Esta partida está en revisión. Si el director no da señales de vida o es aprobada por un cuervo será borrada esta noche
El me miraba y hablaba de un modo que sólo creí posible en sueños. Os amo me dijo y fue como si el tiempo se detuviera frente a mis ojos.
El palpitar de mi corazón parecía haberse trasladado a mi cabeza porque era allí dónde sentía su incensante retumbar, pero no, bien sabía que éste no se había movido a ningún sitio, continuaba allí, en mi pecho, sólo que en lugar de latir corría cual caballo desbocado.
Desvié la mirada, incapaz de sostener la suya, fijándola en su manos, cálidas, dando cobijo a las mías y no me di cuenta de la expresión soñadora que adquirió mi rostro al punto de dibujarme una sonrisa.
-No, milord -dije cerrando los ojos, pues decir aquello me estaba causando infinito dolor-... vuestra merced no puede amarme -mi voz poco a poco fue bajando en intensidad hasta convertirse en un suave susurro y retiré mis manos de entre las suyas con infinita delicadeza-... No soy digna de vos, milord, pertenezco a una clase inferior...
Me aparté y le dí la espalda mientras me llevaba las manos al pecho y cerraba los ojos tratando de retener en mi mente la sensación de su tacto.
-¿Qué de bueno puede daros una mujer simple como yo, que es dama de compañía de Su Majestad la Reina nada más que por la benevolencia de ésta? -mis palabras eran de resignación pero a la vez de agradecimiento por la suerte, mucha a mi ver, que había tenido-... Sois hombre culto, milord, y merecéis tener a vuestro lado a alguien con las mismas cualidades, capaz de ver y apreciar las cosas sino con los mismos ojos sí con unos muy similares -volteé a mirarlo, mis ojos brillaban a causa de las lágrimas contenidas... le estaba hablando con el corazón-. Vuestra merced merece una mujer que lo llene de orgullo no una que haga lo contrario...
Bajé del caballo a la señal del rey, bajando ligeramente la cabeza durante unos instantes, al fin y al cabo, las buenas maneras nunca estaban de más, y en cierta manera, Arthas tenía mi comprensión y respeto.
Acaricié el cuello del animal, sorprendido por el giro que había tomado la conversación, ¿acaso el rey ahora se había convertido en casamentera?, pero no podía eludir una cuestión ciertamente peliaguda.
Sinceramente, no lo había pensado demasiado majestad, esbozo una sonrisa algo triste, o más bien no había querido pensarlo, Katherine era una hermosa mujer, eso era evidente, pero para mí era mucho más que eso. Yo no la merecía. El recuerdo de la noche pasada, todo se arremolina de nuevo en mi corazón, la confusión que siento.
¿Cariño?, ¿Amor?, ¿Pasión?, ¿podían separarse?, ¿debía hacerlo? ¿Era posible que todos esos sentimientos confluyeran en más de una persona? Me daba miedo responderme a esa pregunta.
Pero no creo que sea una buena idea, ella, mi expresión, hasta ahora algo tensa, se suaviza de manera notable, se merece a alguien más joven cualquier excusa se me antoja banal y poco creíble, alguien que esté realmente seguro de lo que siente por ella sorprendido por esta “confesión” al rey de Northumbria, tal vez esté hablando de más, me remuevo ahora más incómodo.
El llegar soltero a una edad te muestra una perspectiva diferente majestad, un vago intento de bromear, encauzar la conversación por terrenos más llanos.
Sonreí, parecía que el conde Zlatan se resistía. Ya veríamos si era capaz de negarle algo a mi mujer pero ciertamente aquello no era lo que yo más quería tratar con él, sino aquel asunto de ser el consejero. Así que desistí de hablar de la joven, que además era de verdad muy guapa. Miré a Zlatan, ya se podía ver la carpa real.
-¿Estáis enterado que la reina os quiere como consejero?
Lo miré fijo a los ojos, de su respuesta sabría lo que haría a continuación y quizás la razón por la cual Constance estaba tan interesada en él.
-Quizás por eso quiere que os caséis, ya lo sabéis, a Constance le gusta evitar habladurías. Aunque claro, nadie se atrevería a dudar que mi reina y un consejero...-mi cara era de gravedad.-¿No es así, señor Iovanos?-pero pronto eché a reír, era sólo una broma.
Asiento cuando el rey pregunta si habían llegado a mis oídos los rumores sobre que la reina me quería de consejero, estaba enterado, por supuesto. Sé que me quiere como consejero, ella misma tuvo a bien comentármelo, y aunque ya le di mi respuesta a ella, os la repito a vos de momento hice caso omiso del otro comentario, estaba preparado para soportarlo, desde el primer día, merecía la pena, sin duda.
Aunque es un tremendo honor ser consejero real, preferiría mantener mi actual posición, y a pesar de sentirme inmensamente halagado, creo sinceramente que otros podían desempeñar con mayor acierto el cargo hablaba despacio, sin mirar directamente a los ojos de Arthas, aunque no negaré que ansiaba hacerlo, intentar desentrañar algo más allá de sus palabras.
Creo que es justo conocer las limitaciones de cada uno, majestad añado mientras continuamos nuestros pasos, ansioso por ver a quien allí me espera, casi divertido por llegar en tan regia compañía.
Mejor no alterarse, y bueno, con respecto a lo de dudar sobre la reina y un consejero, en este vuestro reino, hay gente que duda hasta de que el sol salga por el este cada mañana reí también, si, pero no había ni un ápice de alegría en mi sentencia.
No, en ese momento estaba dispuesto a darlelo que fuera a Constance, incluso a ese conde si lo quería para consejero o como alfombra bajo nuestro lecho, eso no me importaba pero no aceptaría un no por respuesta aunque fuera tan categórica como la que se me estaba dando. Hice una mueca buscando nuevamente sus ojos pero estos parecían rehuir y era normal, poca gente se atreve a mirar al rey a los ojos sin sentir algo más.
-Creo, señor mío que no habéis entendido. Constance es muy testaruda cuando se lo propone y ya que no estáis casado, no lo sabéis pero os voy a confiar un secreto: Si la dejo sin su consejero, mi lecho será más helado que este invierno que se avecina.
Había un tono grave en mi voz, una mirada seria y directa, de alguna manera había que intimidar a Iovanos que sonreía como si aquello fuera cualquier cosa. Levanté la mirada y allí estaba la carpa, tibia y llena de señoras.
-Las flores del reino... ¿No le parece que tenemos a las mujeres más hermosas aquí en Northumbria? Parece ser que el aire gélido las vuelve más... ¿Receptivas?
Una carcajada sonora salió de mi boca, estaba de buen humor y aquel día no sería empañado por nada.
-Pensadlo bien, tenéis los tres días que restan de fiesta y si no os convenzo yo, ella se encargará de acorralaros hasta que aceptéis.
Entonces señalé a Constance que no se había aún percatado de nuestra presencia.
La cara de Constance cambió en cuanto la joven se acercó para confiarle el asunto de Iovanos con otra mujer, si hubieran estado solas, quizás hasta le habría reído y aplaudido la insolencia pero estando Yngvar allí, se sintió muy fuera de lugar. Como fuera, Constance había sido educada para guardar apariencias, para ocultar caprichos y conseguir lo que quería, así que sólo sonrió y las tres mujeres quedaron en silencio, uno que habría sido incómodo de no ser porque se vio al rey acercarse junto con Iovanos.
La reina echó una mirada furtiva a Katherine y luego otra muy discreta a Iovanos, al parecer ninguno de los dos había dado con el animal pero esa no era la mayor preocupación de las mujeres en ese momento. Constance se puso en pie lentamente, con una sonrisa afable en el rostro y las manos levantadas en dirección a los hombres, esperando por su rey pero su mirada no parecía fija en Arthas.
Los soldados se cuadraron en el momento en que el monarca se fue acercando más a la carpa, el día seguía radiante y la ropa del rey se movía suavemente con fría brisa pero a pesar de ello, el sol seguía firme en el cielo, aún tenían un largo día de cacería. Así que no les quedaba más remedio que esperar con las mujeres, ya se sabía que el conde no gustaba de la cacería pero la reina estaba contrariada de que Arthas, no hubiera continuado el camino tras la bestia salvaje, algo debía haber ocurrido y estaba ansiosa de averiguarlo.
Pronto lo supe, Arthas se había cansado de la cacería y aunque me sorprendía, en estos días ya era todo posible en el reino. Sonreí con displicencia haciendo una ligera reverencia con el rostro a Zlatan.
-Bueno, ya lo sabéis. Conversaciones entre mujeres, de esas que os aburren mucho a vosotros los hombres, mi señor.
Haciendo una seña invité a Arthas y a Zlatan a sentarse, luego miré a Katherine. Mejor que nadie supiera de lo que estábamos hablando, aunque claro, podría darse el caso de que tuviera que hablarse precisamente de ello pero no sería yo quien lo pidiera. Alcé una mano y enseguida una doncella se acercó con bebidas tibias para cada uno de los hombres.
-Esperemos que alguien consiga al animal... Como sea las cosas en el jardín del castillo están listas para recibiros, su majestad.
Una nueva mirada a Zlatan y luego a la joven finalmente.
-Quizás Katherine acepte pasar unos días con nosotros en el castillo, estoy segura que sería una linda compañía para nuestras hijas y además-mi mirada fue completamente a tenta a Zlatan.-Podríamos hablar de lo ya propuesto, os quiero de consejero, señor conde. Y no aceptaré un no...
Sonreí y tomé las manos de Arthas entre las mías.
El rey estaba consiguiendo confundirme, no terminaba de entender esas constantes referencias a su esposa, o no quería entenderlas, o simplemente se mostraba amable, había olvidado cierta camaradería que se produce entre hombres de vez en cuando. Pero es difícil pensar en ello cuando un paso en falso podría dar con mi cabeza rodando por el suelo.
Realmente me apetecía llegar a la tienda, terminar aquella conversación con Arthas, y entré en el pabellón tras su majestad, yo no gozaba de las mismas atenciones que el rey, por lo menos no por parte de sus criados, ese pensamiento me hizo sonreír. Por lo menos sólo llamaría la atención de quienes me interesaba realmente.
Devolví la mirada a Constance, pero breve, no me gustaba ver sus manos entrelazadas con las de su marido, así que busqué a Katherine con la mirada, y aquellos ojos oscuros volvieron a enredarme, colores que se entremezclan con sensaciones, celos, cariño, y por supuesto ¿amor?
Una señal de alarma se encendió cuando la reina mencionó la invitación a Katherine, para luego rematar la faena con su deseo de nombrarme consejero, excitante idea, si, demasiado. Sentí las miradas clavadas en mi persona, y le devolví la mía a la reina, directa, sin miedo.
Majestad, ya me comentaba vuestro esposo que es imposible negaros cualquier cosa, sonreí de nuevo, con sinceridad, la tendría cerca, y a pesar de mi inicial negativa, sería tremendamente peligroso volver a decir que no, una ligera broma, por un momento olvidé a Katherine, y mi mente vagó por otros campos menos “celestiales”. Pero no era el momento.
En cuanto a la invitación a mi querida prima, creo que es ella quien debe decidir, nunca la obligaría a hacer nada que no deseara ahora si la miré con cariño, si alguien osará a hacerlo daño…
La cacería no parecía tener fin aquella noche y Katherine no había dado aún una respuesta cuando de pronto un soldado se presentó desde el castillo, venía muy agitado a pesar de venir a caballo. Enseguida se dirigió a Ewan y le explicó lo que había sucedido, así que juntos fueron hasta donde estaban los reyes, Zlatan, Katherine y doña Yngvar, más atrás atentos escuchaban el heraldo y la dama de Constance.
El soldado hizo una reverencia, luego de que el rey ordenara a Ewan que se acercara y este, apeándose del caballo, comenzó a contar la historia de la pequeña Dana. En principio Constance estaba muy nerviosa pero Arthas consiguió calmarla; marchó primero hasta el castillo, no quería demorarse más aunque sabía que la pequeña estaba bien, Arthas era muy apegado a sus hijas y se volvió a Zlatan para pedirle que se encargara de que su esposa llegara bien al castillo. Una sonrisilla maliciosa se dibujó en el rostro de Yngvar muy distinta a la mueca de consternación de la pobre Katherine. Por suerte no estaban solos y pronto, partieron Zlatan, Katherine y la reina hacia el castillo, tras ellos el soldado McGregor y Desmond. Constance pidió al heraldo, esperar por los cazadores y lo hizo también con su dama, Joan. Yngvar era libre de hacer lo que quisiera.
Arthas, próximo post en el castillo. Tu llegada.
Desmond, Zlatan y las señorita, un último post aquí ;).
McGregor cabalga a mi lado mirando seriamente a la comitiva real.
Nuestras órdenes de escoltar a la familia real al castillo no pueden ser rotas.
¿Me pregunto qué estará haciendo la Baterville en su búsqueda?
Mi corazón me pide que la siga, que vaya con ella y la ayude en lo que pueda... pero mis órdenes no son estas...
Miro a mi superior cuando paso al lado suyo y pienso que lo mejor será esperar a llegar al castillo para hablar seriamente con él y pedir permiso para partir.
Maldita sea...
Espero que esté bien.
Definitivamente quedaba claro que un solo paso en falso terminaría con todo, Arthas no era estúpido, eso lo sabía con seguridad, y tampoco me pasó desapercibida la sonrisa de aquella mujer tan alejada de sus asuntos. Fue a ella a la primera que miré, devolviéndole sin dudarlo su mismo gesto, aunque mucho más cordial, por mucho que ella creyera, no había nada que ocultar.
Pero pronto duró mi atención a semejante “dama”, pues Kat daba muestras de no estar llevando la situación demasiado bien, me acerco a ella, tomando con suavidad su brazo, confortándola con un leve apretón, prendado de lo que representa, inconcluso sentimiento este.
Pero mis ojos no pudieron evitar encontrarse con los de la reina, y nuevamente estoy muy lejos de apartarlos. Es posible que debiera casarme con Katherine, refugiarme en mi castillo lejos de la corte y todo lo que representa, ya no me aporta nada este lugar. Sólo una cosa tambalea mi espíritu, mi corazón se revela más fuerte que yo, brutal y dulcemente dividido. No voy a renunciar a la vida, aunque ello me lleve a la muerte, no de esta manera.
Cuando deseéis partiremos majestad, estoy a vuestra disposición hice una ligera reverencia, sin separarme de mi acompañante.
La joven estaba demasiado molesta y nerviosa para continuar allí, se habría ido en ese mismo instante quizás fingiendo alguna dolencia pero todo sucedió tan de pronto que no tuvo tiempo a fingir nada, al menos no tuvo que responder; ella no quería estar en el castillo con aquellas personas. Sabía bien cuál era su lugar y se juró que no volvería a pisar aquel lugar por mucho que Zlatan se lo pidiera. No era ajena a las miradas, a los reproches y los ofrecimientos velados, cada vez dolían más. Lamentaba lo de la princesa pero estaba agradecida con Dios por aquella oportunidad.
La tibieza del brazo que Arthas le ofreció la reconfortó un poco pero no se atrevió a mirarlo a los ojos, era mejor que no. Ya bastante habían dicho sus ojos, su cuerpo, ya había cruzado la línea de manera que nunca imaginó y ahora debía retroceder o quizás no pero en aquel momento no podía avanzar. Miró al piso y vio al rey partir en compañía de un guardia, volaba el hombre y entendió por aquello del amor de padre, algo normal, pensó. Tendría que acompañarlos pero luego todo terminaría o al menos eso suponía ella. Echó una última mirada a ella, a la reina pero no precisamente como tal, sino como mujer, a esa que le arrebataba de algún modo lo que más anhelaba en la vida. Escuchó la voz de Iovanos mientras se ponía a la orden de la reina y claro... Esbozó una breve sonrisa, había de mantener la calma.
Mi preocupación se volvió Dana en aquel momento, me olvidé de Yngvar, de Arthas de todo el mundo, excepto de aquella voz que me devolvió a la realidad. Lo miré, allí, colgado de su brazo. Hay cosas que son obvias por más que uno intente no pensar en ellas, creer que son parte de la imaginación. A lo lejos sólo pude ver la espalda del hombre con el que había criado aquellas hijas, mis ojos se llenaron de lágrimas, el soldado había dicho que Dana estaba bien pero aún así yo quería verla, estar con ella. Volví a mirar a Zlatan y asentí.
-Gracias, señor Conde.
Me sentí tan fría, tan estúpida, tan maldita. Levanté la mirada y me fijé en ella. Sin duda brillaba a su lado y no era para menos, me levanté sutilmente el ruedo del vestido y ordené a los soldados traer los caballos de los dos, el de Zlatan y el mío.
-Su prima podría ir con usted, así nos evitaremos algún accidente.
Mi voz era serena, una mezcla de tranquilidad y resignación.
-Yo soy buena montando, quizás me alcancen pronto. Gracias a ambos por venir en este momento.
Sin esperar más, puse el pie en el estribo, no iba a montar como las chicas; no tenía ni tiempo, ni ganas. No sin gran esfuerzo logré acomodar el jodido vestido y emprendí la marcha hacia el castillo, seguida muy de cerca por al menos dos guardias y claro, por ellos dos sin duda. El alma sólo me volvió al cuerpo cuando pude ver a lo lejos el castillo.
Los cuatro caballos, el de la reina, el de Zlatan y los dos soldados, se perdieron a buen trote, aunque no en una carrera desaforada. No les tomaría mucho llegar al castillo.
Bien, si alguien quiere escribir algo más acá, me avisa y si no, me avisan también que los doy de alta en el castillo ;)