Esta partida está en revisión. Si el director no da señales de vida o es aprobada por un cuervo será borrada esta noche
Esconderse en la penumbra, no arriesgarse a ser descubierta diciendo palabras que era más que probable que no sentía, yo hace tiempo que deje de mentirme, deje de ser desleal conmigo mismo. Por eso no rehuí la luz, ni la interrumpí, con los años aprendí a distinguir el frío del calor, a caminar entre ellos manteniendo una difusa neutralidad, dejándome seducir por sus bondades, ahora no voy a renunciar a ellas.
Caminó unos pasos antes de que yo reaccionara, y la alcancé en dos zancadas decididas, cogiendo su brazo con fuerza, girándola hacía mí, suavemente, envolviendo su cintura con firmeza, afilé la mirada, y una tenue sonrisa se insinuó, recorrí su rostro con mi dedo índice, empezando por el pómulo, siguiendo por la mejilla, silenciando cualquier, hasta colocarla debajo de su barbilla, y la hice levantarse para que no perdiera detalle de aquello que tenía que decirle, palabras que brotaban desde las oscuras profundidades.
No puedo volver a ti el susurro triste, escapándose de entre mis dientes, No puedo hacerlo Constance la mano que tenía en contacto con su cuerpo la atrajo aún más cerca, y mi dedo desciendo a través de su cuello, hasta acariciar el hermoso colgante que pendía del mismo, contrastando con la tibieza de su piel. porque nunca me fui y esto último se escuchó mientras reducía la distancia entre nuestros labios, hasta hacerla notoriamente pequeña.
Es posible que ames a Arthas, y es posible que la joven Katherine despierte en mi confusas sensaciones cada sílaba alimentaba el fuego que producía el ligero roce de nuestras bocas, pero esas posibilidades, no logran apaciguar el desasosiego que siento cuando no te tengo junto a mi, no logran apagar un deseo casi desesperado cuanto te rozo, cuando mi miras busco la parte superior de su espalda, no quiero que nada se interponga entre nosotros, ni siquiera un trozo de tela.
Sé el peligro que corremos, pero de lo único que tengo miedo, es de no volver a verte
Estaba tan cerca de mí que su respiración se volvía la mía y viceversa, no perdí ni una sola de sus palabras mirando como sus labios se movían para soltarlas, para decir lo que era más que evidente. Sentí un vacío en el estómago, nunca temí por mí, Arthas me debía demasiadas pero sí que temía por Zlatan. Me perdí en sus ojos sin atreverme a soltarlo, pidiendo a Dios que me diera la fuerza para empujarlo y decirle que estaba hablando en serio pero no había tal fuerza en mi corazón, en mis brazos, ni siquiera en todo mi cuerpo. No la había, no..., pero mencionó a Katherine y yo no estaba equivocada. A diferencia de ella, no era una niña.
-Señor Conde...
Musité al tiempo que ponía mis manos sobre su pecho, recargando sutilmente mi frente en su barbilla y olvidándome por un momento dónde estábamos pero todo acaba, las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. ¿Qué éramos sino unos meros amantes jugando con fuego? ¿De qué manera podría valer aquello tal sacrificio si los sentimientos nos jugaban aquellas malas pasadas? Sujeté con fuerza su camisa y volví a mirarle a los ojos, toda aquella escena, los celos, el adiós, todo eso sólo podía tener un significado y él no era capaz de verlo. Miré en todas direcciones, no era algo de lo que pudiéramos hablar allí, enseguida encontré el camino. Tomé una de las antorchas de la pared y lo tomé de la mano.
-Sígueme...
Mi corazón latía con fuerza, con tremenda desesperación y un poco de ansiedad, doblamos en una esquina y enseguida tras uno de los cuadros de un ancestro de Arthas, lo moví de cierta manera que sólo la familia real sabía y una pequeña puerta se abrió ante nosotros, tuvimos que agacharnos para entrar; lo halé para que viniera conmigo por aquel lugar que ahora se iluminaba con la antorcha. Muros anchos, nadie oiría nada, perfecto silencio. Puse la antorcha en la pared, desde ahí podríamos ir en cualquier momento hasta mi despacho pero apenas dejé el fuego en su lugar, me acerqué a él, enredando mis manos en su cuello, mirándolo a los ojos, saboreando sus labios desde antes. Respiré profundo y lo besé largamente.
Húmedos, suaves, excitantes, unos labios que fueron el catalizador de la transformación del conde, la pasión contenida estallaba con violencia en el interior, vengándose de su carcelero, un justo castigo por la marginación a la que se hallaba sometida. Dejo hacer a la reina, recreándome en su incursión, un indígena ansioso de absorber nuevos conocimientos, nadie asegura que sean beneficiosos, pero la tentación es irresistible.
Las manos en sus caderas, el tacto aterciopelado del vestido, el cabello rozando mi rostro, rizos dorados de una mujer que nubla mi razón, los ojos cerrados, y mis labios que se separan, buscando más oxígeno para que el fuego crezca, y mis manos se afianzan en el cuerpo de Constance, y al abrir los ojos una sonrisa se dibuja en mi cara, muerdo mi labio inferior mientras la levanto, estrechándola contra mi, y llevándola contra la cercana pared, hasta apoyar su espalda en ella, besándola de nuevo, sin cesar, deteniéndome únicamente cuando mis pulmones arden. Ya no es una reina, ahora sólo es mía, y dejo que mi boca cobre vida propia, que se deslice por su cuello, aferrada a su piel, marcándola, devorándola.
Suelto sus muslos, y queda en volandas, entre mi ardiente cuerpo y la fría pared, y asciendo por su cintura, presionando ligeramente para hacer notar a través de la tela, su vientre, su pecho, hasta llegar a sus hombros, deshaciendo el camino mientras busco con la ansiedad de un naufrago el nacimiento de sus senos, poseído por una desbordante pasión que nunca sentí, tan cercana y diferente a la lujuria que me dominó tantos años, que me asusta, por lo desconocida y lo familiar. Todo a mi alrededor me muestra las señales de peligro, son tan evidentes como lo es lo que me importan, nada, nada me importa ahora que la tengo en mis brazos, y si debo morir, no elegiría otro lugar o motivo.
Habría muerto en aquel preciso momento, sintiendo sus caricias que se desbordaban por mi cuerpo y hacían de mis deseos por él algo muy difícil de contener; por algunos instantes me dejé llevar, olvidándome de todo lo que nos rodeaba, incluso olvidé quién era, imaginando que no tenía responsabilidades, ni a quién rendirle cuentas pero pronto todo volvió a mi mente como una cascada de realidad fría y punzante. Lo apreté con fuerza mientras se deslizaba cuello abajo.
-Zlatan...-proferí de manera casi entrecortada y lo empujé suavemente.-¿Ella te hace sentir cosas?
Mi cabeza tenía una y mil ideas, una más violenta que la otra. Mi garganta estaba hecha un nudo y apenas conseguía hablar. Me acomodé suavemente la ropa, aunque en realidad no había mucho que poner en su lugar, negué con la cabeza mientras sostenía una de sus manos. Lo que sentía por él era más fuerte de lo que yo misma me atrevía siquiera a sospechar pero ¿cómo decirlo? Pensaría que me había vuelto loca.
Respiré profundo, era un día horrible pero necesitaba de su respuesta porque en los ojos de Katherine de Trand había visto amor hacia él, uno que quizás yo no podría darle nunca al menos no delante del resto del mundo, un amor que yo ni siquiera podía profesarle a solas porque quizás él no me creería. Teníamos que poner un limite, porque no quería verlo herido.
-Tú a ella le provocas tantas cosas...
Me apreté a su pecho, descansando mi cabeza en su hombro. Las lágrimas corrieron sin que pudiera detenerlas, pocas veces en mi vida como reina me había dado el lujo de mostrarme así de débil y vulnerable pero era Zlatan, no ningún desconocido. Aferré mis manos a su camisa, aspirando su olor por si era la última vez que podía verlo así. Aceptaría su matrimonio y su puesto como consejero de la reina para no levantar sospechas pero debía terminar.
-No quiero que le hagan daño, señor conde-dije entre lágrimas sin levantar la mirada.