Esta partida está en revisión. Si el director no da señales de vida o es aprobada por un cuervo será borrada esta noche
Lin y Alzbeta, continúen posteando en Castillo de Northumbría.
Marquen sólo para el director, luego yo me encargo de asignar correctamente a los destinatarios.
Sujeté a mi hija mayor entre mis brazos, evitando que se retirara, haciéndolo cual si fuera una niña. A ella quizás le importara pero para mí siempre iban a ser mis niñas y no las podía ver de otra manera, quizás hubiera sido feliz teniendo un varón pero no lo cambiaría por ninguna de ella.
-Contad a vuestro padre como estuvieron las cosas... Pasaré la tarde con vosotras.
Apreté su mejilla contra la mía y acaricié su cabello, me costaba creer que ya era una mujercita y que pronto tendría que casarse. Cada día me parecía que ese momento se acercaba más, pero elegiríamos bien. La miré a los ojos, era hermosa.
-Sois hermosa, como vuestra madre- la pequeña Dana se había ido quedando dormida y acaricié la mejilla de mi hija con ternura.
Moví el mensaje a esta escena porque es aquí donde se encuentran.
*Tus respuestas ponlas Sólo al Director, luego nosotras nos encargamos de asignar los destinatarios*
Anahí sonrió y se acercó a Arthas incluso antes de que éste se lo pidiera. Cerró los ojos cuando él le acarició la mejilla para luego abrirlos y clavar sus pupilas en las de él.
-Padre... -susurró.
Le sostuvo la mirada, estaba contenta de poder disfrutar un momento de relativa intimidad con él. Se aproximó más a él y lo hizo de un modo que podría calificarse de insinuante y es que en realidad lo era, Anahí amaba a su padre, pero lo amaba del modo en que una mujer ama a un hombre. No recordaba desde cuándo era que tenía ese sentimiento, mejor dicho desde cuándo era consciente de él, pero a medida que iba dejando a la niña atrás para dar paso a la mujer en que se estaba convirtiendo, el sentimiento se hacía más y más profundo.
Cuando Dana fue mordida por esa serpiente y pese a lo mucho que quería a su progenitora, deseó que la víctima de esa mordida hubiera sido Constance y es que mientras más se acercaba a la edad adulta más cambiaba su percepción respecto a Constance, pues la veía más como a una rival que como a la mujer a la cual debía la vida.
-Padre -le dijo mirándolo a los ojos-. No quise deciros nada delante de tanta gente, pero ahora que estamos solos me gustaría haceros una pequeña aclaración sobre lo que pasó con Desireé en el pueblo.
La voz de Anahí era suave, melodiosa... incitante.
-Cuando ese hombre, Lin, ayudó a mi hermana y dado que Desireé se encontraba junto a Dana, fue ella quién primero reaccionó, hecha un mar de lágrimas de preocupación y desesperación. Luego me acerqué yo, igualmente preocupada pero más controlada en comparación con ella... Cuando Lin hubo atendido a Dana, Desireé llevada en parte por la alegría y el nerviosismo fue nuevamente la primera en dar las gracias, acompañando sus palabras de una invitación al castillo. Fue entonces que me vi obligada a intervenir porque el actuar de Desireé confundió al oriental y le hizo creer que ella era yo, error del que rápidamente lo saqué haciéndole ver que Desireé era el aya de Dana y que la princesa era yo... Padre, estoy segura que ella lo hizo sin intención, Desireé adora a mi hermana, es capaz de dar la vida por ella, en toda su desesperación al ver lo mal que se encontraba Dana no paraba de pedirle a Dios que se la llevara a ella en su lugar. ¿No estaréis siendo demasiado duro con ella?
Eliminé mi anterior mensaje y lo reedité en éste para que se ajustara bien a tu respuesta, Arthas.
Escuché con suma atención las palabras de mi hija mientras acariciaba su espalda suavemente como cuando era una pequeñaja. La apreté más contra mí, porque me parecía que había pasado un muy mal momento y al terminar de relatar su historia, mi sangre hirvió aún más.
- Hija en la vida de un rey hay cosas que simplemente deben hacerse, sin preguntarse si estás siendo duro o no. No puedes mitigar los castigos porque entonces todo dependería de las emociones y serías un muy mal rey. Estoy siendo justo y esa mujer, por mucho que quiera a Dana...- hice un alto para mirar a la pequeña -, por mucho que la quiera sufrirá su castigo.
Acaricié sus mejillas haciendo que me mirara fijamente a los ojos.
- Mi niña eres casi una mujer. Una mujer hermosa por demás y pronto tendremos que buscar alguien que te haga feliz y que te merezca por sobre todas las cosas. Sé que entenderás esto y que no me acusarás por hacer lo justo - levanté aún más su mentón y acerqué mi frente a la de ella -. Con mis hijas puedo ser tolerante, con el resto no, entiendes.
Me miré en sus ojos, en la limpieza de la inocencia que aún tenía. Era tan parecida a su madre y sin embargo tan distinta pero hermosa como la mejor flor de todo Northumbria.
Cuando escuchó que su padre consideraba que la hora de buscarle un marido había llegado. No pudo evitar que las lágrimas acudieran a sus ojos, no llegaron a correr por sus mejillas, pero sí que consiguieron ponérselos vidriosos.
Sabía que no podía negarse, sabía que ese era su destino, desde muy niña se lo habían hecho saber, pero aquello no significaba que lo aceptase, no sintiendo lo que sentía por su padre. En un súbito arrebato se colgó del cuello de Arthas y lo abrazó con fuerza provocando que sus senos se aplastaran contra el pecho de él. Cerró los ojos y respiró profundo, dejando que el aroma de él le inundara los sentidos.
-Lo sé... padre -le susurró cerca del oído. La palabra padre demoró en salir de sus labios, en cierto modo porque deseaba que no lo fuera-... Lo sé, pero eso no significa que me guste. No quiero apartarme de vos... no quiero que dejéis de quererme -suspiró-... Si al menos consiguiéseis imaginar lo mucho que os quiero...
Katherine se levantó, mirando a la joven que le habían dejado como compañía y le hizo un gesto agradeciendo su presencia pero no tenía nada más que hacer allí al saber que la pequeña infanta estaba bien y que probablemente Zlatan iba a demorar. Hizo una reverencia y volvió a donde estaban el rey y las princesa. Se sintió un poco cohibida, en especial al ver el modo en que la joven abrazaba a su padre, no parecía precisamente paternal. Se quitó la idea de la cabeza, aunque sabía perfectamente toda la porquería que podía haber en un lugar así pues su hermano se lo había dicho muchas veces:
"No vayas a terminar volviéndote una basura como todos ellos, hermanita."
Intentó sonreír para no pensar en las palabras de su hermano y con gran gracia se despidió del rey con la cabeza baja y las manos entrelazadas en el frente. Salió en cuanto tuvo la venia del rey y a ritmo apurado cruzó los pasillos que la separaban del centro del castillo, luego se dirigió a la entrada norte. La tarde estaba cayendo y la obscuridad era una seguridad ya, de pronto, comenzó a llover. Aún así nada amedrentó a la joven que tomó el camino rumbo al castillo de Zlatan. Eso era lo mejor.
Las lágrimas comenzaron a caer mientras ella aún no se había alejado lo suficiente de la entrada de aquella poderosa cueva de leones pero no le importaba, estaba segura que nadie la vería. Nadie se preocupa por la sobrina de un conde.
Sentí el cuerpo de Anahía apretándose al mío, ya no era una niña y eso estaba más que probado al verla pero era una cosa distinta sentirla así. Me revolví un poco incomodo pero no la aparté de mi lado. Era mi pequeña, mi dulce Anahí y me necesitaba. Mis manos se apretaron más a su cintura y la miré a los ojos. En verdad estaba convertida en toda una mujer y pronto lo sería al lado de un hombre que más valía que la mereciese o iba a matarlo el mismo día de la boda. Una imagen nos interrumpió, una hermosa mujer. No me cabía duda que se estaba acostando con Zlatan, eso de que era su prima no era más que una pared. Constance hacía bien en querer casarlos. La despedí enseguida, no quería que interrumpiera aquella charla con mi hija. Cuando se fue, volví a ver a Anahí, puse mis ojos en los de ella y mi frente en la suya.
- Hija, nadie nos va a separar. Mucho menos un hombre simple y mortal pero tienes que hacerlo. Además, desearás conocer el amor, el amor como lo conozco yo en la persona de tu madre -. Besé su frente y volví a mirarla a los ojos sin apartarme de mi hermosa hija. - ¡Cómo puedes siquiera pensar que dejaría de quererte!
La arropé más en mis brazos, envolviéndola casi por completo. Había empezado a llover y sus ojos se veían aún más hermosos, Constance y yo habíamos hecho trabajos espléndidos trayendo a aquellas hermosas mujeres al mundo.
- Nunca, amor, nunca dejaré de amarte porque significa mucho para mí. Siempre me tendrás cuando me necesites.
Ni siquiera se volvió para despedir a Lady de Trand, la escuchó, pero actuó como si no, en ese minuto todo y todos, salvo Arthas, carecían de importancia. Cuando él mencionó a su madre, Anahí sintió que la sangre le hervía y, como en un sordo grito, su corazón comenzó a latir con más rapidez y la sangre le hirvió.
-Mi madre -se dijo-... ¿Por qué tiene que mencionarla? ¡La odio! ¡La odio!... Desearía verla muerta...
La frente de él descansaba en la suya y de ese modo le hablaba. Podía sentir su aliento sobre el rostro, casi que respiraba en su boca y el deseo de besarlo se hizo incontenible, mas cuando ya se disponía a hacerlo él la abrazó y estrechó contra suyo, arropándola, mientras que Anahí quería que él la viera como una mujer, que la sintiera como una mujer... que la deseara.
-Haré como digas, padre -susurró. El voseo por primera vez desde que tuviera uso de razón, lo dejó atrás.
Le dio un beso, mucho tuvo que controlarse para no dárselo en los labios, pero aún así se lo dio peligrosamente cerca, en las comisuras. Se lo dio con calma y suavidad, pero no por ello dejó de estar cargado de deseo y, por qué no, de "inocente" sensualidad.