Damaru llegó a la aldea, donde las gentes corrían descontroladas y en caos. Él no comprendía porque y se acercó a la samurai más cercana. Ella apenas se detuvo y le señaló hacia el cielo, que aun tenía ese color antinatural y luego hacia una de las estatuas principales de Osano-Wo de la isla. Cuando Damaru la había visto al llegar, reconoció al dios protegiendo a los humanos desde el cielo, observándolos desde las nubes desde donde descargaba sus rayos sobre los injustos. La estatua estaba hecha en un metal rojizo, y los detalles con otros metales menores. La estatua medía casi 5 metros y estaba ubicada frente al templo mayor de la isla.
Sin embargo ahora lo que quedaba de la estatua era apenas los restos derretidos del metal que la formaba.
Damaru observa los restos de la estatua con el gesto impasible. El sentimiento de pérdida de su pasado le impide sentir de forma intensa por el momento.
Osano-Wo muestra su enfado por no haber sabido guardar sus misterios, sus tesoros. Todo esto es culpa mía.
Decide informar al jefe de la aldea de lo que ha sucedido y preguntar si puede ayudar en algo. No puede irse todavía.
Incluso Otomo Taduchi entenderá que tengo que hacerme cargo de mis acciones primero.
Damaru detiene a otro samurai, y le pregunta donde puede encontrar al jefe de la villa. El samurai todavía aterrado le indica una dirección y se va corriendo. Damaru sigue la dirección que le indicó mientras en su cabeza la imagen que tenía de Hinome termina de borrarse al igual que termina de borrarse de su corazón. Definitivamente el amor que sintió por la samuraiko habia sido enorme, pero del amor al odio hay una línea más fina que la de un cabello y una persona capaz de infringir a otros el dolor que Damaru estaba viendo no era una persona a la que Damaru pudiese amar.
Damaru se adentró en el interior de la gran torre que es el centro de la ciudad. Al acceder hasta la puerta, Damaru se fija en que la cúspide de la torre ha sido abatida por un rayo, y que los restos descansan en el patio interior de la torre de la Isla de las Tormentas. Damaru encontró su camino hacia el interior de la torre con facilidad, allí varios ancianos con atuendos elaborados y extravagantes en verde y dorado charlaban entre ellos acaloradamente. Al ver al samurai Isawa detienen su conversación y el más joven de ellos, o aparentemente el más joven, se aproximó mientras los demás continuaron.
Que puedo hacer por ti, Fénix?
Damaru se detiene y respetuosamente saluda al anciano. Todavía no sabe que esperar de ellos pero al menos debe informar sobre lo que ha sucedido. El rostro del fénix se muestra impasible, no le gusta hacer lo que va a hacer, pero es algo que debe hacer. Su voz toma el tono que emplea cuando tiene que recitar algún conjuro especialmente complicado, su mente se llena de tranquilidad con las técnicas que ha ensayado y practicado media vida. Y comienza su relato, les cuenta como conoció a Moshi Hinome, les cuenta sobre las incógnitas sobre su pasado y les cuenta como la Moshi se ofreció a ayudarle. Cuenta como llegó a la isla, lo que descubrieron y lo que encontraron en la torre, les muestra la saya y el colgante. Por último y con gran pesar todavía, les cuenta como la Hinome le robó la espada y huyo con una sonrisa malvada en el rostro; también les indica donde pueden encontrar al yojimbo para darle supultura. Lo único que decide no contar es la relación que había entre ellos. Ya se ha avergonzado suficiente a sí mismo. Cuando terminó su garganta estaba seca y sus manos sudorosas. Espera la decisión de los ancianos
- Ahora ya conocéis lo que ha sucedido. Esa mujer me ha engañado y espero que no os cause más problemas aunque lo dudo. Por favor, que alguien se ocupe del Mantis, ha actuado con honor y merece descansar con sus antepasados. Por mi parte si no deseán nada de mí partiré inmediatamente pues Otomo Taduchi-sama me ha hecho llamar.
El anciano escuchaba con interés todo lo que oía del Fénix. Su cara era de gran extrañeza al oír cada palabra del Fénix sobre templos ocultos en la isla, sobre yojimbo Mantis, sobre una mujer cruel cabalgando sobre un enorme ave. Demasiadas cosas tenía en las que pensar el anciano como para encima cargar con los problemas del Fénix.
Me temo que no sabemos nada al respecto de todo eso. Nunca hemos concedido permiso a un samurai Mantis para ir con ninguna mujer de otro clan, mucho menos en recientes días. Si él la ha seguido habrá sido por algún otro motivo, puede que por dinero, pues vendemos nuestros servicios a quien pueda pagarlos.
Tampoco conocemos de ningún templo de ese tipo aquí. Cuando nuestra familia se asentó en estas tierras, no existía nada, y toda construcción se dirigió hacia arriba, hacia las estrellas y el cielo, hacia nuestra Fortuna protectora.
No hemos podido divisar ese enorme ave del que hablabas, pues acontecimientos extraños nos han llegado a nuestra isla. Rayos de poder y potencia desconocida han caído sobre nuestro pueblo, sobre nuestra adorada estatua y la ha destruido por completo. Algo que aun no sabemos que puede significar. Acaso Osano-WO sama estara enfadado con nosotros?
Damaru escucha las palabras del anciano, como sospechaba la Moshi actuaba por su cuenta.
- Perdonadme, anciano-sama, mi intención no era acusaros por supuesto. Solamente pretendía informaros de lo sucedido para que el yojimbo tuviese un descanso adecuado con sus antepasados. También he de deciros que el templo subterráneo era un templo dedicado a Osano-Wo y quizás el robo de la No-Dachi haya tenido algo que ver con este enfado de la fortuna. Solamente conservo la saya -Damaru saca la saya y se la muestra al anciano - quizás todo esto se deba también al engaño del que fui víctima. Mi ingenuidad os ha causado muchos problemas y os pido perdón por ello, si puedo ayudaros en algo no dudéis en pedírmelo.
Damaru expuso frente a si la saya que había recobrado del templo para dar veracidad a sus palabras. El anciano shugenja se acercó a la saya y pasó sus temblorosos y envejecidos dedos por ella.
Me temo que no pertenece a Osano-Wo esa saya, joven. Ni en su historia, ni en los símbolos que veo en este arma detecto la dedicación a la fortuna del rayo y el fuego. Puede que el sacar el arma haya ocasionado que esto todo se inicie, pues nunca antes había demostrado tal ira el dios contra sus herederos, la Mantis. Sin embargo porqué atacar su propia estatua y no el kyuden? es una de las preguntas que nos barajamos, así como el color tan extraño del rayo que cayó, pues era distinto al que nunca han caído en esta isla donde unos tras otros caen.
Damaru escucha en silencio las explicaciones del viejo. Cuando el anciano termina de hablar el shuguenja mira la saya y sin dejar de mirarla se comunica al viejo que debe partir:
-No sé si puedo ayudaros en algo, he informado de lo que ha sucedido y os he contado todo lo que sé. Todo esto comenzó cuando la Moshi vió mi colgante - se lo quita con la mano derecha y se lo muestra al anciano - pero desconozco como puede estar relacionado con lo que ha sucedido aquí. Si no puedo hacer nada más por vosotros me gustaría atender la llamada de Otomo Taduchi-sama.
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