descendió un par de escalones para aproximarse a los recién llegados.
- Espero sepan disculpar esta pequeña pantomima.- dijo con una voz áspera pero agradable - Nuestra Hermandad tiene a bien mantener el secreto sobre sus componentes y acciones pues en todo momento nos acecha una traición. Hola de nuevo padre Sepherd, veo que es un hombre de palabra.- saludó al sacerdote.
Luego se volvió hacia Remington:
- Sr. John Remington. Es un afortunado honor el tenerle con nosotros. Estamos al tanto de la valiosa ayuda que ha prestado a las Colonias arriesgando su propia vida. Un hombre de su valía es lo que necesitamos en este momento difícil. Sin duda la diosa Fortuna lo ha puesto en nuestro camino.
Sepherd se sentía, como siempre, un tanto confundido. ¿Quién era este individuo que lo saludaba como si ya se hubieran conocido? ¿Qué estaba pasando?
Sepherd se sorprendió ante la familiaridad del extraño enmascarado (¿tal vez un conocido de la iglesia? ¿Esperaba que le reconociera por la voz?), pero en un entorno tan extraño prefirió morderse la lengua. Frunció ligeramente el ceño concentrado e intentó recordarle sin demasiado éxito, por lo visto su memoria dejaba bastante que desear... pero mientras intentaba recordar al propietario de esa voz un pensamiento superficial rozó su mente al tiempo que casi inconscientemente metía la mano en el bolsillo de su sotana y palpaba el objeto metálico que ahí tenía guardado, asegurándose no haber soñado su existencia.
Se aproximó al extraño un par de pasos. - Tengo entendido que... hay algo en marcha. Y que... tenemos algo que hacer. - dijo sin saber muy bien cómo dirigirse al enmascarado.
John estaba francamente confundido. Sin embargo, dos puntos hacían que no hiciera caso a su instinto que le instaba a marcharse de allí y olvidarse de Wardren, enmascarados, libros heréticos, demonios invocados y barcos llamados (por Remington) infierno.
Por un lado, saber de qué le conocía aquel enmascarado y, posiblemente enlazado con ello, qué había hecho anoche y qué esperaba "J.D.S." que hiciera con la llave aquella (ah, si recordara de dónde se suponía que era aquella llave...). Algo en su interior le instaba a no darle más importancia y dejarlo de lado, pero por otro lado, era posible que se hubiera comprometido a cosas y no podía dejar de mantener sus compromisos, los hubiera adquirido borracho o no (y si no los podía cumplir por ser inmorales, excusarse por ello dándo las adecuadas explicaciones).
Y por otro, había alguien (no importaba que fuera un desconocido, al menos no al reverendo) que necesitaba ayuda. Y eso, para John, era motivo suficiente para hacer de tripas corazón y seguir adentrándose en las tinieblas...
Remington observó asombrado al curioso personaje que les recibía en aquél hall desangelado. ¿Adónde había ido Wardren...? Toda aquella historia iba tomando rápidamente un cariz de irrealidad que le hacía preguntarse si no estaría soñando, pero lo cierto era que alrededor todo parecía muy real y tangible.
El padre Sepherd se le adelantó al hablar, así que Remington simplemente permaneció mudo, con su expresión hostil. Hizo un gesto de asentimiento para corresponder la bienvenida del enmascarado y esperó. Ya les explicarían todo aquello con detalle... o al menos eso esperaba.
- Efectivamente padre. Wardren les habrá puesto al corriente de lo sucedido. Nuestro hermano Judah ha sido atrapado por los ingleses por motivos que nada tienen que ver con su cometido real. Se encargaba de custodiar nuestra biblioteca. Dicen que la pluma es más fuerte que la espada y en este caso no le falta razón al dicho. Uno de los tomos, el más importante, es el Raerum Mechanica y en él están contenidas las instrucciones para ayudarnos a darle la vuelta a esta guerra. Por desgracia Judah ha sido confinado en el HMS Jersey, en medio de la bahía, y tenemos motivos para temer por su vida. No podemos interceder por su liberación y el tiempo apremia. Necesitamos rescatarlo... No negaré que es una misión peligrosa pero no exagero si digo que el futuro de las Colonias depende de que recuperemos a ese hombre y con él al manuscrito.
Mientras el desconocido hablaba, Remington dejó vagar su vista por la destartalada casa. El ambiente no era lo que se decía acogedor, pero había algo raro allí... algo fuera de lugar, aunque no atinaba a discernir qué era. Resopló y lo dejó correr. La verdad era que desde que se había levantado, el día estaba siendo muy raro.
La respuesta que aquél enmascarado le había dado al reverendo Sepherd confirmó sus sospechas. Aquellos tipos realmente estaban tan locos como para intentar el rescate de ese tal Judah, que estaba confinado en el "Infierno". Estaba cada vez más convencido de que si seguía involucrado en ese asunto, acabaría muerto... y eso en el mejor de los casos. Sin embargo, el premio prometía ser suculento, si Wardren y ese hombre estaban en lo cierto. Aquél pensamiento llevó a Remington a hacer una pregunta.
- Muy bien... pues si tan importante es recuperar ese Raerum lo que sea, ¿qué tienen pensado hacer para rescatar a su amigo de esa ratonera infecta? -inquirió, deseando que la respuesta fuera lo suficientemente convincente como para animarle a quedarse.
Sepherd escuchó en silencio. Si bien quería ayudar, no sabía qué podía hacer y, mucho menos, qué se esperaba de él. Cuando Remington fue al meollo de la pregunta, el cómo pensaban hacerlo, la atención del reverendo se centró en el extraño enmascarado, casi rezando para que lo que iba a decir tuviera algún sentido.
- Usted es militar. Sabe que no podemos realizar un asalto directo a esos barcos. En lugar de ello hemos previsto que sólo una pequeña chalupa con un cuatro o cinco hombres alcance el bajel de forma subrepticia.
Al ver como Remington enarcaba las cejas desaprobadoramente el enmascarado levantó una mano:
- Sé lo que piensa: que resultará imposible colarse entre sus defensas. Pero esta noche habrá una niebla tan densa que los vigías no podrán ver más allá de sus narices. El barco-prisión no está tan firmemente protegido como se pudiera creer. Después de todo nadie en su sano juicio querría remar hacia él... y los que están dentro sufren un confinamiento tan terrible que ningún peligro suponen para sus guardianes. Según nuestros informadores no hay más de media docena de soldados vigilando esas cubiertas... y en el interior del bajel ningún inglés quiere pasar más tiempo del que lleva meter a un pobre condenado.
Un temor imperceptible se apoderó de John. - ¿Pretenden... pretenden que vayamos a ese barco? - Media docena de ingleses eran media docena más de los que John podía manejar - ¿Con vigilancia? No... no creo que yo pueda ayudarles en eso, sinceramente no se me dan bien esas situaciones. - Sentenció ligeramente avergonzado ante su impotencia.
Remington no preguntó cómo demonios sabía aquél hombre qué condiciones meteorológicas iban a acompañarles en aquella locura, pero seguía sin ver el asunto nada claro. De todas formas, resopló con resignación y se encogió de hombros.
- Muy bien, suponía que el "Infierno" estaría más protegido, pero si están ustedes tan bien informados... -dijo poniendo mucho énfasis en las últimas tres palabras, como si no se fiara en absoluto de los datos que les habían facilitado.
Y no pudo por menos que estar de acuerdo con el reverendo Sepherd. Esperaba que no estuvieran pensando en llevar con ellos a una persona que no tenía el más mínimo entrenamiento militar y que más bien podría ser un estorbo en una operación como aquella. Pero siguió callado y a la espera, para ver si aquél enmascarado les revelaba algo más o les decía cuándo y cómo empezaría todo.
El enmascarado asintió:
- Las fuerzas que protegen ese barco no son todas terrenales padre. La mano del Maligno atenaza esa bodega... se han abierto puertas que conducen a la desesperación total. Debe acompañar al grupo para defenderlos del Oscuro. Ellos tienen la fuerza, pero usted tiene la fe.
Miró a Remington:
- Nuestra información es totalmente veraz. Nuestra Orden no espera que las cosas sucedan... hacen que pasen.- hizo una pausa para concluir :- Esta medianoche les esperamos en la Cala de San Juan. El Padre Sepherd sabe donde se encuentra. No se preocupe por las armas señor Remington, tendrá allí todo lo que necesite. Sepan que la decisión que acaban de tomar posiblemente liberará a nuestra no-nata nación del yugo opresor inglés. El señor Wardren les acompañará de vuelta a la ciudad.
Al mirar hacia la puerta ambos hombres se percataron de que Wardren estaba de regreso en el umbral.
A pesar de ser un mar de dudas, sin saber cómo realizar eso de proteger a gente con su fe frente al maligno, un detalle no se le pasó por alto al reverendo. - Ellos... - susurró antes de vocalizar su pregunta.
- ¿Ellos? ¿Quién más irá... - dudó un segundo antes de decirlo en voz alta - ... irá al Infierno? ¿Wardren? - tanteó recordando los ágiles andares del comerciante.
La seguridad que mostraba aquél desconocido acabó de algún modo por contagiar a Remington. Tal vez se tratara simplemente de que lo que más deseaba en esta vida era un medio para hacer morder definitivamente el polvo a los ingleses, y ahora que se lo ofrecían, él simplemente deseaba con todas sus fuerzas creer que era verdad lo que le decían. Así que asintió por toda respuesta y decidió no decir más, permaneciendo silencioso, lo cual después de todo era lo que le hacía sentir más cómodo.
Al volverse, pudo ver a Wardren en la entrada una vez más, y se preguntó al igual que el reverendo cuál sería el papel del comerciante en todo aquello. Decidió esperar... Al fin y al cabo, pronto tendría todas las respuestas que necesitaba. O al menos eso pensaba en aquél momento.
Wardren los acompañó de vuelta al carruaje aunque, en esta ocasión, no se subió a él. Contestó a la pregunta del sacerdote mientras los otros dos hombres se acomodaban:
- Habrá otros que os acompañarán en esta misión. Esta noche nos encontraremos en la Cala de San Juan. Una pequeña embarcación os esperará allí... y seréis todos debidamente presentados.
El hombre permanecía al pie del carromato por si los otros tuvieran intención de hacer alguna otra pregunta.
Remington ni siquiera contestó a aquello. Todo estaba dicho mientras supiera a dónde tenía que ir. Se cruzó de brazos y observó por la ventanilla opuesta del carruaje, cavilando sobre lo que les esperaba.
Azorado y pensativo por lo que se había dicho, John no hizo más que subirse al carruaje en silencio. No sabía que decir que no se hubiera dicho ni se le ocurría nada que preguntarle a los demás.
Pensativo, acarició la llave que llevaba en el bolsillo, intentando recordar algo pero sin llegar a hacerlo.
Y así el carruaje se perdió de vuelta en la ciudad. En su interior ambos hombres cavilaban en las horas que les aguardaban. Horas difíciles en las que quizás se jugasen la vida... tal vez el alma misma.
Escena finalizada.
En breve nos reencontramos en la Cala de San Juan. Permanezcan atentos a sus pantallas...