Partida Rol por web

Esta partida está en revisión. Si el director no da señales de vida o es aprobada por un cuervo será borrada esta noche

Tierras Altas

Escondido en la posada

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09/11/2008, 07:40
El carnicero

Los días habían pasado lentos desde aquel día en que se manchara las manos de esa manera tan sangrienta y con pocos remordimientos, se había quedado en el mismo lugar. Era un señor con poder, nadie se atrevería a señalarlo y no había en el mundo, hombre capaz de enfrentarlo. Se sentó en un sillón amplio, adornado con las propias pieles de oso que él había degollado y luego cortado con ese mismo cuchillo, le daban calor en noches heladas como aquella.

Ahora estarían todos en la maldita cena anual, los días de festividad habían empezado y él podía pasearse a sus anchas; ya iría a ver a Arthas cuando le diera la gana. Cuanto todo ese asunto hubiera terminado. Miro la cena pero no se le antojaba probarla, además ya estaba fría con mucha seguridad. La carne estaba demasiado cocida, así que se decidió sólo a probar el vino, mientras uno de sus sirvientes se retiraba a descansar.

En su mente sólo estaban aquellas sonrisas, aquellos bellos ojos en un momento brillosos y suplicantes y al siguiente opacos y sin vida, sonrió maliciosamente y se acarició la barbilla; pronto podría volver a repetir la hazaña si se terciaba. ¡Cómo se le antojaba una joven moza en ese momento! Carne fresca como la llamaba y se desanudó la malla, luego de los listones de la camisa. Se miró por debajo de la cintura y se animó, aquello no le sucedería para siempre, pronto volvería a la normalidad.

Trató de pensar en otra cosa, en otra situación pero le era casi imposible, ese problema lo tenía azorado; tomó la decisión de beber hasta caer dormido de ebrio y luego ya se vería. A la mañana siguiente, seguramente habría cacería y podría reunirse con algunos otros hombres poderosos de la región para perseguir a una zorra.

-Eso es lo que he hecho siempre, perseguir zorras-se mofó de todo cuanto había sucedido en derredor a él.

Se quitó el calzado y se reacomodó en el sillón, la noche sería larga pero eso le gustaba.

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16/11/2008, 03:39
Altaïr

Mi trabajo me lleva a muchos lugares y eso tiene sus desventajas.

Duermo solo, como solo, pero ya estoy acostumbrado.

Quisiera tener compañía, pero no es fácil cuando vives con la bolsa de viaje en la mano.

Voy a donde me dicen, hago lo que me mandan. No tengo ninguna queja, el trabajo es estable, la paga está bien, pero no es algo que pueda hacer cualquiera.

Nadie sabe quién soy, nadie sabe donde estoy.

Me enseñaron cuatro normas…

La primera, no hagas preguntas, ni el bien ni el mal existen.

Desde el tejado puedo ver muy bien lo que hace. Ahora ha llegado el momento en que se recuesta sobre su sillón, se quita el calzado y se queda completamente dormido hasta que el sol que entra por la ventana del cuarto lo despierte la mañana siguiente.

Segunda, fuera del trabajo no te relaciones con nadie, la confianza tampoco existe.

No me es muy difícil abrir el pestillo de la ventana con sigilo y sin hacer nada de ruido. Lentamente, me cuelo dentro de la casa, evitando por sobretodos las cosas, realizar cualquier sonido. Mis pies pasan por el suelo casi arrastrándose, acercándome lentamente a él. Despacio, muy despacio.

Tercera, borra todo rastro, llega siendo anónimo y vete sin dejar huella.

No es difícil matar a alguien, pero hacerlo con arte, eso es otra cosa. El cuchillo se desliza por la manga de mi camisa hasta quedar sobre mi mano. Con un movimiento de muñeca, el filo del cuchillo se deposita sobre el cuello de mi víctima y haciendo una leve presión sobre él, hago que se despierte sobresaltado. Mi mano libre cubre su boca para que no grite, mientras me encaramo sobre él, sentándome sobre su pecho, sin quitar las manos de donde las tengo.

Cuarta, aprende a saber cuando tienes que irte, pensar en ello supone que ha llegado el momento. Antes de perder esa ventaja, antes de pasar a ser un objetivo.

Mi víctima no se mueve, no intenta hacer nada. Lo he cogido por sorpresa y aún no sabe lo que le espera. La mano que porta mi cuchillo, se desliza lentamente hasta su nuca, clavándose muy despacio entre sus vértebras cervicales. Sus ojos se abren como platos, y me miran asombrados. Sus pulmones dejan de moverse, mientras que su corazón, movido por su sistema autónomo, continúa bombeando sangre a todo el inmóvil cuerpo. Su diafragma no se puede mover, está paralizado mientras que la sangre sin oxigeno circula por su torrente sanguíneo.

La quemazón por falta de oxigeno no tarda en llegar. Su rostro comienza a realizar muecas extrañas, mientras su cerebro intenta que sus pulmones cojan aire. En ese momento, extraigo el cuchillo de detrás de su cuello, mientras que con la otra mano, me quito la tela que cubre mi cara y dejo que vea mi rostro… el último rostro que verá en su vida.

Uno siempre busca la ocasión perfecta, nada demasiado arriesgado. Cobrar y desaparecer para siempre.

Me llamo Altaïr, y esto es a lo que me dedico.