El segundo día de clases puede llamarse de otras maneras, como el verdadero primer día o golpe de realidad. Sin la pompa de un discurso manufacturado a saber cuántas semanas antes, con profesores ya desperezados y resignados a enseñarnos, es la verdadera seña de que todo debe regresar a la normalidad. Me decepciona, confieso, ver a todos con sus mismas caras y pieles humanas al bajar del autobús escolar; esperaba un cambio absoluto de paradigma tras lo de ayer. Resulta que lo único que me resulta llamativo es Nirvana, porque no estoy acostumbrada a su presencia y mucho menos al poco caso que le hace al código de vestimenta.
Me da un poco de envidia a la vez que me preocupa. Mucha de mi ropa está en el armario abandonada porque no es adecuada para el instituto desde hace años y convive con el resto de prendas “aceptables”: faldas no más de dos dedos por encima de la rodilla, nada con tirantes (sin mangas como mucho), una colección de cárdigans de varios colores para conjuntar…
A propósito de los cárdigans, he traído uno para Nirvana. No sé si me lo va a aceptar o si se va a ofender pero no quiero que la manden a casa o la expulsen para alguien que entiende mi recelo hacia las malas energías de este instituto. Pero como no hemos coincidido en la primera hora tengo que buscarla a toda prisa antes de la segunda con la tela color lima pastel volando por detrás de mí. No, nada de magia, sólo llevo el cárdigan sujeto de una esquina mientras corro hasta interceptarla en las taquillas.
— ¡Estás… Estás aquí! —exclamo ahogada por la carrerita, inclinándome hacia atrás con los hombros retirados para poder llenarme los pulmones de forma más eficiente. Tengo que volver a hacer jogging pero es que sin papi es muy aburrido. Recuperado el aire le tiendo el cárdigan, que parece más un chal por los flecos, el largo asimétrico y lo amplio de las mangas. Pensé que le gustaría. — Toma. Te he traído esto, si te gusta…
A Nirvana, las taquillas esas le parecían un misterio. Primero, ¿por qué tenían ventilación? ¿Creían que la gente era guarra y metería cosas con olores ahí, o que meterían cosas vivas? Segundo, ¿por qué tenían códigos como si fueran cajas fuertes? ¡Con lo bien que estaban los candados! Y tercero, ¿por qué siquiera eran necesarias taquillas?
Lo que sí le gustaba, y que había notado el día anterior, era que la gente las adornaba. Así que cuando Felix apareció como un huracán a su lado, eso hacía ella, decorar la taquilla para darle su sello personal.
—Aquí estoy —confirmó con una sonrisa tranquila.
Ese día iba vestida con un sujetador deportivo negro y unos pantalones de algodón ligeros de color natural, atados por un cordón grueso a un lado de la cadera. Como era de esperar, iba descalza y con su mismo bolso mensajero cruzado por el pecho, que ahora traía abierto pues acababa de sacar las cosas para su taquilla.
—Oh, ¡muchas gracias! —dijo con una cálida sonrisa, recibiendo el cárdigan. No solía usar ese tipo de colores, pero se veía muy cómodo. Eso ya era un puntazo —Que bonito es. Me encanta —aseguró.
Aún no tenía frío, así que se anudó las mangas a la cadera, para tenerlo a mano cuando necesitara usarlo.
—¿Quieres un poco de agua? —Sacó su botella del bolso y se la extendió.
Ropa (pero sin el abrigo)
Me quedo mirándola lo que tarda ella en convertir el cárdigan en un pareo de punto que no queda del todo mal con el color de sus pantalones. Nada en contra, a mí el estilo de Nirvana me gusta mucho, pero he sido malinterpretada y a ver ahora cómo me explico con el miedo que tengo a ofenderla. Al menos la prenda en sí le ha gustado.
— Oh gracias, ya llevo… —le muestro mi propia botella escondida entre mi carpeta y mi libro de Historia del Arte, una Chilly’s color crema con corazones rosas que lleva dos veranos salvándome la vida con agua fría todo el día. Venga Felicia, si no se lo dices ahora no se lo vas a decir nunca como de costumbre.
— Esto, Nirvana… —siento mi propio volumen reducirse solo por culpa de mi timidez. Lo único que tengo a mano para juguetear con los dedos es la tira de muñeca de la botella y hace ruido de goma cuando lo retuerzo. — El cárdigan es… bueno, es para… por si te regañan. Te harán irte —empiezo con sonrisa tensa.
—¡Oh, que mona! Me gustan los corazoncitos —Le sonrió.
Ya que tenía la botella afuera, le dio un breve trago y volvió a guardarla en su bolso. Le pareció notar que Felicia parecía algo nerviosa, así que en vez de seguir hablando le dio un poco de tiempo para que resolviera sus sentimientos o decidiera externalizarlos ella misma. Su expresión tomó un matiz de orgullo al darse cuenta de que, por la forma en que llamaba su atención, parecía haber decidido lo segundo.
—Ah, ¿por eso me lo trajiste? —Ladeó un poco la cabeza. Miró el cárdigan un momento y luego volvió a subir la mirada a la chica —Es un gesto muy considerado por tu parte. Lo aprecio mucho —aseguró, manteniendo una sonrisa tranquila en la comisura de los labios —, pero no hará falta.
»Si tengo frío, me lo pondré. Pero si no quiero abrigarme y me regañan, pueden meterse sus normas misóginas por dónde no les llega el sol —Se encogió de hombros, como si fuese un simple hecho.
Entonces pareció fruncir el ceño, pensativa. Fue solo un instante, pues enseguida volvió a relajar la expresión y mirarla con amabilidad.
—¿Quieres que te lo devuelva? No quiero abusar de tu generosidad quedándome algo a lo que no le daré el uso que esperabas.
Se llevó las manos al nudo, dispuesta a soltarlo y pasárselo si daba una respuesta afirmativa.
Hago un pequeño puchero, contrariada. No por que quiera devolverme el cárdigan sino porque realmente no se toma en serio lo que pueda pasarle si sigue empujando los límites de las normas así. Al menos a mí me sabía muy mal cuando llamaban a mis padres para que vinieran a sacarme del colegio o para que me trajeran alguna prenda para cambiarme; era un fastidio para ellos y un paseo de la vergüenza para mí.
Niego con la cabeza, mucho más disgustada que ella al parecer.
— Quédatelo, de verdad. Por si acaso —en el mejor de los casos se dará cuenta en algún momento de que lo necesita y así no tendrá que marcharse. — Es sólo que no quiero que te echen… Yo… Nunca había conocido a alguien tan abierto como tú, y me daría mucha pena…
Respiro un momento para frenar la oleada de nervios.
— ¿Cómo… lo consigues? —pregunto con timidez. — Ser tú, que no te importen las consecuencias…
No llegó a comprender muy bien el porqué de su puchero, pero no se lo cuestionó más que un instante. Tan pronto escuchó que quería que se lo quedara, sonrió con calidez y dejó caer las manos a los lados, apartándolas del nudo que había estado preparada para deshacer.
—Muchas gracias —reiteró. Ese «Por si acaso» no ocurriría, pero tenía la sensación de que la chica se quedaría más tranquila si no le negaba la posibilidad de creer que se taparía si se lo pedían.
Negó con la cabeza suavemente, intentando asegurarle que no tenía de qué preocuparse.
—Si me echaran seguiría en Old Truce. Así que no tendrías de qué sentir pena —Sonrió. Creía que esa sencilla realidad le resultaría un poco más reconfortante que plantearse su desaparición si la expulsaban del instituto. No era un pueblo tan grande, podrían verse todos los días de todas formas.
La pregunta, por otro lado, la desconcertó un poco. Al final, acabó por encogerse de hombros.
—Si no soy yo, ¿quién más voy a ser? —respondió con naturalidad, como si cualquier otra cosa fuera impensable —¿O lo dices por las consecuencias de que me reprochen por lo que visto?
»Si es por eso... —Frunció los labios, como si pensara muy bien su respuesta —Es que no se me ocurre ni una sola consecuencia de la que preocuparme. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Qué deba volver a estudiar por mi cuenta porque me expulsen del instituto? —Sonrió de medio lado —No me parece un gran castigo. Total, es lo que hago siempre, y puedo quedar con vosotros fuera de aquí también.
Supongo que no me había imaginado que la alternativa podría ser ¿mejor? para Nirvana, ¿es eso? No mejor, sino… Para ella el cambio, lo “extraño”, parece ser ir al instituto. Sabía de gente que era escolarizada en casa, algo impensable para alguien con dos padres trabajadores pero que me he planteado alguna que otra vez en años anteriores. Estaría igual de sola pero al menos de vez en cuando hablo con alguien de mi edad aquí.
Para ella es distinto así que las estúpidas consecuencias de un código de vestimenta que sólo castiga el cuerpo de las chicas. Por supuesto que tengo mis opiniones sobre esa normativa, igual de mis padres, pero nadie les toma en serio porque “son homosexuales y no lo entienden”. Es muy problemático.
Exhalo largo, al menos tranquila con que aún así no tendría por qué irse de Old Truce. Realmente creo que podríamos volvernos cercanas, quizás amigas y todo. Lo sé, me estoy poniendo nerviosa por un ‘quizás’; se llama ansiedad.
— Me alegra que lo veas así. En ese caso no necesitas el cárdigan pero igual quédatelo, si lo quieres, estuve buscando anoche uno que fuera a quedarte bien y que yo no fuera a extrañar por eso —me recoloco entera en el sitio al sentir deslizárseme la botella de agua y la libreta por el otro lado. Tendría que ir a mi taquilla también. — Es que no querría que te fueras, pero si crees que igualmente nos veríamos fuera…
La posibilidad pone una pequeña sonrisa más relajada en mi rostro que siento que hasta me ruboriza justo hasta los lagrimales. Tengo que tener cuidado de no asustarla como a todo el mundo, pero ella parece ser de difícil espanto.
— El insti también tiene problemas con mi estilo pero no quiero inconvenientes para mis padres así que me conformo… —admito con la boquita pequeña, acariciando con dos dedos el collar de mi blusa de hoy. — Encontré un cierto compromiso pero me costó. No quiero ser un problema para ellos, que tuvieron la bondad de adoptarme.
Nirvana sonrió con calidez al escuchar el suspiro de alivio de la chica. Apreciaba su preocupación y empatizaba con su angustia por la situación, aunque a ella le costara comprenderla del todo. Nunca había tenido normas similares a las que planteaban aquí, donde su educación pudiera verse perjudicada por la ropa que vestía en nombre de la «concentración de los estudiantes».
Si tanto les preocupaban los estudiantes, quizás deberían ocuparse de hacer sentir cómodos y libres a todos, en vez de demonizar algunos y beatificar a otros. Por supuesto, eso era impensable en un mundo que se regía por el capitalismo. La libertad de expresión, la priorización de la salud mental y la creatividad eran los mayores enemigos de ese sistema, y permitirlos sería contraproducente para la esclavización de futuras generaciones.
—Me lo quedaré. Muchas gracias —Si bien definitivamente no era el color que más le favorecía, sí tenía un valor sentimental ahora que entendía que era un regalo que nacía de una preocupación sincera. Además, era muy cómodo —Si en algún momento lo quieres de regreso, avísame y te lo traigo.
Como la veía tan complicada con las cosas que traía encima, cerró la taquilla y tomó la botella de agua de la rubia. Así podía organizarse para que se le dejara de caer, como pareció señalarle con una mirada a su bolso. Suponía que le sería más cómodo guardar la libreta.
—Quizás deberías preguntarle a ellos si les significa un problema —Se encogió de hombros —Es importante recordar que si nadie luchara por sus derechos, la gente en el poder jamás nos lo concederían. Hay algunas batallas que no solo es importante, sino que necesario, pelear.
»Además, ¿cómo van a saber que es un tema que te importa si no se los dices? Si yo fuera tus padres, querría saber que mi hija se siente incómoda en un lugar que debería ser un espacio seguro para ella. Esa es una situación cuya corrección compensa cualquier inconveniente pasajero.
— Gracias, gracias mil... —titubeo en mi pelea de equilibrio tras perder la botella. Con la ayuda de Nirvana logro colocarme el libro entre las piernas, abrir el bolso, hacer espacio para poder meter la botella de agua (aunque entresale y no deja cerrar) y cargar mejor las cosas contra mi pecho. De nuevo le agradezco, pero sólo con una sonrisa. A veces creo que hasta disculpándome soy una molestia.
Lo que dice Nirvana no dista mucho de lo que suelen decir mis papás, pero quizás debido al cinismo de su adultez la parte de "es necesario pelear" ya no se oye tanto en casa. A lo mejor porque su meta máxima, formar una familia reconocida por la ley, ya se ha cumplido, ahora tienden al conformismo. Reflexionó profundamente sobre ello durante sus palabras. Yo también solía ser más inconformista cuando comencé el instituto. Aplastaron mi espíritu.
— Ya tuvimos esa conversación, y por desgracia no era posible educarme en casa. Ahora no sé si querría... —frunzo los labios. Acabo de apuntarme al club de rol con los demás, va a ser la primera vez en años que tenga "grupo social" y no querría perderlo. — Supongo que estoy bien así, vistiendo como quiero fuera de la escuela, pero hacía tiempo que no me paraba a pensarlo. Me gusta el instituto, con sus grandes defectos incluidos. Mi verdadero problema con él tampoco es que tenga solución.
Termino mi confesión con bastante seguridad. A lo mejor a ella le parecerá que me asiento en un confort falso pero quiero pensar que en el momento en que vuelva a hacerse insoportable podré renegociar los términos con mis padres.
Negó con la cabeza a los mil y un agradecimientos de la chica. No le costaba nada sujetar una botella para que la pobre no anduviera con diez mil cosas en las manos. De hecho, le parecía que habría sido desconsiderado no hacerlo, a menos que fuera ella quien le dijera que no quería ayuda.
Al principio, se mostró algo confundida por la conclusión de la chica. Lo que parecía haber entendido no era lo que ella había sugerido, aunque se alegraba de que le gustara tanto el instituto a pesar de los defectos que tenían sus docentes, que parecían más abocados al triunfo de la sociedad patriarcal en vez de a proporcionar la educación que profesaban priorizar.
—Sé que educarse en casa es imposible para muchos —Le sonrió con la comisura de los labios —Me refería a pelear contra ello aquí. Todas las revoluciones tienen que empezar por alguien dispuesto a luchar —Se encogió de hombros —Y seguro tus padres comprenderían que te suspendieran un par de veces por buscar justicia para ti y todo el resto de personas afectadas por esa normativa.
En su caso, sabía que sus abuelos no solo entenderían, sino que la apoyarían y alentarían a seguir manifestándose por lo que creía.
—Pero no es obligación, ¿eh? —Se apresuró a decir poco después —También puedes estar conforme, o no tener energía para pelear contra eso. Cada persona es un mundo, y hay muchas razones válidas para elegir un camino distinto.
— No es una batalla que pueda ganar yo sola, me parece… —reconozco bajando la mirada. No va muy lejos pero tampoco es a propósito que acabe en su ombligo; es que está ahí. En realidad estoy mirando más allá, a un mundo en el que defiendo el derecho a la individualidad adolescente en este instituto vestida con el uniforme de la Capitana Carter, sólo con el poder de mis ovarios bañados en oro. No son mis palabras, son las de papá. — ¿Crees que está bien, que prefiera no luchar?
Esto lo pregunto con algo de miedo, claro. No creo que Nirvana vaya a juzgarme pero seguro que ella no tiene nada a lo que temer si lo hace y mucho que ganar.
Ladeó la cabeza al escuchar que no podía hacerlo sola. No le había parecido que su idea de luchar juntas contra eso fuera poco explícita, en especial porque ella ya había declarado esa guerra personal, pero decidió que aclararlo podría hacerla sentir presionada y renunció a tomar ese camino.
—Está bien, sí —le aseguró, asintiendo convencida —Si manifestarse fuera una obligación, no sería menos opresiva que cualquier otra de las cosas que te impone la sociedad.
Le sonrió con la comisura de los labios.
—Cada uno tiene su proceso. Es importante ser consciente de que el universo interior de cada uno puede tomar formas muy distintas y, de la misma manera, tener necesidades totalmente diferentes.
Me siento más tranquila. No pienso meterme en la protesta de Nirvana más que habiendo ofrecido la alternativa del cárdigan, y quién sabe si su arrojo algún día me animará a hacer lo mismo; nunca ha ocurrido antes así que es todo nuevo para mí. Y no, tampoco se me escapa el detalle que con ella soy capaz de hilar las palabras bastante bien.
Vuelvo a mirarla al rostro tras parpadear, con lo que espero sea cara amigable y contenta. El timbre anuncia que nos metamos en nuestras respectivas aulas, y yo todavía tengo que pasar por mi taquilla.
— Bueno, eso, quédate con el cárdigan. Nunca va mal tenerlo a mano por si el tiempo cambia. Es imposible que lo de Carla haya sido un incidente aislado y los cambios siempre los trae el viento —ya estoy otra vez diciendo tonterías. Empiezo a retirarme, literalmente salvada por la campana. — ¡Nos vemos por clase!
La expresión amistosa de Felix amplió un poquito más la sonrisa tranquila que conservaba en los labios, y casi la hizo ignorar el terrible sonido del timbre. Cada vez que lo escuchaba arrugaba el ceño, molesta por lo fuerte de aquel ruido al que no estaba aún acostumbrada.
Por otro lado, era probable que nunca dejara de fruncir el ceño ante su sonido. El uso del timbre le parecía un nefasto ejemplo de condicionamiento clásico.
—Tienes toda la razón —respondió. Los consejos de Felicia le hacían sentido, aunque no estaba segura de seguirlos todos.
Ahora, la pregunta era, ¿quería ir a clases o no? Se lo pensó un segundo, pero pronto resolvió que la respuesta era sí. Tenía ganas de aprender, aunque esa estructura le provocara una aversión natural.
—¡Suerte! —Le deseó a la rubia, aunque estaba segura de que no la necesitaba.
Con eso, ella emprendió camino a su aula también.