Esta partida está en revisión. Si el director no da señales de vida o es aprobada por un cuervo será borrada esta noche
Escena privada. Aquí podrás:
Prólogo
Todos los años se celebrara rigurosamente una cena para finales de octubre y no es porque fuera a entrar el invierno, en Northumbria era siempre invierno para esos meses del año, lo único que cambiaba es que era más crudo. Este año no sería la excepción, el rey Cináed daría la cena a la cual estaban invitados sus más allegados, los que le adulaban, los que le servían aún odiándole, las que lo amaban a escondidas y las que no, sus hijas por supuesto, su abominable hermano que esperaba muriera antes de tener un hijo para poder ponerse él en el trono o en su defecto su hijo Murray que aún era muy pequeño pero era el único varón de la estirpe; por supuesto estaría la reina, su amada y odiada esposa: Constance. Su inseparable capitán de la guardia y los más fieles soldados. Algunos condes, condesas y demás de las cercanías y más de uno que venía de lejos a pesar de las inclemencias del tiempo. Claro que estaría aquel siervo de la iglesia que tenía más pecados que todos los habitantes juntos del palacio pero quien no estaría, era aquel pequeño o cada vez más grande monstruo que vivía la torre más alta de palacio y que sólo los muy osados se atrevían a visitar; los muy osados o su madre que era la única que podía verla sin ningún resquemor.
Tras aquel alboroto de fines de octubre, sólo podía haber dos cabezas, aquellas en las que el rey y la reina confiaban su vida de ser necesario: Joan, la dama de compañía de Constance y Ghroun, el mago o consejero como a Cináed le gustaba llamarle.
Las reglas me las estoy estudiando, con el manual dí hace un par de semanas, pero a mí me han parecido de lo más simples aunque intentaré simplificarlas más.
Se aceptan sugerencias.
Paola.
Otra vez esa maldita cena, su recuerdo me golpeaba cada año, desde que cumplí los once, desde que mi hermana y mis padres murieron, fui el único que no asistió aquel año, me encontraba enfermo, debería haberme ido con ellos. Ese pensamiento me despertaba cada mañana, pero se hacía especialmente intenso cuando se acercaba las fechas señaladas, el señor de las Tierras Azules no era capaz de olvidar.
Mi familia fue rica, pero yo lo dilapidé casi todo, no hice nada por ellas y mis tierras se fueron deteriorando, mis granjeros marchándose, y mis pastores buscando tierras más fértiles, ni siquiera me quedaban guerreros, sólo me quedaba un nombre y una apariencia. Decadencia, dejadez y despilfarro marcaron mi existencia, sólo quería disfrutar de placeres mundanos que me sacaran de mi tormento, sólo quería dar la imagen de alguien que vive por encima de los demás, de alguien cuyo reino no pertenece a este mundo.
Agradable al trato, culto, excelente conversador y una arraiga y tal vez algo injustificada fama como amante, pues mis conquistas se limitaron a aldeanas y nobles venidas a menos, de misma condición o inferior. Conforme avanzaba el día, mis ambiciones se hacían cada vez mayores, era una especie de ciclo, algo con lo que había aprendido a vivir. A veces ni el mismo se entendía. Capaz de comportarse como el perfecto ser social en lugares públicos, y el ermitaño más huraño en su castillo, así había transcurrido mi vida, hasta que la conocí.
Una reina es como cualquier otra mujer, así de sencillo, y como tal lo único que necesita es que la traten como tal, y eso sí, porque a pesar de mi fama, nunca he faltado el respeto a una mujer, nunca he estado con alguien sin que ella lo deseara, y nunca lo haré, no me importan lo que cuenten las lenguas sobre mis extraños gustos o mis costumbres, es más, me hacen mucho más bien que mal, solo hay que usar la fama a tu favor, sea del tipo que sea. No perderé el hilo, hablaba de su majestad, de Constance, de aquella que me eligió entre muchos, por la que pongo mi vida en juego cada vez que deseo besarla o estrecharla entre mis brazos. ¿Merece la pena?, rotundamente sí. Muchas cosas no están claras en mi cabeza, pero esa es una de las pocas, que curiosas somos las personas, siempre me gustó observarlas, incluso a mí, entenderlas es otro asunto.