Mi padre no estaba manchado. Dijo ella extrañada ante el Akodo. Jigoku es el único reino al que puede caer un alma perdiéndose del contacto de un Sodan Senzo, y mi padre no tiene síntomas, así que nunca fue afectado de la mancha.
Si sus asesinos lo estaban, no hay forma de saberlo por las heridas causadas.
Hasta pronto mi amor. Pronunció la joven antes de volver a la taréa que tenía antes entre manos.
El Akodo sintió que poco a poco comenzaba a recobrar el control de si mismo. La desesperación daba paso a una firme y serena templanza, y la impotencia era barrida de un plumazo por renovados bríos.
No todas eran malas noticias.
Shigeru no había dudado ni por un instante en la inocencia del venerable sensei. Pero imaginaba que de todos modos podría tener serias dificultades para exponer su caso ante las autoridades. En definitiva, aún se encontraban en las tierras de la Grulla, y sus refinados anfitriones harían cualquier cosa por salir indemnes de semejante escándalo. Incluso tal vez mancillar el nombre de un inocente. Siempre habían sido buenos en eso.
Pero ahí estaba por fin. La prueba palmaria e irrefutable de que Kitsu Anshio no había tenido jamás contacto alguno con las fuerzas del Maligno. En verdad, esto no era más que un triste consuelo para quien pretendía en última instancia vengar la muerte del sensei. Pero al menos trajo cierto alivio al corazón del León. Y ello se reflejó en su rostro.
- Hatsue-sama. – dijo con renovada seguridad en su voz – Permitidme que os explique.
En la mente del Akodo aún resonaba la advertencia de Damaru. Nadie debía enterarse de sus descubrimientos. “Ni siquiera tus superiores”, había dicho el Isawa. Y el León había entendido perfectamente la necesidad de discreción. Nadie podía estar seguro de donde provenía aquella amenaza.
Pero el León no podía guardar silencio. No frente a la propia hija del sensei.
- Como os he dicho antes, he hablado con los encargados de descubrir al asesino de vuestro padre. Incluso me han solicitado ayuda, y hasta hemos emprendido algunas averiguaciones en conjunto.
- Según sus sospechas, Kitsu Anshio-sama fue atacado por un sirviente del Maligno. Una criatura sombría y corrupta que lo sorprendió desde el aire. Vuestro padre se defendió con bravura, e incluso consiguió pedir el auxilio de algún ser proveniente de otros reinos. Hay quienes juran haber visto un enorme León Dorado junto al cuerpo del sensei… yo mismo he visto huellas que parecen confirmarlo.
Damaru se despidió de la Moshi con la alegría de que pronto volverían a estar juntos, ensimismado en su felicidad la dejó con sus deberes mientras se reunía con sus compañeros.
Ahora salgo y me reuno con mis compañeros en la otra escena ya posteada.
Eso... Comenzó a decir la joven asombrada. Sus ojos clavados en el samurai con gran sorpresa. Su cabello caía alborotado, como una leona salvaje. Eso es imposible!! Una criatura dorada? Un León Dorado?? Imposible.
La samurai-ko cayó completamente al suelo, sus ojos aun clavados en el León. Respiraba muy aceleradamente y parecía muy sorprendida.
Por lo que dices, mi padre invocó un Kitsu, pero eran criaturas extinctas, no se supone que quedan. Los últimos fueron los fundadores de mi familia, y su sangre corre por las venas de los Sodan Senzo. Su sangre es la que nos permite contactar con los espíritus.
Un leve gesto de confusión atravesó por un instante las facciones del Akodo. Aunque Shigeru intentó recuperarse rápido, lo cierto era que la reacción de la joven lo había tomado completamente por sorpresa. Jamás habría esperado un comentario semejante.
Después de todo, acaba de decirle cosas terribles sobre su padre. Básicamente, que había tenido una muerte sangrienta y brutal, y muy probablemente a manos de alguno de los inmundos servidores del Maligno. El acre aroma de la corrupción comenzaba a cernirse sobre el asunto, infectando todo a su paso. Solo cabía imaginar un destino trágico y horrendo para el espíritu del venerable sensei.
Sin embargo, la mente de la muchacha parecía más preocupada por aquel misterioso portento mágico. ¿Acaso podía ser posible? Con lo mucho que parecía sufrir su pérdida…
Ciertamente, debería de ser algo muy importante para conseguir acaparar su atención en aquellos momentos tan aciagos. Algo que un simple bushi no entendería jamás. Quizás había algo que escapaba al atento escrutinio del Akodo.
- Bueno… eso es lo que dicen haber visto los testigos. – comentó el dubitativo León, procurando internarse sin demasiada convicción por el camino que la muchacha había abierto con su reacción. Empezaba a moverse por un territorio frágil y pantanoso, que no conocía demasiado. Pero agradecía también la posibilidad de apartarse un poco de las cuestiones más truculentas y agobiantes - Y los shugenja que estudiaron el lugar parecen confirmarlo.
- Aunque no creo que estén al tanto de lo que ello significa. Supongo que se necesita de alguien de vuestra sangre para comprender la verdadera dimensión de todo esto.
- De hecho, yo mismo tuve la osadía de sugerirles algunas conjeturas. Y creo que las tomaron en cuenta... aunque apenas si soy un simple aficionado !!! – el León esbozó una sonrisa, cargada de una profunda pena y resignación. El gesto le dio cierta tranquilidad. Expresar su impotencia de manera tan brutal y contundente le quitaba un peso de encima.
- Pero precisamente la noche anterior habíamos estado discutiendo sobre estas cuestiones con el sensei. El tema había surgido casi por casualidad, mientra me explicaba algunos pasajes oscuros que yo había encontrado en uno de los pergaminos que me prestó. Era uno que hablaba sobre los primeros Kitsu, creo. O sobre un grupo de exiliados. No lo recuerdo bien. Unos que estaban condenados a vagar por Toshigoku. Eran cinco, creo. Tú debes conocer la historia.
- Como sea. El caso es que Kitsu Anshio-sama me dijo que él mismo era un Sodan – Senzo, y que la sangre de vuestros padres fundadores corría fuerte por sus venas. Me dijo que podía viajar a otros reinos, aunque aún no lo había hecho jamás, y que podía también solicitar el auxilio de otros seres.
- Cuando ocurrió todo, sus palabras volvieron a mi mente.
La joven se quedó meditando. Acaso podría vengar a su padre con aquella información. NO estaba segura, pero eran algo importante a saber para comprender que le había sucedido a su padre.
Arigato gozaimasu, Shigeru-san. Si ahora me lo permites, me gustaría quedarme sola y meditar sobre lo que dices.
- Como deseéis, Hatuse-sama. – dijo el Akodo, tratando de darle un poco de calidez a su tono. Tal parecía que la resuelta joven se hallaba al límite de sus fuerzas, y no tenía intenciones de agobiarla aún más. – Debe haber sido un largo día para vos. Será mejor que os toméis un respiro.
Shigeru le dedicó una profunda reverencia antes de ponerse de pie, y luego se dispuso a abandonar la habitación. Sin embargo, justo cuando cruzaba la entrada, se giró para hacerle un último comentario.
- Y por cierto, si lo deseáis puedo acercaros esos pergaminos de los que os hablé. Los que mencionaban a esos misteriosos Kitsu exiliados. Quizás no sean tan importantes, pero puede que os ayuden en algo.
El Akodo guardó silencio algunos instantes antes de continuar. Parecía sumido en profundos pensamientos.
- Aunque supongo que tampoco deben ser tan extraños. Después de todo, vuestro padre los guardaba en la biblioteca de abajo, al alcance de cualquiera. Si realmente hubiera querido resguardarlos de las miradas extrañas, los habría ocultado en su habitación secreta. Ni siquiera con ayuda de un shugenja pudimos romper sus defensas.