Esta partida está en revisión. Si el director no da señales de vida o es aprobada por un cuervo será borrada esta noche
Dependencias de todo el personal de servicio del castillo.
Las lágrimas caen copiosamente por mi rostro mientras me dejo conducir por los pasillos sujetada por el Sargento Hartness. Mi corazón late con fuerza, me cuesta trabajo respirar y aquellos pisos que he recorrido tantas veces en silencio o con alguna sonrisilla, ahora parecen eternos y obscuros, más fríos que de costumbre. Ni siquiera alcanzo a darme cuenta que hemos llegado ya, empujo la puerta suavemente, no me atrevo a levantar la vista, me siento además de desdichada, humillada y no me atrevo a dar la cara pero sin embargo me dirijo a él.
-No voy a escapar, no os preocupéis.
La voz es un sollozo, mis manos continúan enlazadas una con la otra al frente sobre mi faldón. Quisiera sólo asegurarme de que Dana estará bien pero mientras la reina no llegue, dificilmente tendré acceso a ella. Sólo espero que no crea que he cometido una falta muy grave o me las veré aún peor, sé que es buena pero su furia es mucho peor que la del rey. Me seco las lágrimas y me paso el dorso de la mano por la sangre fresca que hay en mi rostro producto del golpe del rey, la pesadilla apenas comenzó.
Hartness caminaba en silencio junto a Desireé, rumbo a sus dependencias. Por el camino, ordena a uno de los guardias que le siga.
"¡Maldita sea! Preferiría mil veces estar en plena batalla... Qué situación más tensa, por Dios..."
Ragnar, percibiendo la incomodidad de su amo, grazna suavemente mientras frota su cuello con la cabeza del capitán.
Al llegar a su habitación, Desireé solloza unas palabras. Hartness, aparentemente impasible, aposta al guardia junto a la puerta y se vuelve hacia ella.
- Comprended, señora, que he de cumplir las órdenes de Su Majestad -Lionel habla con voz firme pero amable, sin perder el respeto ante una dama, buscando con la mirada los ojos de ella- Escuchad, no llevo mucho tiempo al servicio directo del rey, pero en mis años como Guardia Real jamás vi al Rey Arthas reaccionar así. ¿Tenéis hijos? -pregunta con una media sonrisa en la cara, espera unos segundos la respuesta y prosigue- Intentad poneros en su lugar. ¿Qué haríais vos si os enterarais que vuestra hija pequeña ha sido atacada y que su doncella personal reconoce haber metido la pata?
Lionel estira su brazo derecho para apoyar su mano a la altura del hombro de la mujer, en gesto tranquilizador.
- Vos no habéis tenido la culpa del ataque, ¿no es cierto?. Sólo habéis pecado de ser hospitalaria. Veréis como todo se resuelve bien -apreta un poco la mano para transmitirle su afecto y después la suelta de nuevo- He de volver. No quiero dejar sólo al rey con ese tipo de ojos rasgados. Haré que os traigan comida y algo para beber. Si necesitáis algo más, pedid que me busquen.
A pesar de la despedida, Lionel permanece delante de ella, aún con la media sonrisa en los labios y mirada amable, esperando que sus palabras hayan podido consolar en algo a la muchacha. No se marcharía hasta que ella diera el primer paso...
La sensación de estar viviendo en una pesadilla me seguía, tenía las mejillas enrojecidas y podía sentir mi piel caliente. Miré al nuevo capitán, intentando contener el llanto, debía parecerle ridiculo por lo menos, verme en esa situación y a pesar de todo, se esforzó en ser amable y se lo agradecí con una media sonrisa que no era del todo fingida. Después de todo, que me echaran de lado de Dana era lo menos malo que me podría pasar, aunque la verdad es que la echaría mucho de menos.
-No os preocupéis, sé que hacéis vuestro trabajo...
Sequé mis lágrimas en la manga del vestido y eché un vistazo al soldado que había llamado, sin duda para que me resguardara, no fuera a escapar. ¡Qué poco sabía el rey de mí! ¡Qué poco sabían todos allí de mí! La única que me conocía bien era Dana y era una niña, sólo esperaba que estuviera bien por sobre todas las cosas.
-Id, no perdáis más el tiempo con una triste sirvienta. No me iré a ningún lado, ni aún bajo amenaza de muerte lo haría. Os doy mi palabra y mi palabra, es tan cierta como la palabra del mejor de vuestros hombres. Buenas tardes, capitán Hartness.
Las lágrimas del cuerpo habían cesado, la actitud era ahora calmada y lenta pero por dentro, por dentro el corazón estaba destrozado, años de servicio echados a la basura por romper el protocolo, casi me sentía cómo si hubiera querido robar a Anahí alguna de sus joyas, sí, así me habían hecho sentir. Años de servicio para nada y pensando que había llegado al castillo justamente a la edad de Dana; ella era quien me preocupaba, sólo ella. Ni siquiera yo.
Hartness escucha atento las palabras de la doncella y, por un momento, estuvo a punto de abrazarla y transmitirle su afecto.
- No dudo de vuestra palabra, señora, ni la menosprecio tampoco. El guardia es una mera formalidad. Tratad de no pensar en todo esto, ¿de acuerdo? -sonríe intentando parecer lo más amable posible- Buenas tardes, señora De Volger.
Lionel se despide con una leve reverencia con la cabeza, sin perder la sonrisa, y se vuelve para salir de la estancia. Quizá ella no lo supiera, o no lo entendiera en ese momento, pero era la forma que tenía Hartness de demostrarle sin palabras que confiaba en ella. De haber sido otro el detenido, jamás le hubiera quitado los ojos de encima. Siendo así, antes de avanzar, busca algo en uno de sus bolsillos y se lo da de comer a Ragnar. Espera unos segundos a que el ave trague el aperitivo y comienza a andar hacia las dependencias de la Infanta Dana...
Las horas pasaban lentas para Desireé, sentada en aquel lugar como una maleante. De pronto la puerta se abrió suavemente, uno de los consejeros de la reina se acercó con ropa y monedas en una bolsa para ella pero los soldados aún permanecían afuera, la joven se negó a irse. Aún con la bendición de la reina para hacerlo, ella prefería enfrentar su verdad que no sería otra que la que rey decidiera. La lluvia empezó a caer justo cuando el consejero salió de la alcoba, Desireé sintió mucho frío, sabía que sus días estaban por llegar al fin y sintió miedo, pena, echó a llorar, pero así eran las cosas cuando no eras nadie, cuando eras la sirvienta de gente que sabía mover las palabras a su antojo y conseguir lo que se proponía sin hacer el más minímo esfuerzo. Se rescostó en la cama a esperar que alguien viniera a avisarle lo que harían con ella, conociendo al rey, eso no tomaría demasiado tiempo.