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Nombre: Isora
Raza: Genasí de agua
Conocimiento del mundo: Nació en el pueblo y nunca ha puesto un pie fuera.
Edad: 17 años
No encontrarás a nadie que defina a Isora como la muchacha más agraciada del pueblo. Ni la más hábil. Ni la más lista. Pero si hay algo que sí la define es la perseverancia.
Isora llegó al mundo en la casa del agricultor Dámaso, quien contraía segundas nupcias después de perder a su esposa en el parto de su primer hijo. Desolado, era presa fácil para los encantos de la exótica y despampanante Yanira, recién llegada de piel tostada, mirada intensa y pelo ondulado como los caprichos de un infante.
Fue tan corto su noviazgo y tan pronta su fecha de boda que a nadie extrañó cuando anunciaron que el labrador ya esperaba un segundo hijo. Los íntimos lo felicitaban por el tamaño del vientre de su esposa apuntando a que debían ser gemelos ¡O quizás trillizos!
Pero por todos es sabido que las mentiras tienen las patas muy cortas, y cuando apenas 5 meses después de haberla conocido su mujer da a luz a una única niña de aspecto saludable y piel azul como solo algunas razas muy poco vistas llegaban a tener, lo que sintió fue vergüenza.
Convirtiéndose en un hazmerreír para muchos y sintiéndose traicionado su carácter se agrió, mas no se deshizo de madre y criatura. Aún engañado, ella era su mujer y la niña había nacido bajo su techo.
Pero el corazón no conoce de propósitos.
Isora creció en una casa cálida en el que casi siempre encontraba su asiento frío, y aunque nadie le habló nunca de las circunstancias de su venida el mundo, su intuición infantil le decía que aquel no era su lugar.
"Una vida plena es aquella en la que puedas contar al menos con 42 parientes" decía a menudo el marido de su madre en la mesa para animar a sus hijos a contraer matrimonio y traer nietos a la casa cuanto antes. Una expresión que no pronunciaba mirando directamente a la joven de tez azulada.
Quizás fue por ello que el calor que no encontraba en su casa lo buscó entre amigos.
Acompañaba a los chavales mayores a lanzar piedras a las lagartijas, a los pequeños para saltar a la comba, a las mujeres cuando iban al riachuelo a lavar la ropa, a los artesanos para ahcer recados. Visitaba a los ancianos para escuchar sus historias y pedía permiso a los longevos elfos (y/o) semielfos (o alguna otra raza exótica presente) residentes para peinarlos. Acompañaba a los ermitaños llevándoles algo de comer cuando sobraba en casa y recibía a los viajeros extraños con entusiasmo y una gran sonrisa. Pero aquellos con los que más se encariñó siempre era de la gente diferente. La gente inusual. Aquellos que tenían algo bonito asomando en los ojos cuando ella sonreía. Sería incierto decir que su rareza no obtuvo jamás rechazos, pero para ella eran mucho menos significativos que sus logros. Un carácter risueño que acabó que ganarse un lugar en el corazón de muchos.
Con los años, la vieja ofensa se fue quedando atrás entre los múltiples cotilleos que podía dar de si un pueblo como aquel y ella casi llegaba a sentirse una más. Incluso su madre comenzaba a tontear con la idea de que se buscase un buen marido en el pueblo para poder seguir estando cerca, si no quería acabar quedándose para coser los ídolos de las procesiones.
Pero aquel invierno su madre enfermó y murió.
Por primera vez en su vida una emoción que no supo cómo gestionar se anidó en su pecho. Como la adolescente que ya era, se sintió única y genuinamente desolada. Y corrió al bosque con la firme intención de morirse para poder seguir a su madre en un arrebato de desconocida auto-compasión. ¿Eran esos los huevos que no se debían tocar? los rompió. ¿aquella la roca que no se debía escalar? Subió. ¿Estas las setas que no debían comer? las engulló sin masticar. Ni sabía por qué lo hacía. Solo estaba desolada. Rabiosa. Quería a la vez llorar y que alguien la abrazara, pero sin tener que pedirlo. Un día tonto. Un mal día tonto.
Un rato más tarde se había caído en la hojarasca y la fiebre la hacía delirar mostrándole un firmamento lleno de estrellas en el que se sumergía sin moverse. Y cada estrella tenía vida propia, y se deslizaba a su alrededor. Estaba tan arriba que ya no había abajo, y a la vez tan abajo que había dejado de existir el arriba. Y en mitad de aquel delirio, sintió que unas enormes manos la rodeaban dándole aquel cobijo que tanta falta le hacía.
No tenía un nombre. No tenía ni tan siquiera una palabra apropiada para la sensación inmensa que se apoderaba de ella. Y en ese instante de abrumadora claridad supo que creería en ese algo que es intangible y a la vez real. Que daría significado a su vida en adelante.
Cuando la fiebre se mitigó descubrió que uno de sus amigos la había encontrado y la cubría con una manta cálida. ¿Qué mejor prueba para saber a ciencia cierta dónde estaba su verdadera familia?
Desde aquel episodio han pasado tres años. No busca marido ni ha aprendido a coser. Está dispuesta a demostrar que puede llegar lejos, pero no quiere hacerlo sola. Solo lo hará si sus amigos la acompañan en el viaje. Porque son su familia y aún le falta mucha gente para llegar a 42.
Puntos destacados de historia:
- La felicidad se consigue consiguiendo 42 buenos amigos
- Jamás ha visto el mar, el cual le generará fascinación dada su naturaleza
- Seguidora de un dios sin nombre
Alto Elfo Pícaro
Humano Mago
Aasimar Protector Clérigo
Enano Guerrero Rúnico